El Festihur volvió a las calles de Hurlingham para premiar el cine argentino
Después de una edición 2020 en forma virtual, el festival se celebró en el ex Cine Isa donde se reconocieron producciones audiovisuales de industria nacional.
Después de una edición 2020 en forma virtual, el festival se celebró en el ex Cine Isa donde se reconocieron producciones audiovisuales de industria nacional.
Foto: FilmAffinity
El segundo festival anual de cine Festihur se celebró en la ciudad de Hurlingham del 18 al 21 de noviembre con la participación de artistas argentinos e internacionales. El premio a mejor película de ficción se lo llevó el largometraje Nosotros nunca moriremos, de Eduardo Crespo, y el cortometraje de ficción premiado fue El nombre del hijo, de Martina Matzkin.
El evento que se llevó a cabo con el fin de promover la cultura y la producción de contenidos en el territorio nacional, fue realizado de manera presencial en el centro cultural Leopoldo Marechal y tuvo a los jurados para largometrajes: Natalia Smirnoff (cineasta), Esteban Bigliardi (actor), Luis María Mercado (realizador y último ganador del festival de la edición 2020 en la categoría de largometraje). Para la categoría de cortometraje los jurados fueron: Daniel Elias (director de cine y teatro), Luciana Abad (distribuidora) y Francisco Bouzas (realizador y último ganador de cortometraje en el festival 2020).
Mientras concurría el evento, gran parte del público se notaba entusiasmado y atento a las ternas que se galardonaron, el ambiente era de expectación total por parte de los familiares, amigos y protagonistas de los films que se encontraban allí. Cuando se informó que el ganador en la categoría de cortometraje era El nombre del hijo, de Martina Matzkin, el encanto de los presentes fue notorio, uno de ellos contó: “Tenía muchas ganas de que gane la peli de Martina, me encantó cuando la vi, merecía ganar, porque es una gran creadora de contenidos”. A su vez, los jurados felicitaron a todos los participantes e indicaron que la decisión había sido muy difícil de tomar.
Foto: OtrosCines
El festival se realiza hace dos años, su primer ciclo se vió atravesado por la pandemia, motivo por el cual se tuvo que hacer en forma íntegramente virtual por el canal de Youtube. En esta oportunidad se disfrutó en el mismo lugar donde funcionaba el Cine Isa, emblema de la ciudad de Hurlingham que abrió sus puertas en la década del 60 y que es reconocido como “el cine de los obreros” por su gran afluencia de trabajadores de la zona en esa época.
El 2 de abril es un día memorable para todos los argentinos: es el aniversario en el que homenajeamos a los Veteranos de Malvinas. Pero ya hace 13 años que en la Ciudad de La Plata esa fecha es recordada por una catástrofe que dejó una huella imborrable en los platenses. Fue el día que la capital de la Provincia de Buenos Aires sufrió la peor inundación de todos los tiempos. En menos de cinco horas cayeron alrededor de 400 mililitros de agua. La ciudad se convirtió en un caos. En la noche, a oscuras, empezaron a escucharse los pedidos de auxilio en medio de la catástrofe.
El último día del feriado largo de cinco días comenzaba en esa ciudad con las nubes negras que se venían asomando. Se hizo de noche más rápido de lo habitual y se avecinaba la lluvia; una tormenta que daba pie a tratar de disfrutar el descanso en casa. Pero, llegada la tarde, el panorama comenzó a cambiar. Lo que pintaba ser una simple tormenta se alejó de lo normal y la lluvia pegó con fuerza en la también llamada “Ciudad Universitaria”. Fueron tres horas en las que el agua no cesaba y ya la tranquilidad del día no era lo mismo: el temor se apoderó de la población.
A Nicolás, un vecino platense, ese día le tocó trabajar. Al ser empleado de una casa de comidas rápidas, el feriado no le jugó a su favor. Por eso, cuando recuerda aquella catástrofe, lo hace con su rostro que denota el pésimo momento afrontado: “Durante la jornada laboral, mucho no sabía lo que estaba sucediendo en las calles. Más que la lluvia no cesaba, pero como otras de las tantas que ya había vivido”. Pero llegando al final de su día de trabajo, pasadas las 20, empezaron a llegarle mensajes de familiares. Querían saber cómo estaba, cómo se encontraba el centro de la ciudad, ya que en sus barrios la situación no era la mejor.
Nicolás comenzó a sospechar que algo más grave estaba pasando en su ciudad y hoy, a la distancia, cuenta detalles de lo que vivió en ese momento: “El encierro en la cocina del trabajo, no me dejó ver qué era lo que realmente estaba sucediendo en las calles”. Emprendió viaje a su domicilio y en el camino pudo apreciar que sus familiares no le estaban exagerando y que la ciudad de a poco se estaba convirtiendo en “un río creciente”. Eso le impidió poder llegar a su casa, quedó a mitad de camino. Por eso decidió cambiar su rumbo y más sabiendo que sus padres estaban sufriendo el ingreso de agua a su vivienda, a la cual tampoco pudo llegar.
Créditos: Nicolás Braicovich (Pulso Noticias)
Tomó un punto de encuentro con amigos, donde ahí aun el agua no estaba haciendo estragos. “Entre todos decidimos que continuar caminando sería la mejor opción, pero no sabíamos que en el camino nos íbamos a convertir en rescatistas”, destaca Nico. Ya la noche no era la misma; la ciudad estaba a oscuras e incomunicada; la red de celulares no tenía señal y Edelap (Empresa Distribuidora La Plata S.A.) había decido hacer un corte al servicio de luz. “Era realmente andar a ciegas y con la esperanza de encontrar a los suyos, de que la noche terminara”, menciona.
A sus 21 años, Nico se convirtió en la salvación de varios vecinos. Hoy, a la distancia, recuerda que en ese día lo que primó y se destacó fue la ayuda de los mismos platenses, mientras el Estado estuvo “ausente, antes y durante la inundación”.
El joven cruzó las calles con esfuerzo, ya que la correntada se hacía cada vez más fuerte, evitando o, más bien, sorteando la suerte de no caer en una trampa. El problema era que no sabía qué había debajo del agua. En ese camino a casa de sus abuelos ayudó a más de 20 vecinos, incluso mientras algunos se negaban a salir de sus casas. No querían dejar sus pertenencias porque en esa noche también estaba el fantasma de los saqueos.
Logró hacer más de 10 cuadras caminando y ahí llegó un poco de ayuda: los bomberos voluntarios de Quilmes habían llegado a dar su apoyo, con kayaks para hacer menos complicado el traslado de la gente. Nicolás pasó toda la noche ayudando y tratando de salvar a las personas más vulnerables, dándoles contención. “Traté de hacerles entender que quizás irse de sus casas en ese momento iba a ser lo mejor, que tenían que dejar esos recuerdos atrás”, concluye.
Para Sandra, otra vecina platense, el panorama no fue distinto, pero sí más desolador en su domicilio. “Ingresó casi un metro de agua”, recuerda. Ese día, al ser no laborable, se encontraba en casa con su hijo. “Ya, al siguiente, había que volver a la normalidad pero no sabía que ya no iba a ser todo como antes”, cuenta. La lluvia ya era insoportable y, de a poco, el agua había comenzado a ingresar por debajo de la puerta: “El desborde del Arroyo del Gato fue la consecuencia de que el agua no diera tregua y se haga cada vez más fuerte”.
Al irse la luz, llegadas las 22, el miedo en Sandra creció. “Las cosas flotaban, ya no había espacio más arriba para salvar los objetos”, menciona con la voz entrecortada. Con la llegada de la oscuridad, también venía la incertidumbre de qué hacer: quedarse sabiendo que el agua en vez de irse ingresaba cada vez más o tomar la decisión de abandonar su hogar sin saber con qué se iba a encontrar a la vuelta.
Sandra se decidió por la segunda y salió junto a su hijo. Antes de dejar la casa tuvo la lucidez de agarrar un palo que sirvió de ayuda. “Nos fuimos en busca de un lugar sin agua, donde el frío de la misma y la noche no me jugaran una mala pasada”, dice. Y así, a unas cuatro cuadras de su casa, arriba de un puente, pasaron la noche junto a otros vecinos que habían buscado resguardo ahí.
Créditos: Página 12
Felipe, otro habitante de la Ciudad de las Diagonales, describe: “Ese día me hizo mucho daño y dejó una marca en la memoria colectiva de todos los platenses”. No solo hubo pérdidas materiales en las casi 55.700 viviendas que se vieron afectadas (unos 600 millones de dólares en daños de bienes e inmuebles); lo más triste, según cuenta, fue que se llevó vidas humanas, se contabilizaron 89 fallecidos. “El número se redondeó para no declarar una catástrofe a la inundación. Cuestiones políticas que duelen y hacen el dolor de ese día más profundo”, remarca.
Salir al día siguiente a recorrer las calles no era una grata excursión. La ciudad estaba triste, en silencio y en la cabeza de los vecinos solo resonaba una cosa: cómo se sigue, cómo se comienza de nuevo. No sabían si estaban en su ciudad o en una película de zombis, en la que los autos se enciman.
Las marcas del agua en las paredes de las casas, un sinónimo de esa huella que iba a quedar en el recuerdo de sus dueños. Pero de lo rescatable dentro de tanta desolación y abandono de la parte municipal, queda la solidaridad de la gente: esa noche Felipe resguardó en su domicilio a más de 15 vecinos, que “se la pasaron tomando mates”. Aún en los momentos críticos, el argentino no abandona sus costumbres.
La pregunta que aún sigue resonando en la cabeza de los platenses, es qué paso esa noche. ¿Fue culpa de la naturaleza, ya que cayó una lluvia inusual? ¿Fue realmente eso o hubo responsabilidad humana? Lo que es seguro es que no había plan de contingencia. La gran mayoría de los fallecidos fue gente que había salido a la calle, sin saber qué hacer en esos casos.
El agua mató. Hasta hoy falta hacer muchas obras hidráulicas que eviten otra inundación. Se hizo el ensanchamiento en el Arroyo del Gato, los desagües de la cuenta del Arroyo Maldonado. Y todavía La Plata continúa sin un plan o, más bien, sin saber qué hacer ante un hecho de dicha magnitud.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
La cultura es la identidad de un pueblo, uno que lleva en su sangre el amor por la música, el baile, la historia y la magia de reunirse. Rincón es ese pedazo de tierra escondido entre montañas que tiene como bandera el respeto y el “no olvido” de sus tradiciones y valores evidenciables con el “Festival de la Nuez” en el Club Belgrano, las tardes de cancha, la navidad en la plaza, incluso con detalles más pequeños como salir de casa, caminar dos cuadras y saludar a quien te encuentres.
La identidad se construye y eso es lo que hizo este pueblo que está bajo la lupa por aferrarse a las tradiciones y no dejar morir la cultura. Es sorprendente como aquí, en este pueblo, esas culturas están a flor de piel, vivas, vigentes, deambulan por la calle, en busca tal vez de contagiar a quien no las siente así, tan fuerte como los que habitan este pueblo.
Parece todo color de rosa, pero el rosa también tiene matices; y entre un tono de rosa y otro, hay un mundo de posibles rosas. Antes de llegar al centro de esta historia, es necesario contar porque al inicio apareció la frase “escondido entre montañas” porque es real. Geográficamente, este pedazo de tierra se ubica al pie de “El Manchao”; si bien antes, hace muchos años, no estaba aquí sino a unos 10 kilómetros, asentado en otro lugar con mucha historia también.
Rincón está partido al medio por un río, de un lado la orilla y del otro, la banda. Ese río fue responsable de hacer vivir los momentos más difíciles a esta comunidad de 500 habitantes. Diez años atrás, un aluvión se hizo presente a mitad de enero llevándose todo por delante, sin heridos pero lastimados, pasando momentos desesperantes, abrumados por la oscuridad de quedar incomunicados sin pasada a la banda desde la orilla y viceversa; y, a su vez, aislados del resto de pueblos.
Dicen por acá que los aluviones “jamás se dan con una diferencia menor a 10 años”, y tiene que ser cierto porque ese tiempo pasó hasta que el 25 de diciembre de 2023, después de una linda navidad en la plaza (porque eso es algo por lo que se conoce a este pueblo, aunque es tema para otra crónica), vendría otro aluvión a arruinar el final del año.
Increíble el momento que eligió la naturaleza para desatar, tal vez, toda su ira. Esa creciente se llevó con ella un puente construido hacía menos de seis meses (de hecho, se volvió viral por eso; otro tema para una crónica).
Con palabras más o palabras menos, así se define a Rincón: caótico y con miles de historias por contar, pero a veces aburrido y deprimido. Contrastes inentendibles. En esta ocasión, la primera opción supera a la segunda y la historia de esta crónica entra ahí. Y resulta imposible no pensar cuán posible es que incluso con la economía no muy buena, este festival sea prioridad. Rápidamente sale la respuesta: “Es que se trata del Festival de la Nuez”.
Así, comienza la historia de un festival realizado todos los años en Rincón, el momento cumbre del folklore en este lugar, donde solo con decir “despierta ya mujer”, el resto se completa solo. Eso es suficiente para que quienes viven en ese pedazo de tierra se imaginen con un vino en su mano derecha mientras cantan a los gritos con los amigos. Eso es un festival.
No importa cuántos vasos hayas tomado, ese sentimiento aparece con 0% de alcohol en sangre (y con más también). Ese es el clima, lo que se vive en un festival longevo, que ya tiene su historia, sus costumbres y hasta sus mañas.
Lleva su nombre en representación de Rincón, de los pueblos que más producen y exportan nuez en la provincia donde se encuentra, Catamarca. Cuenta Analía, que formó parte de la organización: “La idea del festival surgió por cuestiones económicas. Teníamos la necesidad de recaudar dinero para la fiesta de los 100 años del Club”.
A la vista de todos, el por qué se realizó esta edición, para recaudar fondos por un lado y para seguir escribiendo sobre libros todo lo que representa ser rinconisto por otro.
No es mi intención crearle, querido lector, la necesidad de experimentar una vez en la vida este sentimiento, pero se lo recomiendo. También lo recomiendan “Los Colpeños” (banda de música que tocó en el festival). Y también el “Grupo Esencia” que dicen que “hay que motivar el crecimiento de la cultura” de Rincón.
Sin duda los momentos donde llega más gente a visitar este pueblo es para este festival, navidad y vacaciones. En caso de aceptar esta invitación, sepa que de acá se irá con una recarga de serotonina gratis, cortesía de la casa. Parece exagerado contándolo así, de hecho, mientras escribo entro en un debate conmigo misma de si exagero, pero vuelvo a esas fotografías mentales que saqué y toda exageración se queda corta (así de grande es el sentimiento).
Como si tanto no fuera suficiente, es la misma organizadora la que nos cuenta que asistieron entre 450 y 500 personas. Esa cantidad, para un pueblito, es mucho. Y, también cuenta lo que representa para ella: “Es la identidad de un pueblo dedicado a la producción de la nuez”.
El famoso festival del pueblo es motivo de reunión. Lo dicen las caras de quien asiste, lo dice la sonrisa de las chicas que bailan en el ballet, también las carcajadas de esos amigos que no se veían hace meses y ese saludo de otros dos que no pensaban cruzarse.
También lo dice la nena que juega con espuma haciendo enojar a los de alrededor, y también ellos que después terminan riéndose de las picardías de los niños. Lo dice el pueblo y su gente, los que disfrutan de este momento único que les regala la vida hace varios años.
El ADN de este pueblo tal vez sea ese festival, esas navidades y esas reuniones de siempre; tal vez sea una canción que todos sabemos, tal vez ese momento en que escuchás la música desde tu casa.
Quizá no es más que los mates en una montaña o unas empanaditas los domingos, tal vez sea salir a la calle y en el medio encontrarte con 10 personas y saludarlas a todas, o acariciar el perrito que está en la plaza.
Tal vez sea no traicionar al kiosquero de tu barrio o darle la silla a un abuelito, puede que sea abrazarte en las navidades con un vecino o en la cancha cuando Belgrano (equipo del pueblo) hace un gol. Capaz es darle trabajo a gente en época de cosecha o salir a caminar por horas cruzando paisajes hermosos.
A lo mejor es asistir a misa los domingos o dejar una flor en la tumba del abuelo de tu amigo, capaz solo es hacer reír a un amigo o pasar charlando horas con un mate en la mano. Cualquiera sea la opción, representa a este pedazo de tierra que se llama Rincón, y ese es su ADN.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
A 62 kilómetros de Río Gallegos, provincia de Santa Cruz, dentro de la Reserva Geológica Provincial Laguna Azul se encuentra un antiguo cráter volcánico que sorprende con su espejo de agua turquesa, rodeado de mitos, energía y una naturaleza única.
El volcán está inactivo desde hace más de 10.000 años. Para llegar hasta él hay que descender por un sendero pedregoso que baja unos 100 metros hasta el fondo del cráter. Durante la caminata, el visitante puede encontrarse con la vegetación patagónica que abre paso entre la roca: matas negras, paramelas y zapatitos blancos que florecen con los primeros rayos de verano, impregnando el aire de aromas silvestres.
Al llegar a la laguna, el paisaje impone su calma: el viento, que suele ser protagonista en la estepa, se disuelve en el silencio del cráter, y el azul del agua parece hipnotizar a quien la observa.
Durante años, los habitantes de la región repitieron historias que alimentaron la leyenda: que la laguna no tenía fondo, que estaba conectada con el Océano Pacífico, o que podía tragarte si te acercabas al agua. Sin embargo, los estudios científicos determinaron que el fondo se encuentra entre los 50 y 70 metros de profundidad.
En el agua habita un pequeño pez ciego, el “Epuyén” conocido por su aspecto extraño. Los lugareños lo llaman “el pez monstruo” porque, al ser sacado a la superficie, la diferencia de presión deforma su cuerpo. Entre la escoria volcánica anidan bandurrias y otras aves, donde se puede oír una especie de sinfonía omnipresente en la naturaleza.
La Laguna Azul pertenece al complejo volcánico Pali Aike, un rosario de cráteres y lagunas que une el sur de Santa Cruz con Chile. Su superficie, cubierta de coladas basálticas, es testimonio de las últimas erupciones que dieron forma a este rincón de la Patagonia.
En la actualidad, el lugar también es conocido como el “volcán energético”. En noches de luna llena es visitado por grupos que practican meditación y rituales místicos, atraídos por la paz y la energía del entorno.
Daniela Teshka Collinao, guía del Consejo Agrario Provincial (CAP), destacó: “Al ser un área protegida, hay actividades que se encuentran prohíbidas. No se puede ingresar con mascotas; acampar ni realizar fuego; tampoco se puede ingresar al agua y no está permitido llevarse elementos como rocas volcánicas o frutos”.
La agente del CAP comenta que el sitio tiene además un importante valor antropológico, ya que en sus alrededores se hallaron cuevas habitadas por los tehuelches, hace más de 10.000 años.
Además, algunos investigadores sostienen que el paisaje fue visto por Antoine de Saint-Exupéry en 1930, cuando sobrevoló la región, y que “pudo inspirarlo” para escribir El Principito.
Entre la ciencia y el mito, la Laguna Azul guarda el encanto intacto de los lugares que parecen pertenecer a otro tiempo. Un sitio donde la tierra, el agua y el silencio se combinan para recordarnos que el misterio aún habita en la Patagonia.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.