En este video, exploramos el rol y la presencia de los varones en la marcha de Ni Una Menos, a diez años del primer grito colectivo contra la violencia machista.
¿Qué lugar ocupan hoy en una lucha que históricamente fue impulsada por mujeres y disidencias? ¿Cómo se puede acompañar a las mujeres y qué se puede hacer para concientizar a otras personas sobre las problemáticas que se reclaman?
La desigualdad social es más antigua que la invención de la escritura. Está infiltrada en todos los aspectos de la vida cotidiana y el automovilismo no es la excepción. Desde sus inicios, el deporte de motor ha sido un territorio exclusivamente masculino: los hombres han dominado todas las categorías de los últimos 90 años. El rol de la mujer -al igual que en otros ámbitos- quedó relegado al acompañamiento y la labor doméstica. Tuvieron que pasar casi 70 años para que una de las nuestras lograra la primera victoria en karting.
La exclusión no nace en las pistas, sino en las calles. Empieza en gestos cotidianos, como el de ese padre que comenta al pasar “Mirá cómo maneja, seguro es una mujer”, tras una maniobra desacertada. En esa frase no solo hay un juicio apresurado, sino una creencia arraigada: que los hombres conducen mejor.
Los niños que escuchan estos comentarios crecen incorporándolos como verdades, mientras que muchas niñas comienzan a dudar de sus propias capacidades. Así se perpetúa una idea tan instalada como errónea: que las mujeres no saben manejar. ¿Cuántas historias quedaron en el camino por estos prejuicios? ¿Qué hubiera pasado si María de los Ángeles Hanhcik lo hubiera creído también?
Lejos de eso, ella silenció los prejuicios. Se convirtió en la primera mujer argentina en ganar un campeonato de karting a nivel nacional. Proveniente de una familia fierrera y con su hermano ya compitiendo; empezó a desarrollar un particular gusto por los autos y a los 10 años ya estaba corriendo a nivel nacional.
No tuvo que pasar mucho tiempo para que llegara su momento de gloria. Luego de un duro campeonato y compartir pista con José Luis Di Palma -actual corredor del TC- logró quedarse con la victoria y transformarse en la primera mujer en ganar en la categoría Junior.
“Me pasó el hablar con muchas empresas y que me dijeran ‘no nos interesa sponsorear a una mujer en el automovilismo’”, comentó al medio Infobae. No obstante, en esa nota de 2023 realizada por Darío Coronel, dejó una idea: “Sería bueno que las empresas de productos femeninos publiciten en el automovilismo ya que es un deporte al que asiste la familia completa. Tenemos muy buenas pilotos desparramadas en todo el país”.
Aunque el automovilismo ha mostrado avances en inclusión, esta es una realidad que sigue golpeando a la mayoría de las pilotos a lo largo del país. No es un caso aislado, sino una problemática con la que conviven a diario: tener que ser más rápidas, más eficientes, estar mejor preparadas y salir a pista con la presión de tener que demostrar el doble para que los demás las crean capaces.
Créditos: Instituto Argentino de Automovilismo (IAD)
El karting hoy: entre avances y desigualdades
Con apenas 10 años, Valentina Funes hizo un pedido poco habitual para el Día del Niño: un karting de carreras. Su padre y su abuelo se lo regalaron sin saber que ese gesto marcaría el inicio de un camino que definiría su vida. Ella es una joven piloto oriunda de Lezama. Comenzó su carrera a los 12 años participando en campeonatos de karting en tierra, para más tarde dar el salto al asfalto. Fue en esa etapa donde conoció a su actual equipo Trillo Racing, los primeros en confiar en ella. Juntos se consagraron campeones en 2018 y con el paso de los años sumaron varios subcampeonatos.
El campeonato de 2018 marcó un antes y un después en su vida. Pasó de ser una de las pocas pilotos en la categoría a conquistar un título que, desde 1980, ha sido casi exclusivo de los hombres: el campeonato nacional de karting. Funes hizo historia al convertirse en la segunda mujer en ganarlo en igualdad de condiciones.
Al respecto, su postura es clara: “No comparto que existan categorías sólo femeninas, siempre lo hice y me pude mantener compitiendo en categorías mixtas; y eso es porque elegimos un deporte que nos permite tener las mismas condiciones tanto a mujeres como hombres”.
Las barreras económicas son una de las problemáticas más frecuentes, en un contexto donde las mujeres aún enfrentan una desigualdad de oportunidades frente a los hombres. Muchas veces, ni siquiera el rendimiento o los logros deportivos alcanzan: los patrocinadores siguen mostrando una clara inclinación hacia los pilotos varones.
En este sentido, Funes habla desde su experiencia: “Hoy en día, y después de haber llegado y pasado por el automovilismo profesional, entiendo que sí hay diferencias, sobre todo a la hora de conseguir una marca o sponsor que acompañe”.
Detrás de esa lógica persiste una estructura más profunda: la histórica dominación masculina sobre el desarrollo del automovilismo. Las experiencias, sin embargo, no son iguales para todas. Lucía Todino es la prueba de ello. Criada en un entorno vinculado al deporte de motor -su padre fue corredor del TC y su primo aún lo es-, tuvo un desarrollo más natural que las demás pilotos, aunque sin quedar exenta de los prejuicios del entorno.
Su primer acercamiento al deporte de motor fue a través de su primo, Germán Todino. Se pasaban las tardes compitiendo en un circuito amateur de karting ubicado en un campo familiar. Todino recuerda que, desde ese momento, no quiso bajarse más.
Su inicio en la competencia llegó en 2024 cuando debutó en la categoría KDO 250 Livianos. Si bien el arranque fue complicado, con cada visita a los kartódromos fue afianzando su confianza, hasta finalizar la temporada peleando por el campeonato. El 24 de noviembre de 2025 marcó un punto alto en su carrera: en apenas su segunda temporada, se consagró campeona.
Créditos: Tribuna 2
Las experiencias dentro de la pista también reflejan tensiones que todavía persisten. “Muchas veces hay hombres a los que no les debe gustar que les gane una mujer. En mi caso, me siento igual que el resto”, señala.
En una disciplina históricamente dominada por hombres, cada vez son más las mujeres que encuentran su lugar y construyen su camino carrera a carrera. La pregunta, entonces, ya no es si pueden competir, sino cuánto falta para que las condiciones sean realmente iguales.
Es de noche y la cancha está encendida. Las tribunas empujan, las banderas se mueven sin parar y los fuegos artificiales iluminan el Gigante de Arroyito. Se canta, se graba, se festeja. En medio de ese griterío, muñecas inflables con cuerpos feminizados vuelan desde la popular hacia el campo de juego. Caen sobre el césped con los colores rojinegros. La escena se celebra. La imagen circula y genera repercusión. ¿Dónde termina el folklore y cuándo empieza la violencia?
El hecho fue el pasado 14 de marzo de 2026, en el partido entre Rosario Central y Banfield, donde también arrojaron bebés de juguete con camisetas de Newell’s. “Que los hinchas digan que es folklore no quiere decir que esas prácticas no impliquen una naturalización de la violencia”, advierte Sofía Basso, abogada rosarina e integrante de la Asociación Civil Colectiva de Abogadas Translesbofeministas. La situación, que se da en diferentes escenarios, generó reacciones diversas y reactivó una discusión que se extiende a otras canchas y redes sociales.
El Observatorio de Mumalá, un espacio feminista que releva y visibiliza situaciones de violencia de género en Argentina, señaló lo ocurrido en aquel partido de Rosario Central como “una forma de violencia simbólica que utiliza el cuerpo de las mujeres como objeto de burla, humillación y sometimiento”. Advirtió, además, que este tipo de expresiones no solo impacta en el ámbito deportivo, sino también refuerza brechas que atraviesan a toda la sociedad.
En ese sentido, la Ley 26.485 de Protección Integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres hace referencia a la violencia simbólica en sus artículos 5 y 6 donde habla de patrones estereotipados, mensajes, valores, íconos o signos que reproducen y profundizan desigualdades, naturalizan la subordinación de la mujer y pueden manifestarse en distintos ámbitos, incluidas las instituciones deportivas.
Estas prácticas no son nuevas y se repiten en distintos escenarios del fútbol nacional: desde figuras que representan al adversario en situaciones de violencia simbólica hasta intervenciones que, en muchos casos, apelan a la feminización como forma de ridiculización.
“Somos una generación bisagra que logra ver que esto está mal, pero no está solucionado”, explica Soledad Boufflet, ex presidenta de la Subcomisión de Género del Club San Lorenzo de Almagro. Un ejemplo de esto se dio durante el clásico de Avellaneda, cuando hinchas de Independiente colgaron en las inmediaciones del estadio de Racing, múltiples muñecos de juguete con camisetas celestes y blancas, ahorcados del cuello como forma de burla.
Otro antecedente fue en la previa del clásico de la Primera Nacional entre Güemes y Mitre, en Santiago del Estero. La dinámica es la misma: un muñeco colgado con los colores del equipo contrario. El patrón se repite: cambia el escenario, pero no la lógica.
Para Boufflet, la persistencia de estas conductas no es casual. En ese entramado se explica que conviven manifestaciones extremas con otras más naturalizadas, como el humor sexista o las chicanas que terminan construyendo sentido. Basso aporta otra dimensión al análisis: “Todo lo que se repite por inercia y no se cuestiona refuerza el paradigma en el que vivimos”.
Tras lo ocurrido en Rosario, hinchas y familias comenzaron a expresar su rechazo y a disputar el sentido de lo que se considera parte de la cultura futbolera. “En tanto no nos opongamos y repudiemos estas cosas, también somos responsables”, dice Boufflet remarcando que no solo queda la responsabilidad en quienes organizan estos actos, sino que amplía su mirada a la aceptación donde la naturalización se disfraza de tolerancia.
La ex presidenta de la Subcomisión de Género del Club San Lorenzo de Almagro advierte que “hacer silencio nunca puede ser una opción” y remarca la importancia de trabajar en la prevención dentro del marco deportivo: “Todo construye sentido”.
Mientras los clubes se presentan como espacios de “contención social y construcción colectiva”, en sus tribunas conviven prácticas que refuerzan asimetrías que esos mismos espacios dicen combatir. La contradicción no es nueva, pero cada episodio la vuelve más visible.
Para Basso, el foco debería ser la prevención y no el castigo. “La responsabilidad en términos de la pena, de la sanción, no sirve. Lo único que sirve es la prevención”, afirma y pone atención en la falta de políticas públicas sostenidas. Así también, la integrante de la Asociación Civil Colectiva de Abogadas Translesbofeministas señala que estos hechos se inscriben en un clima social más amplio, donde los discursos de odio circulan más y se cuestionan menos. Y agrega: “Sería muy hipócrita pensar que la sociedad no tiene responsabilidad. El Estado también la tiene cuando facilita escenarios violentos en los que esas prácticas emergen con impunidad”.
Las resistencias, sin embargo, siguen presentes. “Parece que volvió a estar de moda ser machista”, plantea Boufflet. Más que una tendencia, la idea también puede leerse como la vuelta a escena de prácticas que nunca desaparecieron, pero que hoy encuentran un clima que los habilita a expresarse con visibilidad, y eso pone en debate qué se tolera y qué se elige señalar.
El fútbol, como espacio de pertenencia, no queda al margen de esas tensiones: las refleja, las amplifica y también las pone en discusión. Pero, en un ámbito donde todo se grita, se exagera y se festeja; hay expresiones que todavía pasan sin ser nombradas. No se trata solo de quién lo hace, sino de cuántos lo ven, lo celebran o lo dejan pasar. Y quizás la pregunta ya no sea solo qué es folklore, sino qué estamos dispuestos a llamar así.
El Centro Comunitario de Villa Constitución huele a tierra mojada. Afuera, el temporal arrancó el techo y dejó hilos de agua que bajan por las paredes y se esparcen sobre el piso. Es viernes 6 de noviembre de 2025. Son más de las 19:30 horas. La ciudad está sin luz. Solo la luna ilumina la escena: mesas arrastradas, papeles apilados sobre mesas altas y un balde naranja que pasa de mano en mano.
En medio de la penumbra, una figura menuda se mueve con precisión. Alejandra Becerra —de 36 años, 1,70 metros de altura y pelo oscuro recogido— desplaza una mesa pesada sin perder la compostura. Viste camisola celeste, pantalón al tono y un perfume discreto que sobrevive al olor a humedad. Luce impecable, siempre. Aunque alrededor todo sea caos.
—Primero, saquen lo eléctrico —dice.
Tres mujeres la siguen y retiran lo que todavía puede salvarse. No alza la voz. No agita los brazos. Marca prioridades y el resto actúa. Las sirenas suenan lejos: la tormenta golpeó a toda la ciudad. Alejandra abre el portón trasero del Centro Comunitario. El alumbrado público vuelve. Suspira. Ya pasaron las 22. Queda trabajo. No se queja. Sigue.
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Nació el 5 de octubre de 1989 en Stella Maris, un barrio de Villa Constitución (Santa Fe) que mira al Paraná y se ubica sobre una barranca con vista al río y a los humedales. En los 90, ese barrio era de pescadores, calles de tierra y viviendas humildes.
En esa casa de material sin revocar convivían 10 hermanos, un padre, una madre y dos abuelos que funcionaron como cimiento. Con ellos creció escuchando historias y consejos: con su abuelo Irineo, largas charlas a mate tibio; con su abuela Hipólita, peñas y complicidades.
A los 12 años —cuando todavía respondía al nombre de Alejandro— sintió que algo no encajaba. No conocía la palabra trans. Solo registraba un cuerpo que no coincidía con su identidad. En la casa no hubo gritos ni expulsiones, solo un silencio que impidió preguntas. Su primera forma de abrir camino fue decir: “Soy gay”. Una manera de existir sin quebrar el orden familiar.
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La adolescencia llegó rápido. “El cuerpo no ayudó”, dice Alejandra. A los 16, la prostitución apareció como una salida a la falta de recursos. Un trabajo que le dejó cicatrices para siempre. Pero, a los 23 dejó la noche y así empezó la vida que más tarde reconocería como propia. Un año más tarde registró el nombre que había elegido: Alejandra.
—La empleada del Registro Civil fue la primera persona que me llamó así —dice.
Ese día sintió una emoción que todavía no puede describir. Después llegaron los otros trabajos: panaderías, rotiserías, cuadrillas de barrido. Pero la militancia había empezado antes. Desde los 15 participaba en actividades sociales, alentada por la conciencia social de su abuelo.
Una diputada que visitó la ciudad la escuchó opinar y la sumó a su equipo en el anexo del Congreso. Tiempo después presidió la Comisión Vecinal de Stella Maris y, al terminar su mandato, el presidente del Movimiento Solidario Constitución la convocó para integrarse a su equipo de trabajo.
Consultada por esos años, su abuela —una mujer de manos gastadas y voz baja— recuerda la historia con claridad. La vio caer y levantarse muchas veces. Habla de su capacidad para volver a empezar.
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Quienes la conocen mencionan un detalle que se repite en cada espacio donde entra: Alejandra camina con pasos cortos, medidos, casi sin ruido. No arrastra los pies ni acelera. Ese modo de desplazarse —silencioso, firme, exacto— es su marca.
Desde los 28 años sostiene una rutina estricta: a las 7 ya está en la puerta del “Movimiento Solidario”, abre candados, pone el agua para el mate y espera al equipo. “No habla al pedo. Hace”, dice Erika, su colaboradora de mayor confianza. “Un referente barrial de zona norte”, agrega otro que prefiere no dar su nombre. Y otro opina: “Todo pasa por ella. Es personalista”.
Alejandra escucha, evalúa, sigue. Sabe qué tipo de capital construye: el social. En el Municipio la llaman porque cumple. A los vecinos les destraba trámites casi todos los días. Cuando algo falta, la frase se repite en los barrios: “Preguntale a Ale”. Y el asunto, casi siempre, se resuelve.
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La tormenta terminó. El portón del edificio está entreabierto. Alejandra sale y mira la calle. Recuerda por un instante. Hoy vuelve a ese mismo lugar con algo que entonces no tenía: la certeza de que la identidad se afirma, la dignidad se pelea y la comunidad puede salvar tanto como una familia.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.