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Tres veces campeón mundial: a lo Boca

Repasamos los tres títulos logrados por los xeneizes en la Intercontinental: 1978, ante Borussia Mönchengladbach; 2000, contra Real Madrid; en 2003, frente al Milan.

Dicen que fue suerte. Que fue mística. Que fue la camiseta. Que fue “a lo Boca”. Y tienen razón. Fue todo eso y más. Fue la historia empujando. Fue un pueblo detrás. Fue una manera de jugar, de sufrir y de ganar que no se explica: se siente. Porque Boca no pidió permiso, se plantó, apretó los dientes y jugó con idioma propio.

No hace falta cerrar los ojos para recordarlas. Las imágenes están tatuadas en la memoria de cada hincha, como si el tiempo no pasara. Comenzó en un contexto insólito. Boca llegó como campeón de América tras vencer a Cruzeiro bajo el mando de Juan Carlos Lorenzo, pero el Liverpool, ganador de Europa, decidió no jugar la Intercontinental. Sin embargo, el Borussia Mönchengladbach, subcampeón, se presentó en su lugar.

La ida se jugó en la Bombonera. Fue un 2-2 que dejó sabor a poco. Boca no lució, y el escenario parecía adverso: definir en diciembre, lejos de casa y del calor sudamericano. El 1 de agosto de 1978, Boca entró en Alemania como si fuera su propia casa. A los 2 minutos, Darío Felman abrió el marcador. Después, Ernesto Mastrángelo gritó el segundo y Carlos Salinas selló la victoria con el 3-0. “Jugamos un partido memorable. Allá hacía mucho frío, pero nosotros estábamos calientes por dentro. Queríamos demostrar que Boca era grande de verdad”, expresó Darío Felman, en una entrevista con El Gráfico. Gatti se agrandó bajo los tres palos, Suñé dominó el mediocampo y Lorenzo escribió el primer capítulo glorioso del club a nivel mundial.

Pasaron 23 años. El mundo cambió. El fútbol también. Pero Boca seguía ahí. Campeón de la Libertadores tras derrotar al Palmeiras por penales y viajó a Tokio para enfrentar al Merengue de los Galácticos. Con Carlos Bianchi en el banco y con un plantel que respiraba talento y carácter: Riquelme, Palermo, Córdoba, Battaglia, Ibarra. Al frente, el Real Madrid atravesaba la primera etapa galáctica, con jugadores estrellas como Guti, Roberto Carlos, Raúl, Fernando Hierro y Claude Makelele.

No obstante, en apenas seis minutos Martin Palermo metió dos goles inolvidables. Roberto Carlos descontó, pero el equipo argentino aguantó. Lo de Riquelme fue de otro planeta: cambios de frente, pausas, gambetas. Y sin dudas, Córdoba fue figura. Martín Palermo, alguna vez, comentó para TyC Sports en una entrevista: “Ese día jugamos como hinchas. Le ganamos al mejor del mundo, sin complejos. No sé si lo soñé, pero lo viví”. El partido culminó 2-1 y desató la locura, el mundo volvía a arrodillarse ante el equipo azul y oro.

La tercera también fue muy difícil. Milan era una constelación: Maldini, Pirlo, Kaká, Shevchenko, Gattuso. Boca, sin Riquelme, con un Carlos Tevez adolescente y un equipo hambriento de gloria, otra vez dirigido por Bianchi. Fue el 14 de diciembre de 2003, en Yokohama. Milan golpeó primero con un gol de Tomasson y el favoritismo parecía afirmarse. Pero Boca no se rindió nunca. Luego de seis minutos, Matías “Puchero” Donnet aprovechó un rebote y clavó el empate con precisión. El resto fue lucha, inteligencia, aguante. Y penales. Y ahí, en la ruleta rusa, apareció esa palabra que tanto molesta a los que no entienden: mística. Roberto Abbondanzieri atajó con manos seguras y Boca volvió a escribir una historia que ya parecía repetida, pero que siempre duele a los que no creen. “Sabíamos que, si íbamos a penales, ganábamos. Teníamos al Pato. Y no fallamos”, manifestó Raúl Cascini en una oportunidad en Fox Sports.

En 26 años, Boca les ganó a tres europeos, dos de ellos, los más gigantes. Cambiaron los nombres, las camisetas, los estadios. Pero no la esencia. Hay clubes que coleccionan títulos. El Xeneize, en cambio, colecciona hazañas. Quizás fue suerte. Un milagro. O Europa distraída. Pero el que lo vivió, el que lo sintió, sabe que no hay suerte cuando el escudo late más fuerte que el rival. No hay milagro cuando un grupo se parte el alma por una camiseta. No hay distracción cuando te gana un equipo que juega con la vida en los botines.

Boca ganó esas finales a lo Boca. Como siempre. Con el corazón desbordado, con la camiseta bien puesta y con un pueblo entero gritando desde la otra punta del mundo.

A lo Boca, sí. Pero no por cliché. Porque el mundo fue testigo de lo que acá, en este país, siempre supimos: que hay partidos que no se juegan, se ganan. Y hay copas que no se levantan, se abrazan como si fueran parte de uno. No fue casualidad. Fue carácter, valentía y una convicción que no sabe rendirse. Ser campeón del mundo es un privilegio. Serlo tres veces, es eternidad. Y Boca Juniors, en el corazón de su gente, será por siempre el club que conquistó el mundo.

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