Ruinas de San Ignacio: un escenario que palpita selva, memoria y conexión
Más de 300 mil turistas las recorren en el año, atraídos por la belleza del arte barroco-guaraní del 1800. Entre julio y agosto se invita a visitarlas junto a su espectáculo de imagen y sonido.
A 60 kilómetros de Posadas, el tiempo se frena entre muros de piedra. Las Ruinas de San Ignacio aparecen cubiertas de musgo y silencio, como si la tierra colorada de Misiones decidiera guardarlas solo para ella. Fue aquí donde, en el siglo XVII, guaraníes y jesuitas levantaron una de las reducciones más emblemáticas, guiadas por Antonio Ruiz de Montoya. Hoy quedan las paredes, el templo sin techo y esa quietud que llegó después del fuego en 1817, tras la invasión de tropas paraguayas.
Edificadas con piedra arenisca rosada y piedra “itacuru”, el antiguo asentamiento jesuita conserva la magia arquitectónica de la época. En la parte central de las reducciones se encuentra la plaza con varios edificios majestuosos, en el fondo se ubica el templo y en los alrededores la residencia de los sacerdotes, el cabildo, los talleres y el cementerio donde se percibe el sosiego de las almas del lugar. Estas edificaciones que mezclan el estilo barroco y español sobresalen entre la vegetación como surcos imborrables del pasado, permitiendo imaginar el transcurrir de la vida cotidiana dentro de una de las comunidades más emblemáticas de Misiones.
Las Ruinas De San Ignacio 🔸Ubicadas a unos 240 kilómetros de las Cataratas del Iguazú y a 60 Kilómetros de la ciudad de Posadas. 🔸 Durante casi dos siglos estuvo oculta en la espesura de la selva, pero hoy es uno de los lugares de visita obligatoria para quienes visitan Misiones. Créditos: rivas.randy21 ruinasdesanignacio misiones turismomisiones parati misionesnuestrolugar
El sendero principal de la comunidad refleja uno de los pilares primordiales de la Iglesia: la evangelización, según el Ministerio de Turismo de Misiones. El templo era el lugar más concurrido y contenían tallados, ángeles que representaban el equilibrio entre la vida humana y espiritual. El repique de su campanario marcaba el inicio de las actividades de los nativos del lugar.
Desde 1984, las Ruinas de San Ignacio son declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Al año, más de 300.000 turistas las recorren atraídos por la belleza del arte barroco-guaraní. En cada pared de piedra subsisten tallas de símbolos religiosos y formas inspiradas en la naturaleza, huellas del delicado trabajo artesanal guaraní que aún mantienen viva la esencia jesuítica.
Hoy las ruinas respiran distinto según la hora. De día, los guías te conducen entre las antiguas reducciones para contar la historia de la vida de los nativos y jesuitas. Pero a la noche, San Ignacio cambia de piel: de miércoles a domingo -entre julio y agosto de 2025- las centenarias piedras se encienden en un espectáculo de imagen y sonido, donde durante 45 minutos proyecciones y música reviven aquellos ecos de la época.
“Cada vez que ingreso a trabajar en las Ruinas de San Ignacio siento que el lugar tiene algo diferente para mostrar. No sé si es el silencio o el cantar de los pájaros, o como la luz atraviesa las piedras al atardecer”, expresa Sofía, trabajadora del lugar. Ella lleva años trabajando como guía y todavía se sigue emocionando al ver la reacción de la gente cuando escucha la historia del lugar por primera vez. Al respecto, cuenta: “Muchos llegan pensando que solo van a ver construcciones antiguas, pero terminan creando una conexión con todo lo que ocurrió acá: la vida de los guaraníes, el trabajo de los jesuitas y el arte que plasmaron entre estas paredes”.
“Lo que más me gusta es cuando los visitantes se quedan observando en silencio, porque ahí entendés que las ruinas transmiten algo más que historia”, comenta Sofía y sigue: “Para nosotros los misioneros, este sitio representa parte de nuestra identidad y poder compartir eso con personas de distintos lugares es una experiencia muy especial”.
En la celebración por Semana Santa, miles de fieles participan de la Misa Popular de las Misiones bajo el profundo cielo iluminado por las estrellas, deleitándose con las presentaciones del Chango Spasiuk y una sinfonía de orquesta. “Vine por primera vez a la celebración de la misa central y fue una experiencia imposible de olvidar. Sentí una mezcla de paz, fe y admiración por todo lo que representa este lugar”, comparte Martina, una turista brasileña.
Créditos: Argentina.gob.ar
Pasar por las Ruinas de San Ignacio implica llevarse un trozo de selva en el cuerpo. El rojo de la tierra misionera queda impregnado en los zapatos y el eco de los cánticos guaraníes permanecen en la atmósfera. Al cruzar la salida, el susurro del viento se siente como un secreto compartido, mientras el sabor de la brisa del Paraná te roza los labios.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
En una calle tranquila y alejada del centro de Victoria, Entre Ríos, una casa azul rompe con la monotonía del barrio. Sobre las paredes aparecen pintadas figuras extraterrestres, planetas y naves, mientras un cartel blanco anuncia “Museo del Ovni” en letras enormes. Adentro, una figura humanoide de ojos negros y piel verdosa parece recibir a cada visitante desde la entrada.
Entre luces tenues, fotografías borrosas, recortes periodísticos y vitrinas repletas de objetos extraños, el lugar conserva historias que desde hace décadas intentan responder una misma pregunta: qué ocurre allá arriba.
El Museo del Ovni fue inaugurado en 2005 por Silvia Pérez Simondini y su hija Andrea, integrantes del equipo Visión Ovni, organización que desde 1991 investiga fenómenos aéreos no identificados en Victoria y otras regiones del país. Con el paso de los años, el espacio se convirtió en el único museo argentino dedicado exclusivamente al estudio del fenómeno ovni desde una perspectiva investigativa y científica.
Al comenzar el recorrido, las paredes se llenan de infografías, mapas y recortes de diarios que reconstruyen algunos de los casos más emblemáticos de Entre Ríos y del resto del país. Entre tantos expedientes y testimonios, resulta inevitable preguntarse cómo comenzó todo, y la respuesta remite a una experiencia quePérez Simondini vivió décadas atrás en Caleta Olivia.
Mucho antes de fundar el museo, observó junto a vecinos un enorme objeto suspendido sobre su casa el 18 de agosto de 1968. Años después recordaría aquella imagen como “una moneda gigante, algo chato, color plomo”; aquella experiencia fue el comienzo de una búsqueda que, décadas más tarde, encontraría su lugar entre las paredes de esta casa azul.
Atraída por los reiterados relatos de avistamientos en la zona, Pérez Simondini llegó a Victoria para investigar un fenómeno que, según sostenía, se manifestaba de una manera particular. Para ella, las luces y objetos observados en la región parecían tener un comportamiento distinto, y afirmaba que “en Victoria están abajo”, en referencia a los testimonios que describen apariciones nocturnas sobre el río Paraná.
Convencida de que allí encontraría respuestas, dejó Buenos Aires, vendió sus pertenencias y se instaló definitivamente en la ciudad entrerriana. Con el tiempo, ese trabajo de investigación dio origen al museo, que hoy sigue ampliando su colección con nuevas donaciones y casos incorporados.
En las vitrinas se exhiben fragmentos de un objeto caído en 1957 en Ubatuba, Brasil, y que fueron analizados por especialistas internacionales, entre ellos, el astrofísico Jacques Vallée. El recorrido también incluye restos de la estación espacial soviética Salyut 7; muestras de tierra extraídas de las llamadas “huellas”; la camisa quemada de Modesto Colman —vinculada a uno de los casos más conocidos de la región— ; y videos registrados por el equipo de Visión Ovni. También pinturas, artesanías y otras donaciones realizadas por visitantes completan una colección tan diversa como las historias que intenta documentar. De fondo: viejas entrevistas y grabaciones acompañan el recorrido por la casa.
Durante la visita, Alejandra Trucco, guía del museo, explicó que el espacio recibe visitantes todo el año. Ubicado en la esquina de San Miguel y Rondeau, abre los fines de semana y feriados de 10 a 12:30 y de 16 a 19 horas. Además de las exposiciones, el lugar cuenta con una biblioteca y videoteca temáticas, y una pequeña tienda donde se venden recuerdos inspirados en el fenómeno ovni. “Viene mucha gente interesada en el tema, investigadores y también creadores de contenido”, señaló. Además, destacó que las exposiciones se renuevan constantemente y que los congresos internacionales de ufología realizados en Victoria reúnen especialistas de distintos países.
A medida que avanza el recorrido, el museo deja de parecer únicamente una colección de objetos extraños. Cada sala, cada registro y cada historia reconstruyen el camino de una mujer que convirtió una experiencia inexplicable en el trabajo de toda una vida. Afuera, la casa azul vuelve a mezclarse entre las viviendas del barrio; adentro, la mirada sigue puesta en el cielo.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
En las canchas de la Asociación de Sordos de Santa Fe (ASORSAFE), el deporte es la herramienta principal para fortalecer la identidad. La institución coordina diversos espacios donde la Lengua de Señas Argentina (LSA) dicta cada jugada sin intermediarios. A través de la gestión de su Subcomisión y el análisis de especialistas en mediación lingüística y educación especial con orientación en Sordos e Hipoacúsicos, se revela cómo el club se transforma en un territorio libre de barreras donde el orgullo de pertenecer se entrena todos los días.
Cuando la pelota empieza a rodar en el predio de ASORSAFE, el ambiente cambia. No hace falta el sonido de un silbato para entender que el juego empezó; acá la mirada es la que manda y la LSA organiza cada movimiento en la cancha. Lo que para cualquier club es rutina, para esta institución es un acto de resistencia cultural y autonomía.
La Subcomisión de Deportes de la asociación trabaja con un norte claro: que nadie se quede afuera. Román Sotelo, quien preside este espacio, especifica que el objetivo principal es fomentar la práctica física en todas las edades, desde los jóvenes hasta los adultos. Actualmente, la propuesta es amplia: cuentan con un equipo de fútbol 11 con jugadores de entre 15 y 40 años, grupos de básquet masculino y hasta encuentros de pádel que integran a deportistas de hasta 70 años.
Un dato clave es el crecimiento del deporte femenino: aunque hace un tiempo la participación de las mujeres había bajado, hoy están volviendo a ganar terreno y el grupo avanza otra vez. Además, el futsal pisa fuerte con categorías juveniles y de veteranos que llegan a los 60 años. “Invitamos a los jóvenes de la escuela de sordos a que se sumen y, a su vez, motiven a los más chicos a participar”, detalla Sotelo sobre la importancia de pasar la posta.
Para quienes forman parte de ASORSAFE, jugar en un contexto propio marca una diferencia abismal. Sebastián Bruno, mediador sordo y profesor de Educación Especial con orientación en Sordos e Hipoacúsicos, señala que estos encuentros permiten generar lazos muy fuertes porque el vínculo se da en un entorno lingüístico y cultural propio. “Es un espacio donde las barreras comunicacionales se derriban”, dice. Además, agrega que esa “carga negativa” que a veces aparece en el mundo oyente, acá “no existe”.
En la cancha, la comunicación tiene sus propias reglas. Se usan señas específicas para las estrategias de juego, pero gran parte del entendimiento pasa por lo visual y las expresiones no manuales. Asimismo, Bruno resalta que tener un técnico que dé las indicaciones directamente en LSA es fundamental, ya que el mensaje llega en la lengua propia de los deportistas.
Este cruce en el club genera un “intercambio recíproco”: mientras los adultos pasan sus experiencias y vivencias, las nuevas generaciones aportan sus propias visiones y nuevos términos al lenguaje. Es, básicamente, el escenario donde la cultura sorda se mantiene viva y se transforma día tras día.
La diferencia entre un espacio convencional y uno diseñado bajo la perspectiva de la comunidad sorda es la comodidad cultural. Según Bruno, un ámbito pensado desde la comunidad permite un desempeño con total autonomía y sin barreras lingüísticas. En cambio, en los espacios convencionales suelen aparecer “desencajes culturales” o malentendidos por la falta de una lengua en común.
La exigencia en la institución no se queda solo en lo recreativo; hay una mirada puesta en el rendimiento y en representar a la entidad de la mejor manera. El referente de la gestión deportiva, Sotelo, comparte que el entrenamiento y la preparación física constante son fundamentales para fortalecer al grupo y “estar en condiciones” para competir en los torneos de sordos que se realizan en otras provincias. Esta faceta competitiva es la que motiva a muchos socios a mantener una disciplina diaria que va más allá de un simple pasatiempo de fin de semana.
Por su parte, el mediador sordo cree que el impacto de este movimiento trasciende las líneas de cal de la cancha, ya que funciona como un engranaje que activa toda la vida social. El profesor explica que el juego es el gran impulsor de eventos festivos, reuniones, planes compartidos; y sostiene que esta dinámica “le da sentido de pertenencia en lo individual y colectivo a la asociación”, convirtiéndose en un motor de organización grupal que le otorga un valor agregado a la rutina de sus integrantes.
El impacto de estas actividades va mucho más allá del marcador de un partido. Como subraya la Subcomisión: la práctica deportiva genera viajes y una organización grupal. Es el lugar donde ser sordo se vive con orgullo y donde ASORSAFE reafirma su rol como la casa de una comunidad que elige el encuentro para consolidar el crecimiento.
Un pimiento plegado sobre sí mismo, como una lata de gaseosa aplastada, un brócoli descolorido, dos cebollas muy chicas y bulbosas, un zapallito tierno con manchas pálidas, dos choclos con las chalas secas. A pesar de que los adjetivos podrían opacar a los vegetales, el resultado es una tarta sabrosa.
La carne del morrón era dulce, igual que el interior del zapallito. Las cebollas picadas cumplieron su función aromática igual que otras mejor formadas. El brócoli, una vez salteado, recuperó el verde brillante y fue protagonista por su color. El contraste lo dieron los granos de choclo, que estaban tan amarillos como cabía esperar. Nada hacía pensar que las verduras eran de descarte, parte de ese 40% de alimentos sanos que terminan cada día en la basura.
Todos los ingredientes fueron recuperados del camino que va desde las fincas de productores sanjuaninos hasta los platos, donde quedan toneladas de verduras que no llegan a venderse. Un festín de vitaminas, proteínas, fibras y otros nutrientes que no alimentan a nadie. También representan la pérdida de la inversión de los productores, que juegan con un margen de ganancia magro.
Todo esto por criterios de selección que son en su mayoría estéticos. “Los anquitos están lindos”, repite un verdulero para convencer a los clientes de llevar zapallos. Los compradores preguntan señalando algún cajón de tomate: “¿No le queda uno más lindo?”. “Lindo” es el atributo buscado, ni fresco ni sabroso, aunque la calidad de un producto se mide en todas sus cualidades organolépticas: sabor, olor y color.
Créditos: Tiempo de San Juan
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El desperdicio de alimentos en buen estado es un problema conocido en San Juan. El INTA (Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria), alertó que en la provincia se desperdicia un tercio de los productos que generan las chacras. La institución, que hoy está en riesgo de ser unificada con otras y que ya vivió reducciones de personal, brinda capacitaciones gratuitas a los productores para reducir el desperdicio. El público objetivo son los pequeños finqueros como Cristian Iñol, quien es chacarero desde los 13 años, cuando tuvo edad suficiente para acompañar a su padre en la finca. Él es parte de los 300 que hoy se dedican a esto, aunque el número va bajando año a año, según la Sociedad de Chacareros Temporarios de San Juan.
Para el finquero, el cálculo de las pérdidas es más fácil hacerlo en bordos, que son las líneas de 40 o 50 metros de tierra removida con el tractor o a mano, donde después crecen las plantas. Con cinco bordos o más arman los cuadros que separan de otros cultivos con un metro sin siembra. Así distinguen el trabajo según el crecimiento de cada planta, pero también logran tener variedad, por si alguno sale mal.
“Si siembro 50 bordos, saco producción de unos 30”, calculó Iñol. No quiere decir que todo eso sean alimentos listos para vender que se desperdiciaron, aclaró el chacarero, sino que hay un porcentaje que se pierde porque “los pájaros se comen las semillas”, porque “no le alcanzó el agua para regar”, “porque hubo granizo, mucho calor o mucho frío”. “El productor siempre pierde”, dijo por primera vez al explicar esto y lo repitió varias veces al enumerar cada uno de los problemas de cada cosecha.
Los productores son los primeros en seleccionar las verduras y el inicio de la cadena de desperdicio. Eligen con dos objetivos en juego: levantar la mayor cantidad de producción y ahorrar trabajo innecesario. El sector chacarero en San Juan es artesanal: trabajan más de una finca a la vez, donde solo una o ninguna son tierras que les pertenecen, tienen pocos procesos mecanizados y si acceden a un tractor, muchas veces, es prestado. Por eso, levantar verduras que después “no va a poder vender” o que “se las van a pagar al mínimo” no tiene sentido para él.
El finquero sanjuanino prefiere dejarlas en las plantas y arar con el tractor, dando vuelta la tierra y dejando lo producido como abono, para volver a sembrar. Ese fue el caso de un cuadro de pimientos que fue casi en un 60% a pérdida (y de dónde salió el ejemplar que terminó en la tarta).
Créditos: INTA
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Para llegar a los cinco bordos había que atravesar un viñedo ajeno por donde llevan, en cajones, las verduras al hombro. El cuadro tenía plantas ya crecidas con maleza que ni Iñol ni su hermano, ni los dos peones habían limpiado. En las plantas estaban los pimientos, que eran más chicos que los que se ven en las verdulerías y la mayoría con esa forma de lata aplastada.
“Fui a la semillería y primero pedí una variedad buena, pero me tenía que gastar $400.000 y no los tenía”, recordó. Finalmente compró otras semillas, sabiendo que iba a tener problemas, pero confió en que lo que rescatara se iba a vender bien.
Sin embargo, las pérdidas fueron más altas de lo que esperaba y ahora deberá arar cerca de un centenar de pimientos que quedaron en las plantas. “El productor siempre pierde”, dijo mientras se alejaba del cuadro.
Otras veces no tiene que ver con la genética que uno compre, sino alguno de esos imponderables del campo. En verano, recordó Iñol, perdió más de la mitad de un cuadro de lechuga por el granizo. “De las que agarro chiquitas no pude rescatar nada, así que levantamos unas pocas y le pasamos tractor”, contó.
Ahora, además de los pimientos poco agraciados, está peleando con alguna peste que les causa decoloraciones a los zapallos tiernos. Son apenas unas zonas de un verde más claro. Es difícil verlas como un defecto, a menos que el chacarero de San Juan ponga un vegetal junto al otro, para entender cuál es el que está lindo para la venta. “Me dijeron que puede ser un hongo, que no le hace nada al sabor, pero así no los puedo vender así que no lo levantamos”, dijo. Tal vez, si no hubiera tantos de estos vegetales en el mercado, podría venderlos, pero es temporada alta y la demanda está casi cubierta.
Créditos: Diario de Cuyo
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El único mercado donde distribuyen los chacareros chicos es el del Gran San Juan, porque cualquier otro, tanto departamentos alejados como provincias limítrofes, están muy lejos para ir con sus propios vehículos. Por eso, si no consiguen que haya “plaza” -como le llaman a la demanda- pueden perder otra parte de lo que producen.
El ejemplo es un cuadro de repollos blancos, unos 12 bordos de 50 metros de largo que sembró Iñol porque hace un año los vendió a buen precio; pero esta vez no pudo colocarlos. Tal vez porque otros productores aumentaron la oferta o porque este año nadie pensó recetas con este vegetal, no tiene en claro la razón.
No solo se perdieron las semillas, sino que durante tres meses los cuidó y regó, con turnos de agua que son a cada 15 días, porque la lluvia no alcanza para producir nada. A veces, lo que llega por los canales no es suficiente entonces se precisa usar una bomba para extraer del subsuelo, pero cada vez que arranca cuesta miles de pesos. A pesar del esfuerzo e inversión, por ahí también va a pasar el tractor.
Lo que Iñol cosecha va a parar a las dos ferias de abasto que hay en San Juan: una está en Capital y la otra en Rawson. La primera es la más antigua, a 15 cuadras del microcentro y ahí van verduleros cercanos, gastronómicos y consumidores finales.
El puesto Gómez es uno de los que apunta a los tres tipos de compradores: tiene cajones y bolsones para quienes van a revender y también muestra los productos ordenados en mesones para los compradores. “Es muy importante que se vean todas las verduras lindas e iguales, eso llama a los clientes”, explicó Andrés Gómez, uno de los encargados.
Aunque intentan siempre que los clientes no toquen los productos, una mujer se acercó, levantó uno de los choclos que tenía cerca, negó con la cabeza y lo dejó. Rápido, uno de los vendedores señaló los que estaban atrás, con las chalas verdes y frescas. “Esos están lindos”, le indicó.
Las palabras mágicas hicieron efecto, la clienta preguntó el precio (el doble que los de hojas secas) y pidió cuatro. Por dentro estaban iguales, algunos granos más deshidratados. “Son los mismos, pero estos de adelante llevan cuatro días y se ponen así”, explicó poco después.
Créditos: Argentina
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Poco después, el choclo descartado terminó en la tarta y una vez que recuperó la humedad, tenía el mismo sabor que cualquiera. Al brócoli descolorido le había pasado lo mismo, aunque estuvo en la cámara de frío, un par de días y se había madurado de más.
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En ese puesto, la mayoría de los productos están frescos pero como tienen clientes gastronómicos pueden vender más baratos los que ya no se ven tan nuevos. “Se termina tirando entre un 5% y un 10%”, detalló Gómez y agregó que dependerá del tipo de producto. Las hojas verdes en el día pierden su buena imagen y las regalan, las tiran o las reparten entre ellos. “Lo único que hace falta con una lechuga pachanga es ponerla un rato en agua y vuelve a estar fresca, pero los compradores las dejan”, lamentó.
Algunos productos tienen una doble oportunidad con los gastronómicos. Las cebollas elegidas por los consumidores finales o verdulerías son las más redondas, las que tienen la piel externa (que después se tira) más lisa y completa. En los cajones que están a la vista las ponen todas, pero las que van quedando (porque nadie las elige) van para quienes preparan comida para vender. “Las ofrecemos más baratas y se las llevan, así se pierde mucho menos”, contó.
Lorena Araya es una de esas gastronómicas que llegan a salvar parte de los productos que nadie quiere. Algunos igual deben pasar los filtros estéticos, sobre todo las verduras y frutas que se sirven enteras. “Busco homogeneidad, para que todos los clientes tengan algo similar”, explicó. Aun así, para ella, lo más importante es el conjunto de características organolépticas. También que el producto sea de calidad y en lo posible local.
El caso de Araya no es el habitual: ella tiene un restaurante donde se desperdicia menos del 5% de lo que compran. “Cocinamos todo, las cáscaras de papa o cebolla se usan para los caldos, los tallos de la remolacha, para pickles y las hojas para ensalada. Lo que no se puede usar, lo compostamos”, relató. El objetivo de su cocina es el aprovechamiento y ser responsables con el uso de los productos. Por eso, para ella, no es un tema ajeno la cantidad de alimentos que quedan en el camino. “Es una cuestión cultural, donde la gente busca lo estético antes que el sabor. Hace falta educar al consumidor también”, aseguró.
El valor agregado también es importante, agrega mientras mira unas granadas y marca que “no son todas iguales, pero son buenas”. Son justamente frutas cosechadas en San Juan, lo que le ayuda a confirmar su punto. “Si dijeran en algún lugar que es un producto local, la gente lo elige más. Es como con el tomate, que puede ser menos formadito, pero si es sanjuanino todo el mundo lo quiere”, agregó.
Créditos: Economía sustentable
Para la empresaria gastronómica, esas mejoras ayudarían a que el consumo sea más responsable, que el desperdicio sea menor. Esa idea difiere de la única medida que existe a nivel nacional y local para reducir el desperdicio de alimentos. En 2018 se reglamentó la Ley 27.454 con el Plan Nacional de Reducción de Pérdidas y Desperdicio de Alimentos. La misma tiene varias herramientas, pero la que buscan poner en práctica en San Juan es la creación de un registro de instituciones y ONG’s que tienen ollas populares y merenderos a los que se les puede acercar estos productos.
Ni el encargado del puesto Gómez, ni el productor están al tanto de esta normativa. Tampoco están seguros de cómo podrían aprovecharla. “Acá, a veces, viene gente y nos preguntan si tenemos algo y si me queda se los doy”, contó el chacarero. Llevarlos a los comedores le parece algo imposible. “No tengo tiempo, imagínese que cuando me vienen a comprar una planta yo les digo un precio más caro, porque no puedo estar vendiendo y atendiendo la finca”, explicó.
Por su parte, Gómez, a los restos los ofrece a quienes pasan todos los mediodías buscando qué quedó por su puesto, una práctica común en la feria. Llevarlo a comedores, en cambio, implicaría frenar la camioneta que tienen para hacer delivery. “La estamos por vender por lo mucho que gasta, tal vez podría una vez cada tanto, pero solo por hacer una buena acción”, explicó.
Quienes podrían aprovechar esa buena acción son las instituciones solidarias, que ofrecen alimento a familias vulnerables y quienes pueden inscribirse en el registro que propone la ley. María Pereyra es encargada de un merendero del límite entre Capital y Chimbas. Está a unas seis cuadras de la feria y de ahí alimenta a unos 70 chicos todos los días. Trabaja con seis voluntarios que se acercan cuando pueden para facilitar el trabajo de la mujer. Ella tiene 76 años y se encarga todos los días de servir el yogur que le entregan desde el Gobierno provincial para que los chicos tengan una comida asegurada.
A veces también hace té o café con leche, pero esto lo paga de su bolsillo. “Es que en invierno hace mucho frío y prefiero que tengan algo caliente”, explicó. Para poder cubrir ese gasto extra, la mujer amasa y vende en las ferias de artesanos que hay en plazas los fines de semanas. Hace pan, budines y semitas -esa versión sanjuanina de una tortita hecha con grasa y chicharrones-, que ella cocina en horno de barro en su casa. Por fin de semana logra recaudar unos $300.000, pero de eso le quedan $100.000 o un poco más, que vuelca en el merendero por completo, porque ella se arregla con su jubilación mínima.
De esas ganancias, explicó, no puede destinar casi nada a ir todos los días a la feria o encontrarse con productores que le den verduras, por eso un almuerzo o cena caliente no son una opción. “Hoy solo quedan merenderos por ese motivo, porque antes estaba el carnicero te traía algo o algún verdulero; pero hoy a ellos no les alcanza y a mí menos. Tendría que pagar un remís para buscarlo”, resumió.
La casa donde funciona el merendero de María está a cuadras de la Feria de Capital y a 3 kilómetros de la finca de Cristian Iñol, ubicada en Santa Lucía. Los tres actores de la historia no se conocen entre sí y, a pesar de que el comerciante y el productor donan lo que pueden, ir día a día a distribuir los alimentos les parece imposible.
Para María, esas verduras que quedan en el camino serían de gran ayuda, sin importar cómo se vean. “Acá la gente no tiene pretensiones, si me traen esas cosas le aviso a las mamás y en unos minutos están acá y se las puedo repartir”, contó. El problema es el viaje, corto o largo, que ninguno parece poder hacer para rescatar esos alimentos que día a día van a la basura.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.