ENTREVISTAS
Facundo Pérez Ernst: “Ser peronista hoy es un acto revolucionario”
Es conocido como “Mini Néstor” -por su parecido con el expresidente Kirchner y por sus militancia-, y referente de la campaña Juventud Candidata para que los jóvenes bonaerenses puedan ser electos como intendentes y concejales.
En una charla tan frontal como apasionada, el joven oriundo de Esteban Echverría no gambetea ninguna pregunta. Con la sinceridad de quien milita en el barro y la cabeza de quien también se mueve en redes sociales, Facundo Pérez Ernst pone sobre la mesa las cuentas pendientes de la política con los jóvenes, las internas del peronismo y la necesidad urgente de discutir ideas en serio, más allá del algoritmo.
Entre broncas, convicciones y ganas de cambiar las cosas, su mirada refleja a una generación que no pide permiso para hacerse escuchar.
—¿Sentís que la política tradicional les dio lugar a los jóvenes en los espacios de poder?
—En el 2013 se hicieron un montón de leyes pensando en ampliar los derechos para los pibes: Ley de Centros de Estudiantes, Ley de Voto Joven… un montón de leyes que venían a escuchar las demandas de los jóvenes. Entonces, cuando había que reformar la Constitución para bajar la edad de 25 a 21, se aprobó la reforma en Diputados de la provincia, se aprobó en el Senado con dos tercios… la reforma ya estaba casi completa. Solo faltaba lo que exige la Constitución: un segundo paso —a diferencia de la nacional—, que es hacer un plebiscito en la provincia de Buenos Aires para que la población vote si está a favor o en contra.
—¿Y qué pasó con ese plebiscito?
—Ese plebiscito lo tenía que convocar Daniel Scioli en 2013, pero nunca se llevó adelante. Está promulgada la reforma, y no hay ningún acto administrativo que diga por qué no se hizo ese plebiscito. Literalmente, no existió. Para el derecho, el plebiscito sí existió, pero en la realidad no. Entonces, la reforma no está aprobada en los términos del artículo 206 de la Constitución Provincial.
Lo que planteaba ahí era: cuando hay que darle el voto a los pibes para que elijan al poder de turno, estamos; pero cuando hay que darles un lugar en una banca, que posiblemente le molesta al poder tener que dejar un lugar para que entre un pibe de 21, no.
O sea, siempre les damos todo por la mitad. Les dimos el derecho a elegir, pero no el derecho a ser elegidos, que en materia de derechos políticos son dos caras de una misma moneda.
—Puedo imaginar que algo hiciste con respecto a eso.
—¡Claro! Durante la campaña yo planteaba que, si no les dábamos a los pibes un lugar de verdad, se iban a ir con la derecha o iban a tratar de llegar al poder por algún otro lado.
Entonces, con mis compañeros de militancia fuimos a hablar a la Gobernación a pedir. Decir… “che, esto está aprobado. Hay que hacerlo. Solamente falta un decreto, una firma. No es necesaria una ley”. Yo fui con todo lo legal, ¡imaginate!
Y la respuesta que nos dieron desde la Gobernación fue: “Pónganlo ustedes en agenda, porque no podemos ponerlo en agenda nosotros”. ¡Son del Gobierno de la provincia! Si no pueden ponerlo en agenda ustedes, no sé quién carajo va a poder hacerlo.
—Entonces, ¿podemos decir que los jóvenes quedaron fuera de los marcos institucionales?
—Sí, claro. Fijate que ningún gobierno llevó adelante esa reforma: ni Scioli, ni (María Eugenia) Vidal, y la respuesta de Axel Kicillof fue “ocúpense ustedes de ponerlo en agenda”. Y mirá, yo soy kirchnerista, pero no tengo ningún problema en decir que incluso el propio kirchnerismo hace años se quedó a mitad de camino.
La verdad es que a los jóvenes siempre se les exige mucho más, y cuando hay que abrirles un poco más el camino, ahí no quieren. Que salgan a boletear, que llenen una plaza, pero no mucho más. Cuando en realidad debería existir algún mecanismo institucional por el cual yo pueda hacer mi demanda y que la política la escuche, sin necesidad de una campaña, de una plaza llena… como vengo contando. Pero no.
—Y en ese contexto de frustración, ¿vos ya veías venir que esa energía contenida podía terminar canalizándose por otro lado?
—Sí, totalmente. Yo decía: “Si esto no cambia, la revolución la van a terminar haciendo los pibes, pero desde la derecha”. Y eso es lo peor que puede pasar, porque la revolución arrastra, moviliza. Cuando vos proponés una revolución, los pibes te siguen.
Y eso fue lo que hizo (Javier) Milei. Habló de la casta, de los privilegios, y tenía razón en muchas cosas. En una realidad donde el pibe siente que todo está en contra suyo porque lo psicológico ya viene así, pero además la realidad también lo empuja, claro que va a engancharse con alguien que quiere romper todo.
Querés alquilar, no podés. Querés estudiar, tampoco. Comprar una casa, ni en pedo. Laburar en blanco, menos. Entonces, si viene un tipo que dice “voy a tirar todo a la mierda”, los pibes lo van a seguir.
Y el problema fue de la dirigencia. El peronismo no puede quedarse quieto. Tiene que seguir ganando, pero no por ambición sino porque la realidad cambia todo el tiempo. Y la revolución es justamente eso: adaptarse.

—¿Sentís que, a partir de la llegada de Milei, muchos jóvenes comenzaron a involucrarse más en la política porque este fenómeno les generó miedo o preocupación?
—Sí, creo que pasó algo así. Cuando Milei apareció, muchos lo vieron como un outsider, alguien que podía hacer las cosas diferente. Pero él eligió convertirse en parte de la casta política y eso desilusionó a muchos jóvenes que lo habían votado por ser antisistema. Al final se encontraron con un político más, y eso generó una gran decepción.
Vi cómo algunos se dieron cuenta de que, si él hacía todo lo que decía, iba a ser un desastre; que, aunque se vendía como una revolución, no estaba tan claro que fuera a cumplir con lo que prometía.
Entonces, sí. Capaz no se metieron de lleno a militar, pero sí se empezaron a hacer preguntas, a debatir, a leer, a revisar por qué votaban lo que votaban. En algún punto, Milei los sacudió, y ese sacudón también los politizó.
—¿Qué está pasando dentro de la interna del peronismo hoy?
—Mirá, yo veo mucho ego y muchos cagones.
—¿Axel entra en esa?
—No era a él a quien me refería, pero sí… también es medio cagón Axel. Igual, más que nada, hablo del grupo que lo rodea, que no se anima a dar las discusiones de fondo y lo arrastra a una interna estúpida.
—¿En qué sentido?
—En que se ponen a discutir si la elección es concurrente o desdoblada, ¿a quién carajo le importa eso? A la gente le preocupa llegar a fin de mes, no cuántos días va a tener que ir a votar. Lo que realmente molesta es ver al gobernador y a una ex presidenta discutiendo pelotudeces mientras la gente la está pasando como el orto.
Yo entiendo que si las elecciones son concurrentes, hay más chances de meter diputados que le pongan un freno a Milei. Pero en vez de dar esa discusión en serio, se enroscan en una pulseada de egos para ver quién conduce. Y ahí es donde digo: son cagones. Porque si fueran valientes, estarían discutiendo un proyecto de país, una postura económica distinta, no estas pavadas. Como en las peleas de pareja, ¿viste? Se discute una cosa, pero el verdadero quilombo es otro.
—Con respecto al desdoblamiento, tengo entendido que eso no le gustó a Cristina Fernández de Kirchner. ¿Por qué creés que no le gustó?
—No, obvio que no. Igual ella accedió porque creer en un proyecto nacional también es respetar a la provincia. Si vos, por tu proyecto nacional, desconocés al Gobernador entonces no tenés proyecto nacional, porque el Gobernador te manda a la mierda.
También es una discusión donde todos deberíamos tener un criterio común a nivel nacional, pero al mismo tiempo hay que respetar lo que define cada provincia. Y eso fue lo que ella expresó en un tuit cuando pasó todo esto. Igual, creo que lo que está de fondo es una discusión más profunda: son dos formas distintas de ver al peronismo que hoy están conviviendo.
—¿Cuáles son esos dos peronismos?
—El provincialista y el nacional, si se quiere. Pero la verdad es que hay un solo peronismo, que es el que plantea Cristina: el de tener un proyecto nacional y de futuro.
—¿Qué significa ser un joven peronista hoy, en 2025?
—Ser peronista de verdad, el que se la juega. El que realmente entiende que puede hacer algo por el país tenga un cargo o no. Porque muchos esperan a llegar al carguito para empezar a hacer, y la verdad es que hay un millón de cosas para hacer antes que son necesarias y se pueden hacer sin tener ningún cargo.
Entonces hablo de los que están en las básicas, en los comedores, los que militan desde las redes, los que ponen el cuerpo los fines de semana. Para mí, eso son los peronistas de verdad.
Y, justamente ahora, ser peronista es muy difícil. Porque la condena a Cristina fue una forma de disciplinar a toda una generación… El Gobierno de Alberto Fernández fue muy tibio porque muchos tenían miedo de firmar algo, de tomar decisiones, sabiendo que les podía pasar lo mismo que a ella.
Pensando que en 2025 ella, que transformó este país, está presa; para mí, en ese contexto, ser peronista es un acto revolucionario.
—Hablando un poco de las redes sociales, ¿te considerás un influencer político?
—A mí la palabra “influencer” me da gracia. Nosotros armamos el “Sindicato de Influencers”, pero fue medio en chiste. Nos reímos de la idea de un sindicato con tres sindicalistas influencers, y lo hicimos a propósito para hacernos virales. Y funcionó. Un noticiero de Paraguay se cagó de risa de nosotros. ¡Nos vino bárbaro!
—¿Qué beneficios o perjuicios creés que trajeron las redes sociales a nivel político, social y cultural? O sea, ¿sirvieron para algo bueno o más bien trajeron problemas?
—Para mí, las redes sociales democratizaron un montón. En algún punto, hoy cualquiera puede opinar lo que quiera y hasta llegar a un político, ¿no? Mandar un mensaje a un político antes era toda una odisea. Tenías que escribir la cartita, dársela, rogar que no se le caiga del bolsillo, que no la tire por la ventana del auto. Hoy, le podés escribir por Instagram. Que puede ser que no lo vea, que lo lea y lo ignore, que lo agarre su equipo de prensa y se pierda en la nebulosa de los mensajes, también puede pasar. Pero el camino es muchísimo más corto. Eso me parece un beneficio.
Ahora, también pasa que te permite discutir con gente anónima, que no sabés quién es. Gente que se llama “Pertuti” y tiene en la foto de perfil una mezcla entre Milei y un león. Esa persona, desde el anonimato, puede cometer delitos, por ejemplo, amenazar de muerte y no la podés denunciar, porque no sabés quién es.
Hoy conseguir la identidad de una cuenta anónima es dificilísimo. Lleva un montón de tiempo, hay que hacer un proceso larguísimo. Entonces, ahí aparece el lado negativo.
—¿Qué se podría hacer para vos?
—Yo soy de los que piensan que debería existir una red social con DNI. O sea, que cada cuenta tenga un DNI asociado. Así, cuando vos querés denunciar a alguien, la plataforma te diga: “Mirá, el que te amenazó fue Facundo Pérez Ernst”. Esto tiene que existir, porque si no, hay un montón de delitos que quedan sin denunciar, justamente porque se hacen desde el anonimato.
Quizás estas son las dos caras de una misma moneda. Porque esa democratización también permite que aparezcan actores nuevos, anónimos, voces que antes no se escuchaban. Pero cuando lo usás para injuriar o cometer delitos, no está bueno. Y más en la discusión política.
Hoy se inventa cualquier cosa sobre cualquiera. Se denuncian barbaridades para tener más likes. Porque también pasa eso: no importa la verdad, importa lo viral.
—¿Sufriste alguna vez un ataque feo por redes?
—Sí, cuando fuimos a Venezuela a un festival empezaron a bardearnos fuerte por redes. Recibí amenazas de muerte, publicaron la dirección de mi casa… Decían que mis viejos eran ñoquis, cuando en realidad mi viejo es bancario y mi vieja docente. No tiene lógica. Pero la idea era demonizarnos, mostraban nuestras caras y decían: “Si los ven en la calle, caguenlos a trompadas”.
Te imaginarás que, cuando volví, no quería ni salir. Me fui unos días a la costa y salía con gorra para que no me reconocieran. Igual, por suerte, no pasó a mayores. Hoy lo miro a la distancia y me río. De mí pueden decir lo que quieran, estoy muy tranquilo.
—¿Qué tendría que pasar para que el debate político salga del algoritmo y vuelva a las calles?
—Para mí, no es una cosa o la otra. Son las dos juntas. Cuando se plantea esa pelea de “esto o lo otro”, yo pienso, por ejemplo, que si Cristina quiere dar su postura tuiteando o en un acto en Plaza de Mayo, está perfecto. Y si encima funciona, o sea, si los medios lo levantan y todos lo leen, buenísimo.
Obvio que yo prefiero el acto, la plaza colmada. Pero lo que pasa es que hoy todo pasa tan rápido que, si convocás un acto para dentro de una semana, eso que ibas a decir ya quedó viejo. Entonces, si Cristina, en este contexto donde todo va tan rápido, quiere dar su opinión en redes, también me parece bien. Además, la misma lógica del mundo te lleva a dar la discusión ya. Y esa inmediatez, te la dan las redes.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
Además en ETER DIGITAL:
Paola Rondán: “La política es mi pasión pero soy militante de toda la vida
Daniel Enz: “Hay una corrupción estructural e histórica en la política”


