Nada Personal: los viajes del presidente Javier Milei al exterior
Mientras predica su plan motosierra y la necesidad de sacrificarse para que la economía del país mejore, el mandatario lleva más de siete viajes millonarios al exterior, la mayoría personales.
Mientras predica su plan motosierra y la necesidad de sacrificarse para que la economía del país mejore, el mandatario lleva más de siete viajes millonarios al exterior, la mayoría personales.
El presidente Javier Milei realizó un nuevo viaje: fue a Brasil para participar de la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) que se realizó entre el 6 y 7 de julio en Camboriú. Nuevamente el motivo de su viaje fue personal y no correspondió a una visita oficial. No fue a reunirse con el presidente Lula Da Silva sino todo lo contrario: mantuvo un encuentro con el expresidente y ultraderechista, Jair Bolsonaro, con quien miró un partido de la Copa América.
Desde que asumió la presidencia de la Nación, el libertario viajó siete veces al exterior en un período de seis meses. Según un pedido de acceso a la información pública solicitado por el sitio web Chequeado el primer viaje que realizó fue en enero para asistir al Foro Económico de Davos en Suiza con una comitiva de trece personas. El viaje costó $36.613.991,81.
El segundo fue durante el mes de febrero e incluyó como destino a Israel e Italia, donde se reunió con los primeros ministros Benjamín Netanyahu y Giorgia Meloni, además de los presidentes de cada país. También incluyó una visita oficial al Vaticano donde visitó al Papa Francisco. El costo total fue de $107.776.370,81 y también estuvo acompañado de una comitiva de trece personas.
El tercer viaje fue el primero de cuatro a Estados Unidos. En febrero junto a una comitiva de 12 personas, Milei viajó a Washington D.C. para disertar en la Conferencia Política de Acción Conservadora (CPAC) y de paso reunirse con uno de sus referentes derechistas: el expresidente Donald Trump. Este paseo tuvo un valor de $24.460.677,53 y no fue “una visita oficial” a diferencia de las anteriores.
En abril volvió a viajar al país del norte, primero a Miami para recibir el premio “Embajadores internacionales de la luz” otorgado por la organización judía Jabad Lubavitch, junto a su hermana y secretaria general de la Presidencia, Karina Milei. Luego, en Texas, visitó al dueño de X y Tesla, Elon Musk. Hasta el momento no se sabe el costo de este viaje ya que tampoco cuenta como “protocolo” sino como un viaje personal del presidente.
En mayo, a menos de un mes de haber vuelto de viaje, Milei volvió a visitar Estados Unidos, esta vez fue a Los Ángeles donde volvió a reunirse con Musk y disertó ante empresarios en la conferencia global de inversores del Instituto Milken. Ese mismo mes también visitó España para presentar su libro “Capitalismo, socialismo y la trampa neoclásica”, además de participar de un acto del partido de ultraderecha Vox.
Cabe destacar que en este viaje el presidente desató tensiones diplomáticas tras sus dichos contra el presidente Pedro Sanchez y su esposa. Estos últimos viajes no fueron parte de la agenda oficial del Poder Ejecutivo y actualmente tampoco se sabe cuáles fueron los gastos.
Para fines de mayo, el primer mandatario argentino regresó a Estados Unidos, esta vez viajó acompañado del Ministro de Economía de la Nación, Luis Caputo, para reunirse en San Francisco con el CEO de Meta, Mark Zuckerberg, y otros empresarios tecnológicos “para promover un polo de inteligencia artificial en la Argentina”.
Aprovechando la cercanía, partió de EEUU hacia El Salvador para asistir a la asunción presidencial del presidente Nayib Bukele. Hasta el momento los viajes a Suiza, Israel, Italia y el primero a Estados Unidos han sumado casi 169 millones de pesos.
“La regla general -salvo por el viaje a Italia que incluyó la reunión con el Papa o la reunión con Meloni- es que va a los lugares y no se reúne con el presidente del lugar, no se reúne con autoridades que puedan destrabar un crédito, una inversión, algún tipo de acuerdo para la Argentina; sino que participa de este tipo de actos y actividades proselitistas”, sostuvo al respecto el periodista y economista Alejandro Bercovich en el programa que conduce en Radio con Vos.
Y agregó que, en ese entonces, le preguntaron a Nicolás Posse, cuánto llevamos gastados del erario público -recursos financieros de la Administración del Estado- en esta gira “mágica” y respondió “145 millones de pesos”. El conductor de Pasaron Cosas determinó: “Unos 145 mil dólares que saben a poco si uno mira qué viajes y con qué comitivas hizo el Presidente”.
Milei viaja con la nuestra: todo personal y ninguna inversión
El primer mandatario acumuló en sus primeros seis meses de gestión más de 120 mil millas en avión, casi cinco vueltas al mundo. Según compartió Página 12, en la investigación realizada por Matías Ferrari y Jeremías Batagelj del pasado 7 de julio, “se usaron 650 millones de pesos” para todos esos viajes. Por lo que las giras personales fueron mucho más costosas para las arcas públicas que las que tuvieron alguna justificación institucional, según compartieron.
Como se sabe Milei ya tiene próximo destino asegurado, mientras el “plan motosierra” arrasa con miles de puestos laborales, tanto en el sector público como en el sector privado, mientras los servicios esenciales aumentan descabelladamente todos los meses, mientras las pymes cierran por no poder seguir sosteniendo alquileres.
A la medianoche mientras la ciudad duerme, el Mercado Central parece una ciudad paralela: motores encendidos, gritos de personas que se pierden en pasillos interminables, golpeteos de cajones que parecen no silenciarse nunca. En el corazón del Mercado, cientos de changadores sostienen el ritmo nocturno del abastecimiento. Carretean cajones de frutas y verduras entre camiones que no se detienen. Allí se mueven durante horas hombres jóvenes -algunos no tanto- que arrastran sobre sus cuerpos el peso del esfuerzo diario. Sostienen un engranaje esencial, aunque nadie los vea.
Cuando el Mercado Central abre sus portones, a las 2 de la mañana, ya hay changadores trabajando desde mucho antes. Las jornadas pueden extenderse hasta las 11 de la mañana o más allá, entre corridas, subidas de cajones y discusiones sobre precios. En ese mundo frenético conviven dos realidades: los changadores que pertenecen a la cooperativa y los que trabajan por su cuenta en un circuito totalmente informal.
Dos realidades laborales dentro del Mercado
El Tano, vendedor del puesto Almaná —Nave 9, Puesto 36— explica la diferencia mientras controla la descarga de manzanas: “Los de la cooperativa trabajan con autoelevadores Clark y sólo descargan para los puestos. Ellos la tienen un poco mejor: hacen turnos de 18 a 2 de la mañana y cobran unos $40.000 por día”. Son los más “estables” en un escenario donde la estabilidad es más deseo que posibilidad.
Muy distinta es la vida de los otros changadores, los que dependen de arreglos informales y responden a jefes que manejan grupos en las diferentes naves. Martín, un joven de 20 años que trabaja en la Nave 11, cuenta que ellos se organizan alrededor de José, quien coordina a unos 15 changadores. “No se habla mucho de cuánto se les cobra a los compradores porque cada cliente arregla distinto”, aclara. Esa opacidad es parte del sistema,nadie quiere decir exactamente cuánto reciben por cargar cada bulto para no quedar expuesto ante los clientes, ni quedar mal con quien le da trabajo.
Los números detrás del trabajo nocturno
Luis, un comprador que va todas las semanas a abastecer su negocio, aporta otra mirada: “Yo pago $300 por cajón, me hacen precio porque cargo mucho ya que abastezco tres locales. Sé que llegan a cobrarles hasta $500 a algunos clientes que cargan menor cantidad”. Su comentario confirma el margen de informalidad del sector: precios que cambian por volumen, horario, relación previa o simplemente por necesidad.
Martín describe su rutina con una mezcla de resignación y costumbre. En teoría trabajan tres días a la semana: lunes, miércoles y viernes. En la práctica, entran los domingos a la noche, alrededor de las 23 y pueden terminar a las 14 del día siguiente. Jornadas de hasta 15 horas en las que el cuerpo no tiene pausa. Esos días, José les paga unos $70.000; los martes y jueves, cuando solo cargan vacíos, bajan el pago diario a $15.000 o $20.000. Ningún changador recibe aportes, obra social ni cobertura ante accidentes. Todo depende del propio físico y de cuánto pueden aguantar.
Jornadas extenuantes y trabajo precarizado
Franco y Lucas, compañeros de Martín, coinciden en algo: una vez que entran al circuito del Mercado es difícil salir. “Acá o te acostumbrás o te vas. Pero la mayoría se queda porque afuera no hay nada”, comenta Lucas mientras acomoda una pila de cajones que supera su altura. Los días de frío extremo, cuando el viento atraviesa las naves, algunos trabajan con bolsas de residuos a modo de piloto. En verano, el calor es insoportable y muchos terminan deshidratados. El clima, dicen, es uno más de los golpes que carga el cuerpo.
Varios changadores viven en Villa Celina, a 10 minutos caminando del predio. Otros vienen de González Catán, Laferrere o Ciudad Evita. Muchos fuman marihuana durante la jornada para “bajar la velocidad” del estrés y el dolor muscular, según admiten. Algunos son menores de edad, lo que evidencia el nivel de precarización y la falta total de controles laborales.
La informalidad laboral en cifras
Datos del Ministerio de Trabajo y de informes recientes del Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IIEP-EDIL) muestran que la informalidad laboral en Argentina alcanzó el 43,2% en el segundo trimestre de 2025, lo que significa que cuatro de cada 10 trabajadores están por fuera de todo marco de protección legal. Entre los jóvenes de 16 a 24 años, la tasa asciende al 63%. En ese panorama, los changadores del Mercado Central representan uno de los puntos más críticos de esta estadística.
Violencia, tensiones y supervivencia
La violencia es parte del paisaje. Todos llevan un cuchillo o una navaja “para seguridad” porque las peleas entre compañeros no son inusuales. Entre el cansancio, la presión y el dinero en juego, los conflictos aparecen rápido. El sonido metálico de los carros chocando y las discusiones que se elevan por encima de los camiones conforman la banda sonora de la madrugada.
El acceso a la comida también es precario. A veces compran sándwiches a vendedores ambulantes o comidas improvisadas para soportar las horas. “Si no comés algo, te caés. Y acá nadie te levanta”, dice Franco. Lo dice en tono de broma, pero la frase resume la lógica del Mercado: cada uno sobrevive como puede.
Historias personales en un circuito sin salida
No todos siguen el mismo camino. Walter, otro changador, cuenta que estuvo metido en el “bardo”: drogas, peleas, corridas. “Me rescaté gracias a la Iglesia Evangélica”, dice. Ahora, apenas termina de trabajar, se apura para juntarse con su familia e ir a misa. Es una excepción en un ambiente donde el consumo problemático es frecuente, alimentado por la falta de descanso, la inestabilidad económica y la sensación de que no hay futuro posible.
La historia de Pato aporta otra perspectiva. Antes trabajaba como vendedor en un puesto, cinco días a la semana, 12 horas por día por $40.000 diarios. Decidió dejar ese trabajo, que si bien era informal resultaba más estable, para dedicarse a las changas por la diferencia de ingresos y la posibilidad de trabajar menos días. “Me conviene, pero sé que el cuerpo tiene fecha de vencimiento”, admite. Sabe que no tendrá jubilación ni obra social, pero cree que tampoco llegará a viejo en estas condiciones.
El costo físico de un trabajo precarizado
La investigación de especialistas en ergonomía y salud laboral estima que los trabajos de carga intensiva generan lesiones crónicas en la columna, rodillas y hombros, que pueden aparecer incluso antes de los 30 años. Entre los changadores, estas dolencias se naturalizan. “Es parte del laburo”, dicen mientras estiran la espalda o se masajean las manos antes de volver a cargar.
El engranaje humano del abastecimiento
En este universo de movimientos frenéticos, cuerpos desgastados y economías informales, los changadores sostienen cada madrugada el corazón del abastecimiento. Son esenciales pero invisibles.El Mercado Central no podría funcionar sin ellos, aunque sus nombres no figuren en ningún registro oficial ni sus historias tengan dónde escribirse. Entre cajones, esfuerzos y largas jornadas, acarrean más que frutas y verduras, también cargan el peso de una desigualdad que se repite en silencio.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
A las seis de la tarde, Lucas llega a su casa después del trabajo. Deja la mochila junto a la puerta, saluda a sus dos gatos, les repone el agua y la comida que dejó a la mañana. Se saca las zapatillas, enciende la hornalla para calentar el agua del mate y se sienta en el sillón con el celular en la mano.
Antes de prender la tele, sin mucha conciencia, desliza el dedo por la pantalla. Abre Tinder. Lo hace todos los días, a veces mientras come, otras veces antes de dormir. Dice que “ya es parte de su rutina”, como chequear los mails o mirar el clima. Mira fotos de mujeres. Selfies, imágenes en la playa, en bares y de viaje. Desliza hacia la derecha a algunas, hacia la izquierda a muchas más.
Derecha significa aprobadas, que son lindas, que “están buenas”. A la izquierda: no me interesa, “paso”. No se detiene demasiado a pensar: el movimiento es rápido, casi automático. “Me acostumbré a mirar sin mirar”, dice. Después ceba el primer mate, deja el celular al lado y pone una serie. No espera que pase nada.
Conseguir pareja se ha vuelto una travesía para muchos jóvenes de entre 23 y 35 años. En tiempos de hiperconectividad, donde el contacto parece estar a dos toques de pantalla, los vínculos se desdibujan. El deseo, los mandatos de género y el miedo al rechazo atraviesan a toda una generación que busca nuevas formas de encontrarse, sin certezas sobre qué significa hoy estar en pareja.
Entre los hombres jóvenes, usar apps de citas se volvió parte de la rutina: una práctica casi automática, frecuente y extendida. Aunque pocas veces reconocida como tal. En 2023, solo en Argentina el número de descargas de la aplicación de citas en Tinder superó las 101.000 siendo en su mayoría usuarios hombres (83,6%).
Sin embargo, esa hiperconectividad convive con un fenómeno que parece opuesto: los vínculos no avanzan. Las mujeres lo describen con frases que se repiten. “Hablamos durante días pero nunca nos vimos”, “Cuando activé para vernos dejó de responderme”, “Todo el tiempo está en línea pero no propone nada”, “Prefieren lo virtual, les basta con una charla que ni está tan buena”.
En ese entramado también pesan los mandatos de género que, de maneras distintas, condicionan cómo se acercan hombres y mujeres al vínculo. Entonces, si antes avanzar dependía de los varones, ¿cómo es la masculinidad hoy? Mariana Palumbo, socióloga argentina, explica que básicamente es “no ser femenino”.
Para muchos varones, mostrarse vulnerables, tomar la iniciativa afectiva o exponerse al rechazo implica romper con la masculinidad tradicional que aprendieron. Del otro lado, las mujeres llegan con una carga distinta. “Nos enseñaron a tener que ser”, menciona Florencia Romano, una de las mujeres entrevistadas para esta investigación.
La mujer tiene que ser amorosa, cuidadora, empática y destacarse en su trabajo. Al respecto, Palumbo agrega: “La mujer masculinizada existe y eso también cambia los modos de relacionarse. Masculinizada en el sentido de que van al frente, no piden permiso, ocupan espacios de poder y piden lo que quieren”. Esto choca con un otro que muchas veces se repliega, se muestra ambivalente o no responde a estas mujeres que son “todo”. Y, en esa asimetría, el encuentro se vuelve cada vez más difícil.
Créditos: Infobae
Florencia prende el celular cuando sale de la ducha. Tiene cinco notificaciones nuevas de Instagram. Un like a una foto vieja, dos reacciones a historias y un comentario sobre el tatuaje que se ve en una foto de espaldas. No conoce a ese usuario, pero tampoco la sorprende. “Están ahí, todo el tiempo. Te aparecen, te miran, te siguen, te mandan un emoji”, dice. Ya aprendió que eso no significa nada.
Que puede haber una seguidilla de reacciones sin que haya una sola conversación. Que puede haber un chat, incluso fluido, y que nunca llegue el encuentro. “Y cuando sos vos la que decide hablar, la que propone una cita, se van. Desaparecen. Pero siguen ahí. Siguen viendo tus historias. Como si solo les alcanzara con eso”, amplía.
En 2023, el 28% de los usuarios argentinos de servicios de citas en línea tenían entre 25 y 34 años de edad, siendo el rango etario que más usa las aplicaciones, seguido por los usuarios de entre 35 y 44 años.
Florencia tiene 30 años y se considera “feminista”. Es docente, le gusta la política y la literatura. Usa apps de citas desde hace años, pero dice que cada vez le gustan menos. “Es como estar en un catálogo, todos mostrando lo mejor que tienen. Me resulta muy superficial, me da incomodidad”, cuenta.
De decenas de matches, solo conoció en persona a dos. En general, los chats no prosperan. A veces, ni siquiera arrancan bien. Al respecto, comparte: “Me escriben cosas como: ‘¡Qué feo ser de Boca!’ o ‘¡cambiá esa camiseta!’. Como si fuera un jueguito de pelear, un intento de hacerse los graciosos”.
No es la única que lo vive así. Lo charló con amigas y a todas les pasa algo similar. “Siento que los hombres ya ni usan palabras. Dan likes, reaccionan y esperan que una adivine qué quieren. O directamente esperan que una arranque la charla”, describe. Ella lo hace, toma la iniciativa pero cuando lo hace con claridad, cuando invita a salir a algún chico, suele encontrarse con la ambigüedad. El famoso “dale, sí, me copa”, seguido del silencio; o del famoso “che, me colgué, ¿la semana que viene podes?”. La otra semana llega. Y no hay mensaje.
La experiencia de Florencia se enmarca en una transformación más amplia: eldeseo, ese motor de búsqueda, aparece desdibujado. Mauricio Strugo, psicólogo y sexólogo especializado en relaciones afectivas, dice que muchos varones jóvenes hoy están desconectados del deseo. “La sexualidad se volvió un trámite. Muchos prefieren el mundo virtual, donde no hay esfuerzo, no hay rechazo, no hay exposición. Hoy pueden poner un video, cumplir la fantasía y ya está”, explica y sigue: “Pero esa libido que se descarga ahí, no se transforma en acción. No hay acumulación de deseo que empuje al encuentro”.
Strugo insiste en que eso repercute en todos los niveles del vínculo: “La sexualidad implica esfuerzo. Implica buscar, exponerse, animarse a la frustración”. Entonces, por miedo e incomodidad no hacen nada. Florencia se ríe cuando escucha esto. Sin embargo, piensa: “Sí, es eso… Yo invito, pero se van. No entiendo el motivo, si es que no saben qué hacer. Pero en esa espera, algo pasa. Queda todo el tiempo una pregunta dando vueltas: ¿de verdad querrá conocerme o alcanza con mirar?”.
Agustina Troncoso tampoco tiene miedo a proponer. A sus 23 años, cuando algo le interesa, lo dice. Si la conversación por chat se estira demasiado sin definiciones, ella activa. “¿Nos vemos?”, se anima. No lo hace una vez. Lo hace cada vez que cree que hay onda. La respuesta suele ser positiva: “Dale, de una”, “el jueves estoy libre”, “me re copa”. Pero a medida que se acerca el día para verse, algo cambia. Los mensajes se espacian, las respuestas llegan tarde o ni llegan. Y cuando llega el día, no aparece nadie. A veces contestan al día siguiente con una excusa, con una justificación. Pero la sensación se repite: los chats entusiasman y los cuerpos no se encuentran.
Agustina dice que no le interesan las charlas que surgen de apps de citas. “No me gusta mucho hablar por ahí. Me aburro rápido, siempre es lo mismo: ¿de qué laburas?, ¿De qué zona sos?, ¿Qué estudias?. Yo prefiero pasar rápido a lo presencial, ver si hay onda de verdad; porque por chat todo parece igual. Medio muerto, sin gracia”, comparte y lo dice sin enojarse, pero con un dejo de resignación. No le molesta que el otro no quiera verla. Lo que le molesta es la falta de claridad: “Si no te intereso, decímelo. Pero no me digas que sí, para después colgarme”.
Las aplicaciones de citas, que intentan facilitar que las personas se conozcan, también parecen haber perdido su encanto inicial. Las descargas anuales de Tinder bajaron más de un tercio desde su momento de mayor éxito en 2014. Otra aplicación popular, Bumble, afirma que sus usuarios están interesados en las citas sin presión. Según la agencia de encuestas Savanta, más del 90% de la generación Z -personas nacidas entre 1997 y 2012- se sienten frustradas con esta clase de aplicaciones.
El caso de Agustina revela otro aspecto del escenario actual: la dificultad para sostener el deseo cuando hay que traducirlo en un hecho. En una cita concreta, en un cuerpo real. Sobre esto, Jimena Nieto Bolzan, licenciada en Psicología, habla de una “revolución cultural” que afecta, sobre todo, a las relaciones iniciales. “Todo es más cómodo en lo virtual con las apps de citas”, asegura.
Actualmente se arman vínculos donde no hace falta poner plata, ni esfuerzo y tampoco exponerse emocionalmente. Se arma una conexión sin compromiso que muchas veces se mantiene en la ilusión, pero no en el hecho. Agustina coincide. Siente que los hombres se conforman con la charla y desaparecen justo cuando hay que verse. Pero no desaparecen del todo: siguen viendo las historias de Instagram, siguen presentes. Como si quisieran seguir ahí, pero sin involucrarse.
La paradoja se vuelve cada vez más común: vínculos que parecen avanzar, pero se disuelven al momento del encuentro. Una virtualidad que habilita el contacto pero posterga el deseo. “Es como si se olvidaran de que del otro lado hay una persona”, dice Agustina. “Y que esa persona está esperando algo que nunca llega”.
Créditos: Getty Images
Lucas desliza fotos con el pulgar pero no espera que pase nada. La pantalla se llena de rostros, cuerpos y ubicaciones. Algunos le llaman la atención, otros no. En el fondo, sostiene que lo hace porque ya forma parte de su día. Como prender la tele. Como cebar el primer mate. “No sé si tengo ganas de conocer a alguien. Capaz sí, pero no lo pienso mucho”, admite.
A veces conecta con alguien, intercambian mensajes, hay buena onda. Pero cuando la posibilidad de verse aparece, todo se desdibuja. La cabeza se le llena de preguntas: ¿tengo que buscarla? ¿Tengo que pagar todo? ¿Tengo que parecer seguro aunque no lo esté?
En su adolescencia tuvo la autoestima baja. No da detalles, pero reconoce que eso todavía lo acompaña. Hoy, a los 30, siente que a su generación los educaron con reglas que ya no aplican. Que ser hombre era tener que ofrecer, sostener, llevar adelante. Y que ahora, con mujeres más decididas, esos mandatos se desordenaron. “Si una viene muy de frente, me incomoda. Me pasó. Es como si me sacara del lugar que me enseñaron a ocupar”, comparte.
Entre sus amigos no hay conversaciones íntimas. No hay palabras para hablar del miedo, del deseo, del afecto. “Solo si estás muy en la mierda podés decir algo. Si no, ni se te ocurre”, confiesa. Lo dice sin enojo, pero con cierta resignación. Como si fuera natural que no haya espacio para nombrar lo que pasa. Esto coincide con estudios realizados por la Mental Health Foundation, en los cuales se indica que los hombres tienen más dificultades para expresar sus emociones. El 22% admite mentir sobre cómo se siente, en comparación con el 10 % de mujeres que también lo hace.
Strugo apunta contra ese silencio: “Muchos hombres no saben dónde ubicarse en estos nuevos modos de vincularse, por eso no avanzan. Aunque las nuevas generaciones atravesadas por el feminismo están trabajando mucho en diferenciarse de la masculinidad tradicional del machismo, parte del conflicto es que no tienen las herramientas para construir esta nueva masculinidad”. Entonces aparecen estos nuevos hombres que quieren ser distintos, pero no saben cómo. Y ahí en ese intento de cambiar se vuelven pasivos, ambiguos, evitan el riesgo, y el deseo se diluye.
Lucas no usa esas palabras, pero algo de eso aparece en su relato. Le cuesta reconocer qué quiere; y cuando alguien más lo quiere se corre: “Me ha pasado que una mina se me acerque y yo me quede quieto. No sé si por miedo o porque no supe qué hacer”. La escena se repite entonces: dos personas que podrían encontrarse, pero no lo hacen. Porque no se animan, porque no saben cómo, o porque esperan que el otro actúe e igual así, no pasa nada.
Rodrigo Fernández no se queja. Dice que está bien, que no tiene problemas para relacionarse, que le gusta conocer gente. Tiene 26 años, está soltero y, aunque no le pone nombre a lo que busca, admite que le gustaría estar en pareja. Ya lo intentó una vez con una chica con la que salieron un tiempo, se sintió cómodo, incluso ilusionado. Pero no funcionó. “Yo quería algo más serio, ella no. Estábamos en momentos distintos”, recuerda.
Cuando lo cuenta, lo hace sin enojo. Es que lo que más le dolió fue la desincronía. Esa diferencia de ritmos que no siempre se puede resolver. Aun así, no siente que le cueste vincularse aunque reconoce que hay algo que no logra cambiar: su vergüenza.
La timidez no es el problema en sí, sino lo que implica en una cultura donde al varón se le exige ir al frente, tomar la iniciativa, mostrarse seguro. Palumbo lo explica así: “La masculinidad, tal como se construyó culturalmente, está asociada a la virilidad, prestigio, violencia y poder. Pero muchos varones no se sienten cómodos con ese modelo, sin embargo tampoco encuentran otra referencia clara. No hay un manual de cómo ser hombre sin repetir el machismo, sin que eso implique inseguridad o retraimiento”.
Rodrigo, al igual que Lucas, no habla de estas cosas con sus amigos. No porque no quiera, sino porque “no se da”. En su familia tampoco hubo conversaciones sobre vínculos o afectividad. “Lo fui aprendiendo a medida que me pasaban cosas. Como que me fui armando solo”, expone el primero. Y ese “solo” no suena a victimismo, pero sí a falta de acompañamiento. A una masculinidad aprendida por intuición.
La socióloga señala que el cambio cultural es profundo, pero no inmediato. “Hoy hay mujeres que están muy empoderadas, que ocupan espacios, que toman decisiones, y eso está buenísimo. Pero muchas veces se encuentran con varones que se repliegan. Que no responden, que no se animan a estar a la altura de esos nuevos modelos. No por mala intención, sino porque no saben cómo hacerlo. No tuvieron referentes, no tuvieron educación emocional”, explica.
Rodrigo, por su parte, cree que no rechaza a esas mujeres. Al contrario, le atraen: “Me gusta cuando una sabe lo que quiere. A veces me cuesta seguir el ritmo, pero no me asusta”. Lo dice con sinceridad. Y en su tono hay una calma que contrasta con otros relatos. Como si él, aun con dudas, estuviera un poco más cerca del deseo. Del propio, al menos.
Créditos: Psicología y mente
Luciana tiene 24 y relata la misma situación, dice que muchas veces se siente como “la que insiste”, la que propone, la que arranca la charla, la que tiene que sostener. Lo cuenta con hartazgo: “Me pasa todo el tiempo que hablamos durante días y después no pasa nada. Incluso cuando ellos proponen vernos, a último momento desaparecen. Y cuando soy yo la que invita, dejan de responder”.
Esa ambigüedad, ese quedarse “medio adentro y medio afuera” del vínculo, se repite tanto que ya parece un patrón. Y a veces se vuelve difícil entender qué está pasando. “Porque si alguien te habla todos los días, si se ríe, si te dice que le gustas… vos pensás que tiene interés. Pero cuando querés concretar algo, se esfuma”, agrega.
Ahí entonces aparece la contradicción más difícil: seguir conectados, pero sin encuentro real. Estar disponibles, pero sólo hasta cierto punto. Como si el deseo se exprimiera en el chat y no hiciera falta nada más.
Ariela es la psicóloga de Luciana y cuenta que escucha ese tipo de relatos cada vez con más frecuencia. “Muchos hombres se quedan atrapados en el universo virtual porque no hay esfuerzo, no hay exposición, no hay posibilidad de rechazo”, describe y continúa: “Pero lo que no se dan cuenta es que esa pasividad también genera malestar en las mujeres, que sienten que tienen que tirar del vínculo todo el tiempo. Que no hay reciprocidad real”.
Para la especialista, esa dinámica no es solo interpersonal sino que responde a un cambio de época. Durante décadas, el mandato era que la mujer tenía que esperar. Hoy eso cambió. Las mujeres proponen y avanzan. Pero del otro lado todavía hay muchos varones que no saben cómo responder a eso. Que se sienten desbordados, intimidados o directamente paralizados. Y, en ese desajuste, lo que queda es una especie de vínculo fantasma. Una conversación que no lleva a ningún lado, pero que tampoco se corta.
Así lo siente Luciana. Ella no tiene problema en ser directa, le gusta saber lo que quiere y decirlo. Pero eso, lejos de facilitar los encuentros, muchas veces los complica. “A veces pareciera que cuanto más clara sos, más se corren. Como si no supieran qué hacer con eso”, dice. Y cuando eso pasa una vez y otra, y otra más, algo se rompe. La joven se lamenta: “Te empezás a cuestionar si estás haciendo algo mal. Caigo en la idea horrible del deber ser lamujer que espera, la pasiva, como las de antes. Aunque sepa que yo no soy así. Aunque sé que lo que estoy haciendo es lo que espero del otro”.
En los relatos de Lucas, Rodrigo, Agustina, Florencia y Luciana hay algo en común: el desencuentro. A veces aparece como repliegue, otras como sobreesfuerzo. Por momentos es miedo y por otros es confusión. Pero nunca, para ninguno de los géneros, es indiferencia. Detrás del chat sin respuesta, del match que no se concreta, de la cita que se cae a último momento, hay un deseo que no sabe cómo expresarse. Un vínculo que no se termina de animar. Una búsqueda que se frustra antes de empezar.
Palumbo habla de un “momento de tránsito”: “Vemos una reconfiguración de los guiones sexuales desde el término ‘sociabilidad erótico afectiva’ que implica valentía, compromiso y responsabilidad en el vínculo”. Por tanto, hace hincapié en que el movimiento feminista cambió las pautas de socialización. “Dado el avance del feminismo, las pibas están empoderadas y con más herramientas para ir al frente a la hora de relacionarse. En cambio, los varones, en general, no. Se encuentran ahora frente a una demanda o mujer nueva, pero sin herramientas simbólicas para responder”, comenta.
Esa desigualdad emocional –no estructural, no salarial, sino íntima– impacta en el modo de vincularse. No porque las mujeres pidan demasiado, sino porque muchos hombres aún no saben cómo sostener un vínculo emocional sin sentir que pierden algo: el control, la distancia, la compostura.
Ariela, por su parte, plantea una metáfora que resume bien el panorama: “Es como si todos quisieran conectar con alguien, pero nadie se quiere sacar los auriculares. Nos seguimos hablando desde mundos separados. Desde la comodidad de la pantalla, desde la protección de no mostrarnos del todo”.
Según ella, eso no es necesariamente negativo. Pero sí exige un nuevo aprendizaje: cómo vincularnos sin certezas. Cómo exponernos sin sentir que estamos haciendo algo mal. Y Strugo lo retoma, pero desde otro lugar: “No es que los hombres ya no deseen. Es que el deseo, hoy, está lleno de capas: miedo al rechazo, miedo a incomodar, miedo a no estar a la altura, miedo a parecer lo que no se quiere ser. Y cuando hay tanto miedo, es difícil que el deseo avance”. Por eso insiste, no se trata solo de entender qué quieren los varones o las mujeres. Se trata de entender qué está pasando en el medio, en ese territorio donde ya no sirven las fórmulas viejas, pero todavía no hay reglas nuevas.
Lo que aparece no es un final sino un escenario. Uno en el que las mujeres proponen, pero se cansan. En el que los hombres dudan, pero no siempre se animan a decirlo. En el que las palabras existen, pero muchas veces no circulan. Y en el que la tecnología, que vino a facilitar los encuentros, parece, por momentos, congelarlos.
La pregunta que queda flotando no es si los vínculos están en crisis. Sino si esa crisis no será, también, una oportunidad. Para que el deseo, más silencioso, más torpe, más humano, pueda volver a encontrar una forma. Aunque no sepamos todavía cuál.
“Mirá pá, ahí hay justo uno sin patente”, le dice un chico a su papá al notar lo que parece un ejemplo de lo que todos veían al caminar las calles un día cualquiera. El auto de marca Chevrolet estacionado en la calle Comodoro Pedro Zanni, una de las que rodea a la Casa de Moneda Argentina, no cuenta con su patente correspondiente y es algo que se repite con otros dos autos, de distinta marca, los cuales notó el niño justo antes de entrar a una cafetería.
Encontrar esta característica en los autos ya parece un juego en el que todos participan, como cuando buscan patentes con números capicúa. El desfinanciamiento del edificio estatal encargado de, entre otras cosas, diseñar y fabricar las chapas que se ubican en los vehículos, hace que haya faltantes.
“Las noticias de la falta de patentes las seguimos todas, la aparición de nuestro reclamo en los medios hizo que se entendiera que no es nuestra culpa, nosotros estamos trabajando y queremos seguir haciéndolo”, expresó Carolina (su apellido no será nombrado por motivos de confidencialidad), diseñadora gráfica que trabaja en la Casa de Moneda.
Quizás otra de las características más impactantes del desfinanciamiento que está llevando adelante el Gobierno es el cierre del jardín de infantes anexado a los terrenos. Además, hay un negocio inmobiliario que pretende desplazar el edificio de la institución y reemplazarlo por complejos de departamentos modernos. El edificio estatal cuenta con varios departamentos y en cada uno se realizan diferentes tareas, las cuales venían realizando un total de 1.300 empleados.
“Despidos hubo pocos”, intenta aclarar Carolina, quien se encarga actualmente de fabricar las patentes. Desde que asumió Javier Milei hubo 100 desvinculaciones en su comienzo y, luego al cerrar una de sus plantas, comenzaron a ofrecer retiros voluntarios. También existe el trabajo tercerizado en otros países y esto hace que varios empleados queden sin actividad dentro de la institución y deban reubicarse a puestos para los cuales no están capacitados.
ATE frente a la Casa de Moneda.
La Monedita: lo que dejó el jardín maternal en Retiro
El edificio de la Casa de Moneda ocupa entre dos y tres manzanas rodeadas por rejas negras y cuenta con un terreno continuo donde antes funcionaba un jardín para niños conocido como “La Monedita”. Padres y madres que forman parte de la institución dejaban a sus hijos e hijas en ese lugar previo a ingresar a realizar su labor con la tranquilidad de tenerlos a unos pocos metros de ellos. Funcionó durante 75 años, pero el 20 de diciembre del 2024 dejó de ser así.
El vocero presidencial, Manuel Adorni, ese día apareció en todas las teles del país para dar otra serie de anuncios, como todas las mañanas. Entre ellas, una que cambiaría la realidad de los trabajadores y trabajadoras de la Casa de la Moneda. Con la excusa de que solo habían 65 alumnos, dato que es real, se determinó el cierre del jardín. Pero también agregó que “se gastaba más de un millón de pesos por alumno al mes”, lo cual nunca se demostró.
“Si lo que él dijo es cierto, quiere decir que alguien se estaba llevando un montón de plata, y deberían investigar a ese alguien; no cerrar La Monedita”, menciona Carolina indignada luego de agarrar con ambas manos su café para dar un sorbo.
En la conferencia de prensa había mencionado que, en proporción, había “un empleado cada dos chicos” y que había un servicio médico de “ocho empleados que, hace cuatro años, había solo dos”, y que por estos se gastaba en servicios médicos unos “370.000 dólares por año”. “Imaginen el despilfarro que hasta tenían dinero para administrar dentro de este delirio de jardín”, sentenció y concluyó el vocero: “Poco sentido tiene mantener el servicio de los degenerados fiscales”.
Las familias que tenían a sus hijos yendo a La Monedita entonces debieron rearmar su rutina diaria. El sector de recursos humanos les ofreció a los trabajadores y trabajadoras un monto que no puede cubrir una guardería privada. Las complicaciones no se hicieron esperar, padres y madres debieron empezar a hacer malabares con sus horarios y organizaciones para poder dejar a sus hijos e hijas en algún lugar seguro para luego ir a sus puestos de trabajo.
Los horarios de trabajo en Casa de Moneda son de 6 a 14 horas, y de 14 a 22 horas, y ninguna guardería privada cuenta con esquemas similares. Además, a los chicos y chicas también les afectó el cierre por el hecho de adaptarse a uno nuevo con distintas maestras y nuevos compañeros.
La Monedita funcionaba todo el año, tenían la currícula de un jardín y, en vacaciones de invierno y de verano, contaba con una colonia, es decir, que también la complicación se vería durante los recesos escolares. Las docentes que trabajaban en ese jardín, luego del cierre, quedaron desempleadas.
Créditos: Casa de Moneda Argentina
En La Monedita se admitían infancias de entre 45 días y cinco años, y que garantizaba que los padres y madres tuvieran a sus hijos cerca. Las madres durante su trabajo se acercaban al jardín para amamantar a sus bebés y así podían sostener la lactancia hasta los dos años como cualquier pediatra recomienda.
A su vez, para las trabajadoras era importante poder reinsertarse al mundo laboral luego de su licencia por maternidad de una manera sana tanto para ella como para su hijo o hija. Carolina fue una de las mujeres que pudo tener a sus hijos en La Monedita y hoy lamenta que sus compañeras no puedan tener la misma suerte que tuvo ella, al igual que tampoco lo tendrán los hijos e hijas de ellas.
Los hijos de la diseñadora gráfica hoy siguen juntándose a jugar con los amiguitos que hicieron en La Monedita, esto se debe al fuerte vínculo que mantuvo ella con las compañeras que también pudieron aprovechar este espacio para sus niños o niñas.
La herencia de trabajar en la Casa de Moneda
Gustavo (su apellido también quedará reservado en anonimato) trabaja en el taller de la institución estatal, se dedica a la realización de estampados para pasaportes y tabacaleras junto a otros 19 empleados que trabajan con él. Antes de trabajar allí, hacía impresiones digitales.
Arrancó su camino en este trabajo por su padre, quien se jubiló con 40 años de aportes y le convenció para que iniciara allí asegurando que este trabajo era “lindo y eterno”. Antes, tenía otro oficio pero su padre le insistió para que empezara su camino en la Casa de Moneda y continúe su legado.
Siempre fue igual. Su padre también sufrió con las diferentes políticas y han habido pérdidas de trabajo “pero no como ahora”, asegura Gustavo. En el taller siempre hubo trabajo, pero desde diciembre, después de la última entrega de pasaporte y estampillas de tabacalera, los trabajadores no están haciendo nada. Se quedan en sus puestos esperando a que aparezca alguna tarea para realizar, porque hay una decisión política de tercerizar las labores que hace la institución y por eso no están trabajando. “De repente que ocurra esto te da bronca e impotencia. Es algo que nunca pensé que pudiera pasar. Pero bueno, estamos acá en la lucha”, expresa un tanto resignado.
Hubo un tiempo que fue hermoso en la Casa de Moneda
Corría el año 2011 cuando Carolina solo contaba con el título de Tecnicatura en Diseño Gráfico. Luego de jornadas en las que se dedicaba a imprimir tarjetas para celulares, decide iniciar una búsqueda laboral. Después de pasearse por diferentes páginas, se encuentra con una propuesta que le cambiaría la vida. Sin aclarar el puesto y el lugar, el anuncio solicitaba conocimientos en numeración y en gráfica. “Su solicitud ha sido enviada con éxito” fue el mensaje que apareció en pantalla rápidamente.
Al principio, trabajaría como operaria y, al tiempo de hacer carrera y tras pasar por diferentes sectores, la trasladaron a Jefa de Control de Calidad. En este puesto realizaría, años más tarde, un viaje a China para verificar la calidad de los billetes a imprimir para su circulación en Argentina: “Fue maravilloso haber pasado por esa experiencia. Más allá de que fue trabajo lo disfruté un montón porque crecí profesionalmente y pude llevar adelante esa gran oportunidad, que salió bien por suerte”.
“El terciario es privado, no hay una opción estatal para estudiar un título superior en materia gráfica”, explicó la diseñadora al justificar los motivos por los que debió postergar 10 años su carrera. Por un lado, no tenía los ingresos y por el otro, le faltaba tiempo.
En otras gráficas los horarios de trabajo son de 12 horas mayormente y eso le impedía tener tiempo para cursar y estudiar. Cuando ingresó a la Casa de Moneda pudo empezar el terciario. El primer año lo pagó ella y el segundo año se hizo cargo la institución. Al respecto, emocionada cuenta: “Ese gesto para mí fue muy importante. Siempre voy a estar muy agradecida de que hayan confiado en mí y que me hayan ayudado a desarrollarme en lo profesional”.
En el caso de Gustavo, lo que lo marcó fue la pandemia de COVID-19 en 2020. Nadie podía trabajar, a excepción de los puestos laborales considerados esenciales. Éste fue el caso de los trabajadores de la Casa de Moneda como él que se siente orgulloso de su rol: “Éramos indispensables. El país estaba parado y nosotros trabajamos para que saliera todo adelante”. Al continuar los trámites de documentación y la impresión de billetes, entre otras tantas tareas, requería que los trabajadores continuasen sus labores dentro de la institución.
La lucha por la preservación del edificio de la Casa de Moneda Argentina
A los alrededores del edificio histórico que se ingresa por la Avenida Antártida Argentina en el barrio de Retiro, hay varios edificios modernos que se realizaron en el último tiempo. Los trabajadores de la institución no pueden evitar sospechar que la intención de cerrar un edificio histórico de casi 150 años no es más que un plan que forma parte de un negocio inmobiliario para beneficiar a unos pocos.
El cierre del jardín es una consecuencia de esto, aunque no hayan podido vender esa parte del terreno, porque está anclado al inmenso campo que ocupa el edificio estatal. “Nosotros sentimos que el proyecto inmobiliario se nos viene encima”, manifestó Carolina, agobiada por la situación que tiene a varios compañeros y compañeras con el mismo sentimiento y que, además, son cuarta generación, es decir, su mamá, su abuela y su bisabuela o bisabuelo han venido a trabajar a Casa de Moneda.
Las noticias de la falta de patentes en los autos llegan a oídos de quienes trabajan en la institución y las distintas medidas de reclamo que fueron haciendo en contra del cierre del departamento estatal convocaron a los diferentes medios, sin embargo ninguno fue en ningún momento. Solamente la noticia del abrazo simbólico del 22 de abril tuvo repercusión mediática y, a partir de ese momento, empezó a tener empezó a circular la versión de los trabajadores respecto a la falta de identificación vehicular.
El Presidente apareció al principio de su Gobierno en ciertos medios, a los cuales después concurrirá con frecuencia, con su pelo un tanto alborotado y su forma tan efusiva y determinante para decir una frase que afectaría el futuro de quienes forman parte de la institución: “Se acabó el curro de la Casa de la Moneda”.
Esta frase va a la par del pensamiento que tiene Javier respecto a que la emisión monetaria es contraproducente para que un país funcione y es por eso que, para el mandatario, esta institución debe cerrar sus puertas cuanto antes.
El 18 de noviembre del 2024, día en que se recuerda la Soberanía Nacional, el Gobierno actual decide cerrar la planta ex Ciccone ubicada en Don Torcuato. En ese lugar se fabricaban las patentes para los autos, entre otras cosas, y toda la maquinaria que correspondía a ese lugar se trasladó a la Casa de Moneda.
Un operativo de seguridad llega sin previo aviso a la planta, comienza la desmantelación y el traslado de la maquinaría de una manera inadvertida. El lunes a primera hora, llegan los trabajadores de a sus puestos de trabajo y quienes están en el sector de impresión de billetes se encuentran con las nuevas tareas: fabricar patentes.
ATE en la Casa de Moneda
Los empleados tuvieron que arrancar de cero. Carolina, que se especializa exclusivamente en la impresión de billetes, de un día para el otro, comenzó a trabajar en patentes. “Tuve que volver a empezar, y en tiempo récord”, aclaró. Las patentes debían salir a la calle, tardaron una semana en hacer la mudanza y había que ensamblar y armar todas las máquinas, finalmente, explicarle al personal cómo funcionaban. “Absolutamente improvisado, porque nadie sabía bien cómo hacer ese trabajo, fue todo a prueba y error”, recuerda si bien a los 10 días ya se producían patentes con normalidad.
Actualmente, en la Casa de Moneda se está duplicando y triplicando la cantidad de lo que se producía en la planta de Don Torcuato. “Nosotros estamos realizando las patentes, la incógnita es: ‘¿Por qué no las están entregando?”, plantea Carolina. Quizás tiene que ver con todo el nuevo procedimiento que están haciendo el Ministro de Desregulación del Estado, Federico Sturzenegger, referido a la identidad y legalidad automotriz que cada vez es menos transparente y dudoso.
Gustavo y Carolina son delegados de ATE (Asociación Trabajadores del Estado), y es desde donde reciben el apoyo y el respaldo de la sede de Capital ante cada reclamo. Las ideas de difusión surgen por parte de los trabajadores de la Casa de Moneda, y entre los que ya se realizaron están: el abrazo simbólico, una radio abierta y un proyecto de ley que acompañaron los diputados nacionales Hugo Yasky, Sergio Palazzo y Juan Marino.
En 2010, el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner tomó la importante decisión de expropiar la empresa Ciccone Calcográfica, la cual se encontraba en quiebra y era la que se encargaba de imprimir la moneda argentina además de fabricar las chapas para los autos.
La maquinaria que tenía la empresa y la Casa de Moneda es antigua y tan solo llega a emitir hasta 28 billetes por pliego. Nunca se renovaron y funcionaban a contramano de las del resto del mundo, las cuales llegaban a emitir hasta 50 billetes por pliego. El Gobierno de Alberto Fernández, justo antes de su partida había invertido en una máquina nueva y moderna para la institución, pero nunca llegó a instalarse; y este Gobierno actual tampoco está invirtiendo en eso, por lo que se encuentra en desuso y juntando polvo.
Desde el 2011 hasta ahora se invirtió mucho dinero en ésta institución. Se contabilizaron aproximadamente 15 máquinas que se compraron desde los años que ingresaron Carolina y Gustavo hasta la fecha, y eso forma parte de una gran inversión que realizan los ciudadanos mediante el pago de los impuestos. “Si se cierra la Casa de Moneda, ¿qué va a ser de todo eso?”, se pregunta Carolina.
En 2020 todas esas máquinas antiguas fueron desarmadas, de esta manera, los empleados se quedaron sin maquinaria para emitir billetes. Por lo tanto, el país se vió en la necesidad de imprimir el 100% en el exterior.
En el puesto de Gustavo se encuentran con la expectativa puesta en una nueva orden de pasaportes, con ansias de trabajar y darle valor a la institución porque también decidieron llevarlo a una tercerizada, pero la empresa no está cumpliendo con los requisitos que se necesitan para esta documentación.
“Se los están desaprobando los clientes y nuevamente vienen a pedir a Casa de Moneda”, lamenta Gustavo. Sin embargo, se rompió una pieza electrónica de una de las máquinas y están necesitando que traigan un repuesto desde Alemania. Para la desafortunada suerte de éste y sus compañeros, el Gobierno no está invirtiendo en insumos para la institución y la ansiedad de trabajar se encuentra trabada por una decisión política en contra del valor y la calidad de la Casa de Moneda.
Es un proceso muy a cuentagotas de desabastecimiento y desfinanciamiento. En el taller había 20 empleados y quedaron solamente tres a back up. Es decir que si entra un trabajo, hay un grupo para hacerlo, pero a los demás los esparcieron por otros talleres. “La realidad es que no hay trabajo en ningún lado, salvo en patentes o en escasos lugares”, determina Gustavo.
La comunidad de la Casa de Moneda
Algunos trabajadores compañeros de Carolina y Gustavo comparten que la Casa de Moneda funciona como una comunidad donde hay historias de vida, progreso, solidaridad, compañerismo y familia. Todo esto sale a la luz a raíz de un episodio de lucha contra una decisión por parte de un Gobierno que pretende cerrar la institución.
Si bien existe cierta ignorancia sobre el funcionamiento de la institución, incluso un desconocimiento a su existencia o su rol en la sociedad, su importancia radica en la producción de elementos que hasta resultan cotidianos para la población. Tales como la impresión y el diseño de documentación o la fabricación de estampas para diferentes productos o, como se mencionó anteriormente, la fabricación de patentes para los autos o la impresión de billetes para el Banco Central.
Gustavo observa que la gente habla de la Casa de Moneda solo por su rol en la fabricación de billetes, pero que él trata de defender su rol: “Yo hago tu analitico, tu título universitario. Hay un montón de laburos de los cuales la gente no tiene conocimiento”.
En algunas páginas de compra venta, se ven anuncios de oferta de patentes y otros servicios como los que realizan en la Casa de la Moneda, los precios son altos comparados con la oportunidad de tenerlo a un menor costo o en algunos casos gratis si se realizan en una institución estatal.
Créditos: ATE Capital
Ambos empleados y delegados de ATE, al igual que sus compañeros, comparten la angustia, la preocupación y el enojo; pero más allá de lo que pueda significar para ellos su espacio de trabajo y el cariño que le puedan tener a su puestos, ellos tratan de hacer entender a la gente el significado de esa institución para el país. “Es importante que tengamos la autonomía de imprimir nuestros propios elementos de seguridad, algo que es fundamental”, expresa Carolina y concluye: “Hicimos todos un esfuerzo para que esto tenga algún valor, entonces es darle el valor que tiene”.