En las redes sociales no hay lugar para la infelicidad y recibe más “me gusta” quién se muestra más feliz, más fitness, más estéticamente perfecto. Especialistas en medios y juventud analizan cómo afectan estos contenidos a la autoestima de les adolescentes.
En las redes sociales no hay lugar para la infelicidad y recibe más “me gusta” quién se muestra más feliz, más fitness, más estéticamente perfecto. Especialistas en medios y juventud analizan cómo afectan estos contenidos a la autoestima de les adolescentes.
Martina Cardozo hace tres meses no sube fotos a Instagram. No tiene ganas de producirse y fingir que está linda, cuando en realidad está todo el día en su casa en pijama. Antes subía fotos cada vez que salía con sus amigos y seguía a famosas hegemónicas como las Kardashian: “Hacen promociones de ‘toma esto’, que te ayuda a mantenerte en forma. Cuando están operadas de pies a cabeza. No sabía porqué seguía a esas personas, me daba bronca pensar que estaban mostrando una vida que no es de verdad”. Durante la pandemia, al estar encerrados, aumentó la ansiedad producida por las redes sociales y los adolescentes son los más perjudicados.
La búsqueda del contenido “perfecto” crea inseguridades y decepciones para las personas que están del otro lado. La desesperación por los “likes”, los “views” y el “mejor “feed”, llevan a una locura impensada de buscar por horas el mejor ángulo para fotografiar un bowl de frutas. Según el informe digital 2021 de la empresa “We Are Social”, que se encarga de recolectar datos y estadísticas sobre el uso de las redes en el mundo, en Argentina se invierten por día 3 horas y 11 minutos utilizando los medios sociales. Los adolescentes suelen ser los más perjudicados por estos contenidos. No sólo utilizan en mayor medida estas aplicaciones, sino que al encontrarse en pleno proceso de formación personal, siempre están comparándose con las personas que ven a su alrededor.
Las personas tienen tendencia a ocultar su dolor no sólo en las redes, sino en el día a día. Como explica Miguel Ángel Forte, profesor titular de Sociología General en la UBA: “Lo que hacen las redes sociales es exponernos y estar continuamente obligados a ser felices”. La sociedad se encuentra sobreexigida a la exposición pública. En las redes sociales, no solo se adapta la propia realidad a través de filtros que puedan tener más likes en el feed, además se “vende” el trabajo de cada uno: “Nuestra vida depende mucho de cuanto nos expongamos”.
Agustina Cabaleiro, más conocida como “Online Mami” en las redes, es modelo y activista del Body Positive y ella se siente responsable por lo que muestra. A la hora de crear, piensa en el impacto positivo o negativo que generará en los demás. Es consciente que a veces, los influencers muestran una realidad inexistente de perfección, pero cree que al ser generadores de contenido constantes se sienten vulnerables mostrando todo lo que les pasa: “Es muy fácil levantar el dedito acusador de ‘vos sólo mostras cosas perfectas’. Trato de no hacer eso, de no mostrar siempre cuando estoy bien. La vida de nadie es perfecta, pero la gente juzga mucho. Si van a opinar, prefiero mostrar un momento en el que me vean más fuerte”.
Si bien algunos saben diferenciar cuando estos influencers le están afectando en su autoestima, no todos pueden verlo. Muchos deciden consumir personas que no les gusta lo que generan para alimentar aún más ese odio y enviarlo entre amigos. El problema se crea cuando los consumidores entran en la comparación y “sienten que nunca alcanzarán estas metas e intentan copiar a una persona porque está demostrando que vive de tal manera”, reflexiona el comunicador social, Lucas Orlandella.
En los momentos donde su ansiedad era muy fuerte, a Florencia Larregina (22) entrar al inicio de Instagram y ver que la gente hacía planes todo el tiempo, le arruinaba el día: “Vamos a ir a crossfit, a ir al parque con mis amigos, a hacer un trabajo, después voy a tomar un café a las ocho de la noche. Y yo pensaba que mi plan era mirar el celular y llorar. Es una falsa rutina de la felicidad de ‘¡Estoy a mil y me encanta!´”.
La activista del Body Positive piensa que los “likes” son el “piropo de internet”, es decir, la manera de mostrar la aprobación de los otros, respecto a lo que estamos generando. En su última actualización, Instagram decidió darle la opción a sus usuarios de ocultar la cantidad de “likes”. Según el comunicador social Lucas Orlandella, los “me gustas” afectan mucho en el autoestima de los adolescentes, que están constantemente mirando porque sus amigos tienen más “me gustas”.
El algoritmo cumple un papel primordial determinando qué mostrar en el feed. La balanza se suele inclinar para las personas hegemónicas y con una vida “estéticamente perfecta”. Online Mami cree que se arma un círculo vicioso, donde la gente termina vinculandose con personas con determinado cuerpo y color de piel. Para evitarlo, como consumidores de las redes sociales, se puede tomar una responsabilidad individual mayor a la hora de elegir a quien tener en el círculo de contactos. El solo apretar la opción de seguir a alguien, nos habilita ver todo lo que esa persona quiera mostrar en su red.
La modelo plus size recomienda: curar el contenido, tratar de identificar si nos hace bien o mal y animarse a clavar un buen “unfollow”, o por lo menos silenciar a esa persona. “Capaz te gustan los posteos de alguien o las historias. No sigan a alguien porque les cae mal. Te haces mala sangre gratis y la pasas mal vos”.
Muchas personas vuelven de la verdulería decepcionadas por comprar tomates con sabor a nada o frutas y verduras fuera de estación envasadas en plástico; cuando producir alimentos sanos respetando la biodiversidad de cultivos y a precios justos no solo es posible sino que es una realidad en expansión en el país. La Facultad de Agronomía de la UBA (Fauba) mostró que la superficie destinada a producción orgánica pasó de 5.000 a más de cuatro millones de hectáreas en los últimos 25 años. Y, según el Censo Nacional Agropecuario 2018, existen 2.300 emprendimientos agroecológicos y 408 biodinámicos.
Si bien esto representa el 1% de la producción agropecuaria nacional, la agroecología está creciendo en todo el continente durante las últimas dos décadas, tanto en el ámbito productivo como académico. Con sus diferencias, estas cifras reflejan un cambio de paradigma en la construcción de alternativas para reconvertir el sistema agroalimentario en Argentina. Pese a este avance, la falta de políticas públicas limita el desarrollo.
Gráfico estudio Fauba
El Primer Congreso de Agroecología de los Pueblos realizado en la Universidad Nacional de Luján en junio de 2025 reabrió el debate sobre las dificultades que atraviesa el sector y la competencia desigual con el modelo convencional. El Gobierno de Javier Milei desmanteló la Dirección Nacional de Agroecología; otorgó beneficios impositivos al modelo agroexportador; redujo los aranceles a la importación de agroquímicos como el glifosato y atrazina; y desreguló el uso de drones para fumigaciones, lo que aumenta el riesgo para la salud de las personas y la posibilidad de contaminar producciones alternativas cercanas a través de la tierra y las fuentes de agua.
Empieza el clima primaveral y en el ambiente se respira la mezcla de albahaca, menta y otras hierbas. De fondo las gallinas corren libres por extensos campos verdes. Pablo Sendra integra la Cooperativa de Producción Agroecológica de Marcos Paz (COPA) y es parte de la Corriente Social y Política Marabunta. En colaboración con Mercedes Bielawski se dedican a la horticultura, recolección de hierbas aromáticas y medicinales, crían gallinas fuera de jaulas y, en el último tiempo, incorporaron una incubadora para que nazca su primera camada de pollos. Elaboran, además, conservas; tinturas madres; comercializan huevos y miel; y hasta fabrican sus propios bioinsumos.
Sostener esta forma de producir, comercializar y autoabastecerse requiere un enorme esfuerzo colectivo. “Todos tenemos otros trabajos y, en los últimos meses, por situaciones particulares y la situación económicamente asfixiante varios tuvieron que dejar de trabajar en la cooperativa para dedicarse exclusivamente a otros trabajos en relación de dependencia”, cuenta Pablo.
Izquierda: producción agroecológica / Derecha: producción convencional.
La desigualdad con el sector agroexportador es clara: acceso limitado a tierra, semillas y maquinaria, sumado a un Estado que concentra beneficios en grandes tenedores de hectáreas. La gestión actual vino a profundizar esas desigualdades: el informe sobre el desmantelamiento de políticas agroalimentarias en los primeros meses del Gobierno de Milei, elaborado por el CELS y la Fundación Rosa Luxemburgo, detalla las medidas tomadas en ese sentido:
Eliminación de la Dirección Nacional de Agroecología.
Eliminación de la Coordinación de Agricultura Familiar del SENASA.
Despidos masivos en el Instituto Nacional de Agricultura Familiar, Campesina e Indígena.
Prohibición de investigaciones en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) sobre temas como cambio climático, sustentabilidad, agroecología, género, biodiversidad, huella de carbono; y el programa Prohuerta.
Este panorama agrava los problemas de un sector compuesto por pequeños productores y la agricultura familiar, campesina e indígena. Son los más afectados dentro del mundo agro por el encarecimiento del costo de vida y de los insumos. Por ejemplo, las maquinarias registran un aumento del 41%, los fletes que se utilizan para transportar la mercadería un 40%, a esto se agrega el incremento en la electricidad.
La otra cara de la misma moneda es la imposibilidad de trasladar estas subas al precio final debido a una caída del consumo y la economía del país que entró en una etapa recesiva. Damián Vega, agrónomo agroecólogo y profesor de la Facultad de Agronomía de la UBA, alerta que la eliminación de múltiples políticas públicas vinculadas a la agricultura familiar y la agroecología representan una traba concreta.
“Bajo este gobierno hubo más de 900 despidos de técnicos y técnicas de todo el país que apoyaban a este sector clave. En el INTA se buscan cerrar las áreas vinculadas, se dio de baja el monotributo social agropecuario”, lamenta y sigue: “Esto lleva a que se dificulte acompañar procesos de transición agroecológica y socio organizativos en los territorios rurales que puedan representar un freno a este modelo del agronegocio”.
No obstante, Damián señala una similitud entre las distintas administraciones del Estado nacional: “Durante los últimos gobiernos tuvimos una continuidad sobre el modelo productivo que predomina a nivel nacional. Se sostiene el extractivismo que se basa principalmente en producir para exportar sin atender los problemas sociales y ambientales, lo que golpea la perspectiva de soberanía alimentaria”.
Por otra parte, el Informe Anual de la Soberanía Alimentaria en Argentina de la Red CALISA estima que cerca de 33 millones de hectáreas son tratadas con algún tipo de fertilizante, lo que representa casi la totalidad de los cultivos en el país si bien advierten que es una proyección ante la falta de datos oficiales. De la misma manera, en 2023 el INTA informó que se utilizaron 230 millones de litros de herbicidas y 350 millones de litros de otros productos fitosanitarios.
En Buenos Aires se detectaron plaguicidas en niveles superiores a los permitidos por la Unión Europea; mientras el ministro de Economía, Luis Caputo, eliminó aranceles para importar glifosato y atrazina.
Pablo cuenta la realidad de Marcos Paz sobre el tema: “Presentamos denuncias por fumigaciones en zonas prohibidas por ordenanza municipal. Además, junto al equipo de salud colectiva y ambiente de la Universidad Nacional de General Sarmiento realizamos estudios para analizar el agua y el suelo donde encontramos trazas contaminantes de agrotóxicos incluso en establecimientos agroecológicos históricos del distrito y en escuelas rurales”.
“La agroecología no es solamente un concepto para pensar un tipo de producción sino que es parte necesaria de la transformación estructural de las condiciones de vida en el campo, recuperando los modelos agroalimentarios ancestrales”, reflexiona Pablo. En ese sentido, Damián opina que para acompañar esos procesos organizativos “hacen falta políticas públicas que apunten a la autonomía de los territorios rurales”. Esto, según expresa, debe ir acompañado con la asignación de presupuesto, ya que crear organismos sin fondos no permite impulsar medidas que acompañen las transformaciones necesarias para nuestro sistema agroalimentario.
El artículo 41 de la Constitución Nacional establece: “Todos los habitantes gozan del derecho a un ambiente sano, equilibrado, apto para el desarrollo humano y para que las actividades productivas satisfagan las necesidades presentes sin comprometer las de las generaciones futuras; y tienen el deber de preservarlo”. En Argentina, cada vez más familias se organizan para producir bajo estos parámetros. No es un problema de voluntad individual, es la necesidad de una política de estado para evolucionar del monocultivo a la biodiversidad y producir en armonía con la naturaleza y el buen vivir.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
A la medianoche mientras la ciudad duerme, el Mercado Central parece una ciudad paralela: motores encendidos, gritos de personas que se pierden en pasillos interminables, golpeteos de cajones que parecen no silenciarse nunca. En el corazón del Mercado, cientos de changadores sostienen el ritmo nocturno del abastecimiento. Carretean cajones de frutas y verduras entre camiones que no se detienen. Allí se mueven durante horas hombres jóvenes -algunos no tanto- que arrastran sobre sus cuerpos el peso del esfuerzo diario. Sostienen un engranaje esencial, aunque nadie los vea.
Cuando el Mercado Central abre sus portones, a las 2 de la mañana, ya hay changadores trabajando desde mucho antes. Las jornadas pueden extenderse hasta las 11 de la mañana o más allá, entre corridas, subidas de cajones y discusiones sobre precios. En ese mundo frenético conviven dos realidades: los changadores que pertenecen a la cooperativa y los que trabajan por su cuenta en un circuito totalmente informal.
Dos realidades laborales dentro del Mercado
El Tano, vendedor del puesto Almaná —Nave 9, Puesto 36— explica la diferencia mientras controla la descarga de manzanas: “Los de la cooperativa trabajan con autoelevadores Clark y sólo descargan para los puestos. Ellos la tienen un poco mejor: hacen turnos de 18 a 2 de la mañana y cobran unos $40.000 por día”. Son los más “estables” en un escenario donde la estabilidad es más deseo que posibilidad.
Muy distinta es la vida de los otros changadores, los que dependen de arreglos informales y responden a jefes que manejan grupos en las diferentes naves. Martín, un joven de 20 años que trabaja en la Nave 11, cuenta que ellos se organizan alrededor de José, quien coordina a unos 15 changadores. “No se habla mucho de cuánto se les cobra a los compradores porque cada cliente arregla distinto”, aclara. Esa opacidad es parte del sistema,nadie quiere decir exactamente cuánto reciben por cargar cada bulto para no quedar expuesto ante los clientes, ni quedar mal con quien le da trabajo.
Los números detrás del trabajo nocturno
Luis, un comprador que va todas las semanas a abastecer su negocio, aporta otra mirada: “Yo pago $300 por cajón, me hacen precio porque cargo mucho ya que abastezco tres locales. Sé que llegan a cobrarles hasta $500 a algunos clientes que cargan menor cantidad”. Su comentario confirma el margen de informalidad del sector: precios que cambian por volumen, horario, relación previa o simplemente por necesidad.
Martín describe su rutina con una mezcla de resignación y costumbre. En teoría trabajan tres días a la semana: lunes, miércoles y viernes. En la práctica, entran los domingos a la noche, alrededor de las 23 y pueden terminar a las 14 del día siguiente. Jornadas de hasta 15 horas en las que el cuerpo no tiene pausa. Esos días, José les paga unos $70.000; los martes y jueves, cuando solo cargan vacíos, bajan el pago diario a $15.000 o $20.000. Ningún changador recibe aportes, obra social ni cobertura ante accidentes. Todo depende del propio físico y de cuánto pueden aguantar.
Jornadas extenuantes y trabajo precarizado
Franco y Lucas, compañeros de Martín, coinciden en algo: una vez que entran al circuito del Mercado es difícil salir. “Acá o te acostumbrás o te vas. Pero la mayoría se queda porque afuera no hay nada”, comenta Lucas mientras acomoda una pila de cajones que supera su altura. Los días de frío extremo, cuando el viento atraviesa las naves, algunos trabajan con bolsas de residuos a modo de piloto. En verano, el calor es insoportable y muchos terminan deshidratados. El clima, dicen, es uno más de los golpes que carga el cuerpo.
Varios changadores viven en Villa Celina, a 10 minutos caminando del predio. Otros vienen de González Catán, Laferrere o Ciudad Evita. Muchos fuman marihuana durante la jornada para “bajar la velocidad” del estrés y el dolor muscular, según admiten. Algunos son menores de edad, lo que evidencia el nivel de precarización y la falta total de controles laborales.
La informalidad laboral en cifras
Datos del Ministerio de Trabajo y de informes recientes del Instituto Interdisciplinario de Economía Política (IIEP-EDIL) muestran que la informalidad laboral en Argentina alcanzó el 43,2% en el segundo trimestre de 2025, lo que significa que cuatro de cada 10 trabajadores están por fuera de todo marco de protección legal. Entre los jóvenes de 16 a 24 años, la tasa asciende al 63%. En ese panorama, los changadores del Mercado Central representan uno de los puntos más críticos de esta estadística.
Violencia, tensiones y supervivencia
La violencia es parte del paisaje. Todos llevan un cuchillo o una navaja “para seguridad” porque las peleas entre compañeros no son inusuales. Entre el cansancio, la presión y el dinero en juego, los conflictos aparecen rápido. El sonido metálico de los carros chocando y las discusiones que se elevan por encima de los camiones conforman la banda sonora de la madrugada.
El acceso a la comida también es precario. A veces compran sándwiches a vendedores ambulantes o comidas improvisadas para soportar las horas. “Si no comés algo, te caés. Y acá nadie te levanta”, dice Franco. Lo dice en tono de broma, pero la frase resume la lógica del Mercado: cada uno sobrevive como puede.
Historias personales en un circuito sin salida
No todos siguen el mismo camino. Walter, otro changador, cuenta que estuvo metido en el “bardo”: drogas, peleas, corridas. “Me rescaté gracias a la Iglesia Evangélica”, dice. Ahora, apenas termina de trabajar, se apura para juntarse con su familia e ir a misa. Es una excepción en un ambiente donde el consumo problemático es frecuente, alimentado por la falta de descanso, la inestabilidad económica y la sensación de que no hay futuro posible.
La historia de Pato aporta otra perspectiva. Antes trabajaba como vendedor en un puesto, cinco días a la semana, 12 horas por día por $40.000 diarios. Decidió dejar ese trabajo, que si bien era informal resultaba más estable, para dedicarse a las changas por la diferencia de ingresos y la posibilidad de trabajar menos días. “Me conviene, pero sé que el cuerpo tiene fecha de vencimiento”, admite. Sabe que no tendrá jubilación ni obra social, pero cree que tampoco llegará a viejo en estas condiciones.
El costo físico de un trabajo precarizado
La investigación de especialistas en ergonomía y salud laboral estima que los trabajos de carga intensiva generan lesiones crónicas en la columna, rodillas y hombros, que pueden aparecer incluso antes de los 30 años. Entre los changadores, estas dolencias se naturalizan. “Es parte del laburo”, dicen mientras estiran la espalda o se masajean las manos antes de volver a cargar.
El engranaje humano del abastecimiento
En este universo de movimientos frenéticos, cuerpos desgastados y economías informales, los changadores sostienen cada madrugada el corazón del abastecimiento. Son esenciales pero invisibles.El Mercado Central no podría funcionar sin ellos, aunque sus nombres no figuren en ningún registro oficial ni sus historias tengan dónde escribirse. Entre cajones, esfuerzos y largas jornadas, acarrean más que frutas y verduras, también cargan el peso de una desigualdad que se repite en silencio.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
A las seis de la tarde, Lucas llega a su casa después del trabajo. Deja la mochila junto a la puerta, saluda a sus dos gatos, les repone el agua y la comida que dejó a la mañana. Se saca las zapatillas, enciende la hornalla para calentar el agua del mate y se sienta en el sillón con el celular en la mano.
Antes de prender la tele, sin mucha conciencia, desliza el dedo por la pantalla. Abre Tinder. Lo hace todos los días, a veces mientras come, otras veces antes de dormir. Dice que “ya es parte de su rutina”, como chequear los mails o mirar el clima. Mira fotos de mujeres. Selfies, imágenes en la playa, en bares y de viaje. Desliza hacia la derecha a algunas, hacia la izquierda a muchas más.
Derecha significa aprobadas, que son lindas, que “están buenas”. A la izquierda: no me interesa, “paso”. No se detiene demasiado a pensar: el movimiento es rápido, casi automático. “Me acostumbré a mirar sin mirar”, dice. Después ceba el primer mate, deja el celular al lado y pone una serie. No espera que pase nada.
Conseguir pareja se ha vuelto una travesía para muchos jóvenes de entre 23 y 35 años. En tiempos de hiperconectividad, donde el contacto parece estar a dos toques de pantalla, los vínculos se desdibujan. El deseo, los mandatos de género y el miedo al rechazo atraviesan a toda una generación que busca nuevas formas de encontrarse, sin certezas sobre qué significa hoy estar en pareja.
Entre los hombres jóvenes, usar apps de citas se volvió parte de la rutina: una práctica casi automática, frecuente y extendida. Aunque pocas veces reconocida como tal. En 2023, solo en Argentina el número de descargas de la aplicación de citas en Tinder superó las 101.000 siendo en su mayoría usuarios hombres (83,6%).
Sin embargo, esa hiperconectividad convive con un fenómeno que parece opuesto: los vínculos no avanzan. Las mujeres lo describen con frases que se repiten. “Hablamos durante días pero nunca nos vimos”, “Cuando activé para vernos dejó de responderme”, “Todo el tiempo está en línea pero no propone nada”, “Prefieren lo virtual, les basta con una charla que ni está tan buena”.
En ese entramado también pesan los mandatos de género que, de maneras distintas, condicionan cómo se acercan hombres y mujeres al vínculo. Entonces, si antes avanzar dependía de los varones, ¿cómo es la masculinidad hoy? Mariana Palumbo, socióloga argentina, explica que básicamente es “no ser femenino”.
Para muchos varones, mostrarse vulnerables, tomar la iniciativa afectiva o exponerse al rechazo implica romper con la masculinidad tradicional que aprendieron. Del otro lado, las mujeres llegan con una carga distinta. “Nos enseñaron a tener que ser”, menciona Florencia Romano, una de las mujeres entrevistadas para esta investigación.
La mujer tiene que ser amorosa, cuidadora, empática y destacarse en su trabajo. Al respecto, Palumbo agrega: “La mujer masculinizada existe y eso también cambia los modos de relacionarse. Masculinizada en el sentido de que van al frente, no piden permiso, ocupan espacios de poder y piden lo que quieren”. Esto choca con un otro que muchas veces se repliega, se muestra ambivalente o no responde a estas mujeres que son “todo”. Y, en esa asimetría, el encuentro se vuelve cada vez más difícil.
Créditos: Infobae
Florencia prende el celular cuando sale de la ducha. Tiene cinco notificaciones nuevas de Instagram. Un like a una foto vieja, dos reacciones a historias y un comentario sobre el tatuaje que se ve en una foto de espaldas. No conoce a ese usuario, pero tampoco la sorprende. “Están ahí, todo el tiempo. Te aparecen, te miran, te siguen, te mandan un emoji”, dice. Ya aprendió que eso no significa nada.
Que puede haber una seguidilla de reacciones sin que haya una sola conversación. Que puede haber un chat, incluso fluido, y que nunca llegue el encuentro. “Y cuando sos vos la que decide hablar, la que propone una cita, se van. Desaparecen. Pero siguen ahí. Siguen viendo tus historias. Como si solo les alcanzara con eso”, amplía.
En 2023, el 28% de los usuarios argentinos de servicios de citas en línea tenían entre 25 y 34 años de edad, siendo el rango etario que más usa las aplicaciones, seguido por los usuarios de entre 35 y 44 años.
Florencia tiene 30 años y se considera “feminista”. Es docente, le gusta la política y la literatura. Usa apps de citas desde hace años, pero dice que cada vez le gustan menos. “Es como estar en un catálogo, todos mostrando lo mejor que tienen. Me resulta muy superficial, me da incomodidad”, cuenta.
De decenas de matches, solo conoció en persona a dos. En general, los chats no prosperan. A veces, ni siquiera arrancan bien. Al respecto, comparte: “Me escriben cosas como: ‘¡Qué feo ser de Boca!’ o ‘¡cambiá esa camiseta!’. Como si fuera un jueguito de pelear, un intento de hacerse los graciosos”.
No es la única que lo vive así. Lo charló con amigas y a todas les pasa algo similar. “Siento que los hombres ya ni usan palabras. Dan likes, reaccionan y esperan que una adivine qué quieren. O directamente esperan que una arranque la charla”, describe. Ella lo hace, toma la iniciativa pero cuando lo hace con claridad, cuando invita a salir a algún chico, suele encontrarse con la ambigüedad. El famoso “dale, sí, me copa”, seguido del silencio; o del famoso “che, me colgué, ¿la semana que viene podes?”. La otra semana llega. Y no hay mensaje.
La experiencia de Florencia se enmarca en una transformación más amplia: eldeseo, ese motor de búsqueda, aparece desdibujado. Mauricio Strugo, psicólogo y sexólogo especializado en relaciones afectivas, dice que muchos varones jóvenes hoy están desconectados del deseo. “La sexualidad se volvió un trámite. Muchos prefieren el mundo virtual, donde no hay esfuerzo, no hay rechazo, no hay exposición. Hoy pueden poner un video, cumplir la fantasía y ya está”, explica y sigue: “Pero esa libido que se descarga ahí, no se transforma en acción. No hay acumulación de deseo que empuje al encuentro”.
Strugo insiste en que eso repercute en todos los niveles del vínculo: “La sexualidad implica esfuerzo. Implica buscar, exponerse, animarse a la frustración”. Entonces, por miedo e incomodidad no hacen nada. Florencia se ríe cuando escucha esto. Sin embargo, piensa: “Sí, es eso… Yo invito, pero se van. No entiendo el motivo, si es que no saben qué hacer. Pero en esa espera, algo pasa. Queda todo el tiempo una pregunta dando vueltas: ¿de verdad querrá conocerme o alcanza con mirar?”.
Agustina Troncoso tampoco tiene miedo a proponer. A sus 23 años, cuando algo le interesa, lo dice. Si la conversación por chat se estira demasiado sin definiciones, ella activa. “¿Nos vemos?”, se anima. No lo hace una vez. Lo hace cada vez que cree que hay onda. La respuesta suele ser positiva: “Dale, de una”, “el jueves estoy libre”, “me re copa”. Pero a medida que se acerca el día para verse, algo cambia. Los mensajes se espacian, las respuestas llegan tarde o ni llegan. Y cuando llega el día, no aparece nadie. A veces contestan al día siguiente con una excusa, con una justificación. Pero la sensación se repite: los chats entusiasman y los cuerpos no se encuentran.
Agustina dice que no le interesan las charlas que surgen de apps de citas. “No me gusta mucho hablar por ahí. Me aburro rápido, siempre es lo mismo: ¿de qué laburas?, ¿De qué zona sos?, ¿Qué estudias?. Yo prefiero pasar rápido a lo presencial, ver si hay onda de verdad; porque por chat todo parece igual. Medio muerto, sin gracia”, comparte y lo dice sin enojarse, pero con un dejo de resignación. No le molesta que el otro no quiera verla. Lo que le molesta es la falta de claridad: “Si no te intereso, decímelo. Pero no me digas que sí, para después colgarme”.
Las aplicaciones de citas, que intentan facilitar que las personas se conozcan, también parecen haber perdido su encanto inicial. Las descargas anuales de Tinder bajaron más de un tercio desde su momento de mayor éxito en 2014. Otra aplicación popular, Bumble, afirma que sus usuarios están interesados en las citas sin presión. Según la agencia de encuestas Savanta, más del 90% de la generación Z -personas nacidas entre 1997 y 2012- se sienten frustradas con esta clase de aplicaciones.
El caso de Agustina revela otro aspecto del escenario actual: la dificultad para sostener el deseo cuando hay que traducirlo en un hecho. En una cita concreta, en un cuerpo real. Sobre esto, Jimena Nieto Bolzan, licenciada en Psicología, habla de una “revolución cultural” que afecta, sobre todo, a las relaciones iniciales. “Todo es más cómodo en lo virtual con las apps de citas”, asegura.
Actualmente se arman vínculos donde no hace falta poner plata, ni esfuerzo y tampoco exponerse emocionalmente. Se arma una conexión sin compromiso que muchas veces se mantiene en la ilusión, pero no en el hecho. Agustina coincide. Siente que los hombres se conforman con la charla y desaparecen justo cuando hay que verse. Pero no desaparecen del todo: siguen viendo las historias de Instagram, siguen presentes. Como si quisieran seguir ahí, pero sin involucrarse.
La paradoja se vuelve cada vez más común: vínculos que parecen avanzar, pero se disuelven al momento del encuentro. Una virtualidad que habilita el contacto pero posterga el deseo. “Es como si se olvidaran de que del otro lado hay una persona”, dice Agustina. “Y que esa persona está esperando algo que nunca llega”.
Créditos: Getty Images
Lucas desliza fotos con el pulgar pero no espera que pase nada. La pantalla se llena de rostros, cuerpos y ubicaciones. Algunos le llaman la atención, otros no. En el fondo, sostiene que lo hace porque ya forma parte de su día. Como prender la tele. Como cebar el primer mate. “No sé si tengo ganas de conocer a alguien. Capaz sí, pero no lo pienso mucho”, admite.
A veces conecta con alguien, intercambian mensajes, hay buena onda. Pero cuando la posibilidad de verse aparece, todo se desdibuja. La cabeza se le llena de preguntas: ¿tengo que buscarla? ¿Tengo que pagar todo? ¿Tengo que parecer seguro aunque no lo esté?
En su adolescencia tuvo la autoestima baja. No da detalles, pero reconoce que eso todavía lo acompaña. Hoy, a los 30, siente que a su generación los educaron con reglas que ya no aplican. Que ser hombre era tener que ofrecer, sostener, llevar adelante. Y que ahora, con mujeres más decididas, esos mandatos se desordenaron. “Si una viene muy de frente, me incomoda. Me pasó. Es como si me sacara del lugar que me enseñaron a ocupar”, comparte.
Entre sus amigos no hay conversaciones íntimas. No hay palabras para hablar del miedo, del deseo, del afecto. “Solo si estás muy en la mierda podés decir algo. Si no, ni se te ocurre”, confiesa. Lo dice sin enojo, pero con cierta resignación. Como si fuera natural que no haya espacio para nombrar lo que pasa. Esto coincide con estudios realizados por la Mental Health Foundation, en los cuales se indica que los hombres tienen más dificultades para expresar sus emociones. El 22% admite mentir sobre cómo se siente, en comparación con el 10 % de mujeres que también lo hace.
Strugo apunta contra ese silencio: “Muchos hombres no saben dónde ubicarse en estos nuevos modos de vincularse, por eso no avanzan. Aunque las nuevas generaciones atravesadas por el feminismo están trabajando mucho en diferenciarse de la masculinidad tradicional del machismo, parte del conflicto es que no tienen las herramientas para construir esta nueva masculinidad”. Entonces aparecen estos nuevos hombres que quieren ser distintos, pero no saben cómo. Y ahí en ese intento de cambiar se vuelven pasivos, ambiguos, evitan el riesgo, y el deseo se diluye.
Lucas no usa esas palabras, pero algo de eso aparece en su relato. Le cuesta reconocer qué quiere; y cuando alguien más lo quiere se corre: “Me ha pasado que una mina se me acerque y yo me quede quieto. No sé si por miedo o porque no supe qué hacer”. La escena se repite entonces: dos personas que podrían encontrarse, pero no lo hacen. Porque no se animan, porque no saben cómo, o porque esperan que el otro actúe e igual así, no pasa nada.
Rodrigo Fernández no se queja. Dice que está bien, que no tiene problemas para relacionarse, que le gusta conocer gente. Tiene 26 años, está soltero y, aunque no le pone nombre a lo que busca, admite que le gustaría estar en pareja. Ya lo intentó una vez con una chica con la que salieron un tiempo, se sintió cómodo, incluso ilusionado. Pero no funcionó. “Yo quería algo más serio, ella no. Estábamos en momentos distintos”, recuerda.
Cuando lo cuenta, lo hace sin enojo. Es que lo que más le dolió fue la desincronía. Esa diferencia de ritmos que no siempre se puede resolver. Aun así, no siente que le cueste vincularse aunque reconoce que hay algo que no logra cambiar: su vergüenza.
La timidez no es el problema en sí, sino lo que implica en una cultura donde al varón se le exige ir al frente, tomar la iniciativa, mostrarse seguro. Palumbo lo explica así: “La masculinidad, tal como se construyó culturalmente, está asociada a la virilidad, prestigio, violencia y poder. Pero muchos varones no se sienten cómodos con ese modelo, sin embargo tampoco encuentran otra referencia clara. No hay un manual de cómo ser hombre sin repetir el machismo, sin que eso implique inseguridad o retraimiento”.
Rodrigo, al igual que Lucas, no habla de estas cosas con sus amigos. No porque no quiera, sino porque “no se da”. En su familia tampoco hubo conversaciones sobre vínculos o afectividad. “Lo fui aprendiendo a medida que me pasaban cosas. Como que me fui armando solo”, expone el primero. Y ese “solo” no suena a victimismo, pero sí a falta de acompañamiento. A una masculinidad aprendida por intuición.
La socióloga señala que el cambio cultural es profundo, pero no inmediato. “Hoy hay mujeres que están muy empoderadas, que ocupan espacios, que toman decisiones, y eso está buenísimo. Pero muchas veces se encuentran con varones que se repliegan. Que no responden, que no se animan a estar a la altura de esos nuevos modelos. No por mala intención, sino porque no saben cómo hacerlo. No tuvieron referentes, no tuvieron educación emocional”, explica.
Rodrigo, por su parte, cree que no rechaza a esas mujeres. Al contrario, le atraen: “Me gusta cuando una sabe lo que quiere. A veces me cuesta seguir el ritmo, pero no me asusta”. Lo dice con sinceridad. Y en su tono hay una calma que contrasta con otros relatos. Como si él, aun con dudas, estuviera un poco más cerca del deseo. Del propio, al menos.
Créditos: Psicología y mente
Luciana tiene 24 y relata la misma situación, dice que muchas veces se siente como “la que insiste”, la que propone, la que arranca la charla, la que tiene que sostener. Lo cuenta con hartazgo: “Me pasa todo el tiempo que hablamos durante días y después no pasa nada. Incluso cuando ellos proponen vernos, a último momento desaparecen. Y cuando soy yo la que invita, dejan de responder”.
Esa ambigüedad, ese quedarse “medio adentro y medio afuera” del vínculo, se repite tanto que ya parece un patrón. Y a veces se vuelve difícil entender qué está pasando. “Porque si alguien te habla todos los días, si se ríe, si te dice que le gustas… vos pensás que tiene interés. Pero cuando querés concretar algo, se esfuma”, agrega.
Ahí entonces aparece la contradicción más difícil: seguir conectados, pero sin encuentro real. Estar disponibles, pero sólo hasta cierto punto. Como si el deseo se exprimiera en el chat y no hiciera falta nada más.
Ariela es la psicóloga de Luciana y cuenta que escucha ese tipo de relatos cada vez con más frecuencia. “Muchos hombres se quedan atrapados en el universo virtual porque no hay esfuerzo, no hay exposición, no hay posibilidad de rechazo”, describe y continúa: “Pero lo que no se dan cuenta es que esa pasividad también genera malestar en las mujeres, que sienten que tienen que tirar del vínculo todo el tiempo. Que no hay reciprocidad real”.
Para la especialista, esa dinámica no es solo interpersonal sino que responde a un cambio de época. Durante décadas, el mandato era que la mujer tenía que esperar. Hoy eso cambió. Las mujeres proponen y avanzan. Pero del otro lado todavía hay muchos varones que no saben cómo responder a eso. Que se sienten desbordados, intimidados o directamente paralizados. Y, en ese desajuste, lo que queda es una especie de vínculo fantasma. Una conversación que no lleva a ningún lado, pero que tampoco se corta.
Así lo siente Luciana. Ella no tiene problema en ser directa, le gusta saber lo que quiere y decirlo. Pero eso, lejos de facilitar los encuentros, muchas veces los complica. “A veces pareciera que cuanto más clara sos, más se corren. Como si no supieran qué hacer con eso”, dice. Y cuando eso pasa una vez y otra, y otra más, algo se rompe. La joven se lamenta: “Te empezás a cuestionar si estás haciendo algo mal. Caigo en la idea horrible del deber ser lamujer que espera, la pasiva, como las de antes. Aunque sepa que yo no soy así. Aunque sé que lo que estoy haciendo es lo que espero del otro”.
En los relatos de Lucas, Rodrigo, Agustina, Florencia y Luciana hay algo en común: el desencuentro. A veces aparece como repliegue, otras como sobreesfuerzo. Por momentos es miedo y por otros es confusión. Pero nunca, para ninguno de los géneros, es indiferencia. Detrás del chat sin respuesta, del match que no se concreta, de la cita que se cae a último momento, hay un deseo que no sabe cómo expresarse. Un vínculo que no se termina de animar. Una búsqueda que se frustra antes de empezar.
Palumbo habla de un “momento de tránsito”: “Vemos una reconfiguración de los guiones sexuales desde el término ‘sociabilidad erótico afectiva’ que implica valentía, compromiso y responsabilidad en el vínculo”. Por tanto, hace hincapié en que el movimiento feminista cambió las pautas de socialización. “Dado el avance del feminismo, las pibas están empoderadas y con más herramientas para ir al frente a la hora de relacionarse. En cambio, los varones, en general, no. Se encuentran ahora frente a una demanda o mujer nueva, pero sin herramientas simbólicas para responder”, comenta.
Esa desigualdad emocional –no estructural, no salarial, sino íntima– impacta en el modo de vincularse. No porque las mujeres pidan demasiado, sino porque muchos hombres aún no saben cómo sostener un vínculo emocional sin sentir que pierden algo: el control, la distancia, la compostura.
Ariela, por su parte, plantea una metáfora que resume bien el panorama: “Es como si todos quisieran conectar con alguien, pero nadie se quiere sacar los auriculares. Nos seguimos hablando desde mundos separados. Desde la comodidad de la pantalla, desde la protección de no mostrarnos del todo”.
Según ella, eso no es necesariamente negativo. Pero sí exige un nuevo aprendizaje: cómo vincularnos sin certezas. Cómo exponernos sin sentir que estamos haciendo algo mal. Y Strugo lo retoma, pero desde otro lugar: “No es que los hombres ya no deseen. Es que el deseo, hoy, está lleno de capas: miedo al rechazo, miedo a incomodar, miedo a no estar a la altura, miedo a parecer lo que no se quiere ser. Y cuando hay tanto miedo, es difícil que el deseo avance”. Por eso insiste, no se trata solo de entender qué quieren los varones o las mujeres. Se trata de entender qué está pasando en el medio, en ese territorio donde ya no sirven las fórmulas viejas, pero todavía no hay reglas nuevas.
Lo que aparece no es un final sino un escenario. Uno en el que las mujeres proponen, pero se cansan. En el que los hombres dudan, pero no siempre se animan a decirlo. En el que las palabras existen, pero muchas veces no circulan. Y en el que la tecnología, que vino a facilitar los encuentros, parece, por momentos, congelarlos.
La pregunta que queda flotando no es si los vínculos están en crisis. Sino si esa crisis no será, también, una oportunidad. Para que el deseo, más silencioso, más torpe, más humano, pueda volver a encontrar una forma. Aunque no sepamos todavía cuál.