Mario Massaccesi: “Un día me van a echar por mandar a la gente a apagar la televisión”
El periodista, escritor y conductor de radio y televisión habla sobre el coaching en el oficio, la inteligencia artificial, los miedos y cómo ve a la juventud.
El periodista, escritor y conductor de radio y televisión habla sobre el coaching en el oficio, la inteligencia artificial, los miedos y cómo ve a la juventud.
Mario Massaccesi baja hacia el piso 4, recorre un largo pasillo iluminado hasta encontrar su locker en donde guarda diferentes prendas de vestir. Toma un saco negro, un estuche de maquillaje y mientras se termina de preparar, contesta algunas preguntas. Son las 23.45 y tiene 20 minutos antes de salir al aire con “Síntesis”, el programa que conduce por eltrece hace más de diez años. Como pez en aguas familiares, con total ligereza, toma el ascensor hacia el piso 6, saluda y bromea con los camarógrafos, se coloca el micrófono, se acomoda en la silla junto su compañero Buti (Juan Butvilofsky) y se enciende un cartel con letras rojas que dice “Mic On”.
-Además de estar en televisión, ¿te visualizás escribiendo libros y que esas experiencias puedan ayudar a la gente?
-No, a mí me pasó que a los 8 años jugaba a que trabajaba con gente de este canal (eltrece). Es más jugaba a ser Cesar Masscetti. Soñaba que viajaba mucho, que conocía gente, que andaba de un lado para el otro. Fui consecuente con mis sueños.
-¿Y cómo plasmaste esos sueños en la realidad?
-Me puse a hacer cosas que nunca imaginé que llegaría a hacer. Me puse a estudiar coaching, el coaching me llevó a dar talleres, eso me llevó a las cárceles, de las cárceles escribí tres libros, de ahí salieron los podcast, luego apareció el teatro y se armó todo un mundo de trabajo al margen del canal. Eso me gusta porque es nuevo, atractivo y cuando me pellizco digo “llegaste”.
-¿Cómo hace un chico de Córdoba para entrar en los medios?
-Yo estudié en la universidad de Río Cuarto hasta quinto año, pero no me recibí. Mis amigos me dicen que me van a poner un abogado para sacarme de la facultad porque teóricamente todavía soy alumno (risas). Nunca pedí trabajo, siempre me llamaron porque soy un gran laburante, siempre ofrecí lo que el medio necesita.
-¿Con qué te encontraste cuando llegaste a Buenos Aires?
-Me dí cuenta de que había evidencias de que iba jugando cada vez más en Primera, eso me mantenía entusiasmado. Fui consiguiendo distintos trabajos, primero en canales y radios alternativas. Después en los grandes, con Nacha Guevara en Canal 7 como su productor, luego en Radio Rivadavia, en América y Eltrece, donde estoy hoy.
-En tu último libro Salir de los miedos junto a tu coequiper Patricia Daleiro se mencionan distintos temores, como a la vejez, a la soledad y a la muerte. ¿Hay alguno que te inquiete más?
–Nunca le tuve miedo a la muerte. La acepto como parte de la vida, así me muera hoy, me muero satisfecho porque todo lo que quería hacer lo hice y más. Yo creo que el gran secreto de no temerle a la muerte es completarte en vida.
-Y mientras escribías el libro, ¿te encontraste con algo que te haya dejado pensando?
-Sí claro, uno de mis miedos hacia adelante es algún día no poder. Y me pregunto qué haré el día que no pueda. Yo soy un gran inquieto ese día que seguramente va a llegar, esté más limitado físicamente por la edad o por lo que sea, me genera inquietud.
-¿Y cómo ves a las nuevas generaciones?
-Traen otros miedos, a mi juicio piensan distinto, son mucho más libres en muchas cosas, más honestos, más desprendidos. Desafían más rápido muchos mandatos.
-¿Y vos en qué momento descubriste que podías romper con todos tus mandatos?
-Rompí todos los moldes, pero amorosamente, en mi casa siempre fui el distinto y me alentaron pero con condiciones. Yo fui el único que estudié, el único que hizo una carrera universitaria, el único que trabajé desde muy chico. Fui el único que no tenía un proyecto de pareja hacia adelante, siempre me gustó ser soltero y me encanta la soledad.
-¿Qué herramientas te dio el coaching en el periodismo?
-Por un lado me dio no querer tener la razón siempre. También me dio otra herramienta que es “la escucha comprometida”, es decir, no escuchar desde lo que yo pienso, sino de lo que el otro tiene para decirme.
-Salen muchas fake news, y videos retocados por inteligencia artificial. ¿Sentís que es algo útil dentro del periodismo?
-Yo creo que sí, que es una herramienta súper útil pero bien usada. Si está aplicada para el bien es muy poderosa, si está aplicada para el mal, también.
-Como alguien que comunica la realidad, ¿qué consejo le darías a la gente que vive con incertidumbre en un país como Argentina, en donde todo es posible?
-Lo mejor que puede hacer es apagar la tele. Yo no veo tele y trabajo en la tele. Hay que desconectarse porque es la única manera de escucharte lo que vos necesitás. Hay gente que por mirar vidas ajenas se olvida de su propia vida. Hay que chequear cómo está tu cuerpo, es una información tan valiosa para la vida, para saber cómo querés vivir . Un dia me van a echar por mandar a la gente a apagar la televisión (risas).
Mauricio Benítez mide 1,68. Es morocho, de nariz ancha, pelo oscuro, barba apenas crecida. Tiene un cuerpo grandote, morrudo, de esos que imponen presencia. Recién termina de trabajar —hizo herrería, algo de pintura— y llega corriendo a su casa para la entrevista.
Como cada día, se levantó a las seis de la mañana, pero todavía le sobra energía. Se cambia rápido, pone la pava y prepara el mate. El agua tiene que estar hirviendo. Literalmente. Su sonrisa franca, sus dientes desparejos o ese modo de hablar que se le escapa entre risas cuando recuerda anécdotas son su marca registrada.
Como aquella vez en “El Suplente”, película de Diego Lerman en la que tuvo un pequeño papel como guardia de hospital, una señora se acercó a pedirle indicaciones creyendo que era personal de seguridad real. A él le divierte esta situación: “Eso es actuar bien”, dice con orgullo. Y no está tan lejos de la verdad: su cuerpo ya había llamado la atención de varios directores en papeles similares antes de conseguir el rol que, sin buscarlo, le cambiaría la vida.
Es que el joven de 38 años es insistente. Busca vida. Pero, sobre todo, es empático. “Yo tengo un medidor de emociones”, dice en un momento de la entrevista y con eso define mucho más que una frase. Habla de saberse medir frente al halago, pero también frente a lo que no le sale.
Puede reconocer cuando otro se quedó afuera. Como le pasó a Brian Maciel, “un pibito de 20 años, flaquito y rubio”, el actor que originalmente iba a interpretar al Teniente Moro en “El Eternauta”,la serie más vista en Netflix basada en la historieta de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López, y el personaje que finalmente quedó en manos de Mauricio. “Yo estaba contento, claro, pero un poco mal también. No era culpa mía, por edad y contextura física a último momento decidieron que daba más con el personaje, pero uno piensa en el otro”, recuerda.
Mauricio nació en 1988 bajo el signo de Escorpio, en el barrio de Gregorio Laferrere, en La Matanza. Aprendió a construir su historia sobre tres ejes: trabajo, fe y actuación. En ese orden, o en otro pero siempre entrelazados. Perdió a su papá y a un hermano antes de nacer, aunque la tragedia no se cortó ahí: cuando tenía 12 años, perdió a otro hermano más. En total, su madre tuvo 12 hijos: ocho mujeres y cuatro varones.
El dolor le pegó justo cuando entraba a la adolescencia. Podría haberse “ido por otro camino”, como se dice en su barrio pero eligió: cargar baldes, levantar paredes, pegar afiches, disfrazarse de pájaro azul en Liniers y volantear. Todo, mientras soñaba con actuar.
Tenía siete años cuando se subió por primera vez a un escenario improvisado, de la mano de la ONG Kiosco Juvenil. La organización ofrecía clases de teatro gratis en Laferrere, y hacía que los pibes y pibas practicaran frente a cámara para después cagarse de risa viéndose en la televisión. Por desgracia, no quedó ningún cassette de esa época. Todo era un juego, pero el bichito de la curiosidad por el escenario ya lo había picado.
Al año, los talleristas dejaron de ir. La madre de Mauricio recuerda el día en que él, con los ojos vidriosos, la miró y se animó a decirle que quería seguir haciendo teatro. Ella sufrió al explicarle que no podía llevarlo: no había ni tiempo ni dinero. Quedaba muy lejos. Mauricio lo evoca distinto: “Mi mamá me lo explicó con tanto amor, que yo lo acepté sin reproches. Nunca nos hizo faltar ni un plato de comida”.
A los 18, en 2006, la ONG seguía funcionando y él, que ya estaba por terminar la secundaria volvió. Era eso o trabajar. Terminó haciendo las dos cosas. Unos años después, le pidió al profesor que lo llevara hasta Morón y que lo acompañara a anotarse en la carrera de actor municipal. No se animaba a ir solo en tren y no tenía quien lo acompañara. El profesor le dijo que sí, lo llevó en su auto y ese viaje le cambió la vida.
Desde entonces no paró: cursos, talleres, escenarios. En 2013 se recibió como actor profesional en una escuela de San Justo. La actuación, que arrancó como un juego, se convirtió en una profesión que anhela ejercer de tiempo completo.
De lunes a viernes trabaja con su hermano en una empresa estatal que construye escuelas en el conurbano; él lo subcontrata. Mauricio hace pintura y se defiende con la herrería. Cuando tiene un casting o una nota, se toma el día o sale más temprano. “No cualquiera tiene esa suerte”, reconoce. Ese margen de libertad es clave para él, porque sabe que la construcción es un trampolín para seguir de pie. Pero lo que realmente quiere es vivir de la actuación, dedicarse solo a eso. Y repite casi como un mantra: “Si Dios quiere…”
La gente lo conoció por sus apariciones en “El Suplente”, “La 1-5-18”, “Maradona: Sueño bendito”; pero lo de “El Eternauta” fue otra cosa. Fue el salto o su entrada por la ventana. Se había preparado para otro papel —un operador con casi ninguna línea—, pero cuando el director Bruno Stagnaro lo miró, le dijo: “Vos vas a ser el Teniente Moro”.
Mauricio tenía 35 años en el 2023, el cuerpo firme, la voz potente. Daba con el personaje. Aprendió el guión en 20 minutos y terminó grabando 27 jornadas en lugar de tres. Stagnaro lo felicitó, aunque reconoce que se puso nervioso en una escena con Ricardo Darín. El mismo actor que hace de Juan Salvo lo tranquilizó y le sugirió que lo hiciera de otra manera. Y le funcionó. Cuando lo cuenta, se le nota en la cara el agradecimiento.
Celeste es su pareja actual y la madre de su última hija. Se conocen desde 2021, si bien ya se tenían de vista del barrio. Un día, Mauricio se animó a hablarle y así empezó su historia. Ella recuerda y relata con pausas esos días: “Me mandaba mensajes desde el rodaje, con fotos, con videos”. “Cuando conoció a Darín se le notaba la emoción. Estaba cumpliendo un sueño”, cuenta y sonríe al final de la frase.
“Yo fui feliz trabajando en ‘El Eternauta’, pero después entendí que la verdadera felicidad era poder comprarle cosas a mi mamá con los frutos de ese trabajo”, reflexiona el actor que vivió siempre con su madre. Bueno, hasta hace unos meses, que se mudó con su mujer.
Con su primer sueldo grande —$5.000.000 en tres meses, equivalente a 60 salarios mínimos de 2023— se compró un auto usado (al que se le fundió el motor en dos días), una moto 0 km, dos televisores, una heladera, una PlayStation y una máquina de coser para ella. Su mamá no tenía tele hacía tres meses: se le había quemado. Mientras deja la bombilla delante de sus labios, listo para tomar otro mate, cuenta orgulloso que su madre nunca pensó que alguien le iba a regalar un televisor. “Yo ya gané”, sentencia y se emociona. Se le llenan los ojos de lágrimas, ninguna llega a caer por la mejilla.
Hay una herida que Mauricio no nombra todo el tiempo, pero está. De chico fue tartamudo. Ahora, de grande, apenas se le nota. Cada tanto tropieza con una palabra. Su mamá le contó que, cuando tenía dos o tres años, después de un susto muy grande, se quedó un año sin hablar. “Me costaba mucho. Pero el teatro me curó”, dice sin vergüenza de exponer su punto débil. Y tiene razón porque cuando actúa, no tartamudea. Nunca lo llamaron para hacer de tartamudo, pero sí de guardia de hospital, de exjugador de fútbol, de teniente. Mauricio se transforma, habla y se hace escuchar. “Mucha gente me pregunta si soy tartamudo… y yo digo: sí o lo era, no sé. Capaz que todavía lo soy”, se ríe.
A Fabián Benítez, su amigo, coach y representante, lo conoció en un taller de actuación que brindaba en la Villa Zavaleta en 2016. Dice que, desde el primer encuentro, lo percibió como alguien distinto. “Mandado, entusiasta, sociable, predispuesto”, así lo describe. Mauricio había llegado al taller de Actores de Villa por curiosidad, se quedó por convicción. “Mauri” —como le dice siempre— “no va a ver qué onda. Va en serio. Tiene vocación, compromiso y hambre de aprender. Y de trabajar”, cuenta Fabián.
Él mismo fue quien lo preparó para castings, lo acompañó en escenas, lo vio crecer. “Le tocó algo lindo con ‘El Eternauta’ y eso le ayudó mucho con su confianza. Al principio no dimensionamos lo que era, después fue un shock hermoso para todos”, comparte con orgullo su representante que le consiguió el casting, y hasta él mismo tuvo un papel chiquito en la mega producción de Netflix. De Actores de Villa salieron los siguientes actores: Lucas D’Amario (Monzón), Diego Gallardo (El Marginal 5, Un Gallo para Esculapio y Santa Evita) y Mauricio.
Gracias a la exposición que supo aprovechar, Mauricio forma parte de cinco proyectos —en cine, televisión y publicidad— pero dice que selecciona “bien, ya no cualquier cosa”. La etapa del estudiante para él ya pasó. Aunque si hay que volver a volantear, volvería. “Pero ahora priorizo otras cosas: la familia, el tiempo, el contenido de los trabajos”, dice quien ahora puede elegir, aunque con un poco de miedo a que la gente piense que se la creyó.
Hoy viaja en tren y en bondi. Vendió el auto y la moto que se compró y, con la plata de “El Eternauta” está construyendo su casa con sus propias manos. Literal. Mientras tanto, sueña con que su hija recién nacida —la primera junto a Celeste— crezca viéndolo trabajar de actor. Él enfatiza que, aunque esté cansado, la bebé es su mayor motivación: le da fuerza para levantarse todos los días. Además de tener lo suyo, expresa: “Sueño con comprarle una casa a mi mamá. Que viva bien. Que esté. Ojalá me dure 20 años más”.
Es la primera vez que Celeste habla para un medio y se nota en su voz. “Mauricio es muy familiero. Ama a su mamá, la cuida. Es muy atento: siempre se fija si necesita algo, si está bien. Conmigo es igual”, dice y sigue: “Como actor admiro la perseverancia que tiene en cada trabajo. Empezó desde abajo, sin dejarse influenciar por nadie, siguiendo su corazón y su amor por lo actoral. ‘El Eternauta’ no cambió en su personalidad: sigue siendo el mismo”.
El chico de Laferrere no quiere ser famoso. Quiere trabajar, que lo llamen, que lo miren, que le dejen hacer lo que ama sin tener que dejar de ser quien es. Sabe que “El Eternauta” le abrió puertas por eso se anima a escribirle a cuanta persona tenga un programa en algún medio para que le den espacio para una entrevista. Tampoco duda en abrir las puertas de su casa —aunque esté en plena construcción y tenga que tapar los muebles con sábanas—.
Sabe que si se queda quieto, se enfría. Aunque el frío quizás no sea algo malo, eso lo tiene claro desde chico, desde que vio una entrevista a Charly García. “Charly dijo una vez que ser artista es cagarse de frío. Entonces yo soy un artista de la concha de la lora”, lanza sin reparo y entre risas mientras se toma el último mate, el que cierra la ronda… y también nuestra charla. Es la despedida.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
En la Comisaría Quinta del barrio de Almagro, en la Ciudad de Buenos Aires, se hace el silencio cuando se escucha: “Soy la mamá de Graciela Susana Betker“. Nadie contesta. Se miran entre todos. ¿Quién se va a hacer cargo? Uno parece que está por hablar. Le pregunta: “¿Y usted cómo se enteró?”. En ese momento, Margarita pensó en contestarle: “¿A vos, ¿qué te importa?”. Pero no. Ella tenía que mantener la compostura, sino, no iba a saber nunca dónde estaba el cuerpo de su hija. Apretando los dientes, escupió: “Me avisó un vecino”.
Bajo esta tensión, y como si fuese un protocolo cualquiera, así se manejaron 5 policías soberbios, desentendidos, defensivos. Le dijeron a una madre que no había sido notificada por el hallazgo del cuerpo de su hija porque ella ya no vivía en el domicilio constatado en su DNI. El oficio judicial fue enviado y descartado. Si Margarita no recibía el llamado del compañero de su marido Miguel, esta sería otra historia…
Graciela Susana Betker estuvo desaparecida por la trata de personas durante un año. Tenía 17 años, había empezado a salir con un hombre 25 años mayor que ella. Ella era Susy para todo el mundo. Es el tatuaje que lleva Margarita Meira, su mamá, en su muñeca izquierda, en tinta negra, expandida, gruesa y clara: prendida en la piel.
—El fiscal no sabe que tiene que cotejar las huellas en el registro civil para averiguar la dirección y los padres de la chica que aparece muerta. Entonces, se da la orden de enterrarlas como NN. A mi Susy le iban a hacer lo mismo.
Yo no tenía nada ni nadie. La asesora tutelar de menores me decía: “Tiene 17 años y sabe lo que hace, no estamos para cuidarla”, yo le decía que no quería que me la cuide, quería que me la encuentre.
El despacho del equipo de abogadas de Madres de Víctimas de Trata se encuentra en pleno centro de la Ciudad, sobre Avenida de Mayo. Apenas está lista la cámara, trípode y luz, Margarita se tapa la remera blanca de estampado dorado para sombrearla con la pechera que lleva a todos lados, sin falta, y sin remedio: “MADRES VÍCTIMAS DE TRATA, DESAPARECIDAS PARA SER PROSTITUIDAS”. Letras grandes y claras. La palabra víctimas, en rojo. Un dibujo de una pequeña jaula justo debajo. Antes de poder apretar el botón de grabación, ya está hecho el nudo a sus costados, acomodado entre sus collares. Es como la capa de una superheroína. El pronunciamiento más fuerte. Es una acción similar a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo: antes de cada movilización, de cada entrevista, evento y juicio, aparece el pañuelo blanco.
Margarita era cercana a Norita Cortiñas, madre de Plaza de Mayo. Antes de morir, en 2024, le dijo a Marga: “Lo nuestro fue hace mucho tiempo y fue accionar del terrorismo de Estado, sabiendo qué hacían con nuestros hijos. Lo de ustedes está sucediendo ahora, en plena democracia. Tienen que marchar enfrente nuestro”.
Las Madres de Víctimas de Trata movilizan siempre con una barredora con las cientas de desaparecidas por el negocio macabro de la prostitución en nuestro país. En el año 2021, en el Encuentro Plurinacional de Mujeres en la provincia de Chaco, Marga estaba marchando junto a la mamá de una chica desaparecida.
—Yo quería que en la bandera de arrastre se ponga la foto de una piba desaparecida de esa provincia. Era una simple foto. Y me dijeron que eso ensuciaba la bandera. Me persiguieron entre 30 y me quisieron pegar. Que me peguen, que me rompan, ¿qué me van a hacer? nosotras no estábamos cometiendo un delito. ¿No saben lo que costó? ¿Quién está primero? ¿La foto de una chica buscada o una bandera?
Cuando una madre te cocina
Margarita ha logrado convertir el dolor en la búsqueda, el odio en la compasión, y el rechazo de diferentes sectores en este desinteresado acto de amor: la actual sede de Madres, ubicada en Buenos Aires, Constitución, funcionó desde el año 1989 como un comedor para combatir la pobreza del barrio, característica del contexto socio-político de la época, a fines del gobierno de Alfonsín. Marga aclara, puntualmente, que fue tras los saqueos a los supermercados en el año 1988, donde se desató el caos colectivo, y que fue fundado con la ayuda incondicional de su hija Susy.
Hasta el día de hoy, ella y otras madres cocinan para alimentar alrededor de 630 personas por día. Sobre la calle Ciudadela al 1200, se hace la fila eterna para una vianda al mediodía. Asimismo, en la casa conviven seis mujeres rescatadas de prostíbulos de Argentina. “Hoy hacemos de todo para que las chicas también puedan entretenerse. Estamos haciendo talleres de oficio como costura, velas artesanales, pedicura, manicura, todo lo que sea con salida laboral, así pueden tener un trabajo y un ingreso”, cuenta Margarita y amplía: “Yo vendí nuestro auto para alquilar esa casa mientras estábamos escondiéndonos de la dictadura, más o menos en el año 1981. Mi marido y yo éramos militantes peronistas. Nunca pensé que iba a quedarme toda la vida”.
Cuando Marga perdió su casa mientras buscaba a Susy, decidió instalarse definitivamente en la sede. “Me hice un entrepiso y ahí duermo yo. Pero me gustaría tener otro lugar, ya no tengo 20 años, ¿viste?, en ese lugar no hay intimidad, ni fiesta, ni reuniones. Hay víctimas de trata”. Entonces nombra a la única madre de desaparecida que la acompaña en la sede, Lucía. La identidad de su hija fue restituida a través de la búsqueda de Margarita, siempre al compás de su encargada de legales, la abogada Marcela Cano. Había sido enterrada como NN hacía 11 años atrás.
Cuando Margarita se encuentra en duda de alguna fecha, testimonio o nombre, Marcela la corrige, y le dice: “No Marga, así no fue. ¿Te acordás que lo hablamos hace poco?” y ella, casi vergonzosa, replica: “Sí, ya sabes que yo soy la ignorante de las dos”. Se admiran entre ellas, se cuidan. Marga es impulso, rescate e inmediatez. Marcela es estrategia, fluidez y certezas.
Matricularse legalmente en cada provincia cuesta 1 millón de pesos. Actualmente, Madres de Víctimas de Trata está asentado en 5, entre ellas se encuentra Chubut, Santa Fe, y Córdoba. Marcela cuenta que tuvo que vender 2 autos para matricularse en la última provincia para poder accionar en las causas judiciales, y para poder inaugurar el restorán “Che, Papusa”, cuyo objetivo principal es que las chicas sobrevivientes de la trata puedan efectivamente reinsertarse escalonadamente en la sociedad mediante el trabajo, juntas y acompañándose entre ellas.
El resto bar ubicado en Paraná 1500, centro de CABA, emplea a seis mujeres rescatadas. Marcela cuenta: “Este lugar era lúgubre, los vecinos se quejaban de las ratas, pero en menos de tres meses lo pusimos en valor y arrancamos sin sacarle la esencia del tango”, haciendo referencia a que en esa esquina Aníbal Troilo componía sus históricos temas. “Y vos ves que se gastan dinero en cualquier pavazo. Una ministra de género con 200 empleados y no nos recibió nunca. En 30 años no me recibió ningún presidente ni ningún funcionario”, suma Margarita.
Pero eso no fue ni es impedimento para una fundadora como ella. “Si no voy a llevar presos a los procesados, yo me quedo en mi casa disfrutando de los últimos años que me quedan. Yo no estoy para hacer propaganda. No me interesa”.
Cuando una madre te busca
—Yo fui testigo de un proxeneta para sacarle información.
En 2017, Marga se dirigió a la puerta de un prostíbulo muy reconocido de CABA, situación que quedó televisada por un medio periodístico cuyo nombre se reserva. Allí, un hombre estaba en la puerta custodiando la entrada. Al tiempo, ese mismo hombre fue desvinculado del boliche por aparecer su cara en la televisión pública, y contactó a Margarita para que fuera su testigo por juicio laboral. “Yo pensaba: ¿qué hago? ¿cuánta data le puedo sacar? el corazón se me salía del pecho. Y le dije que sí”, detalla. Allí empezó otra dura investigación encubierta que hasta el día de hoy sigue esperando justicia. En una conversación previa a una de las audiencias, Margarita le preguntó por qué habían matado a una chica en ese prostíbulo. Él le admitió: “No, eso no fue ahí. Eso lo hacíamos en otro lado…”
Cuando una madre lucha
Así como este caso, Meira atraviesa decenas por año. Le devuelve la identidad a las mujeres que el Estado le dio la espalda. “Hoy mantengo el comedor por las madres de las víctimas. Cuando a una le desaparece una hija, lo que más necesita es un plato de comida y un abogado. Y de eso, el Estado, no se encarga”.
“Acá la agenda es trabajar el abolicionismo y el feminismo en conjunto: ojalá un día se de la discusión como corresponde, y que el Estado prohíba lo que tiene que prohibir”, dice, pero se nota desilusionada. No cree que tenga un movimiento contundente que la respalde: “Esto va a cambiar si el pueblo se pone de pie. Porque movimientos sociales hay muchos, pero este es el único contra la trata. Mi sueño es tener un movimiento grande… pero ¿cómo?”, la pregunta queda en el aire rodando como un espiral. Marga se muestra decepcionada. Pero no abandona la lucha jamás, ni está en sus planes. De casualidad, charlando con esta cronista, cuenta que cumplió 76 años el 17 de octubre. No le es ajena la fecha. Se ríe irónicamente: “¿Qué fecha, no?”
El feminismo es de los movimientos más grandes que tiene este país, y el que más orgulloso provoca diariamente para las miles de mujeres en todo el territorio nacional que ponen el cuerpo a las luchas, a los comedores, en los barrios, en las escuelas, en la salud, en el trabajo, en la comunicación. En el abrazo a otras mujeres. En la creencia de la transversalidad de los derechos, en un formato de vida que no nos encuentre únicamente como víctimas, sino como verdaderos sujetos de derecho: pero, ¿cómo podemos aceptar que esos derechos son universales si hay una gran mayoría que no los posee? ¿cómo se acciona con la gran multitud de deudas de la democracia con tantas mujeres desaparecidas y asesinadas, refugiada por la complicidad impune de los propios miembros del Estado?
Es claro que para esas preguntas, hay un grupo de madres que entregan su cuerpo, su vida y sus propios derechos para conseguir las respuestas antes de que sea tarde. Hay una comunidad organizada. Hay una madre que la guía. Hay una Margarita.
Considera que tomar la decisión de transicionar implica el cuestionamiento de todo lo impuesto. Se piensa mucho en la persona que se quiere ser, como te querés llamar y ver, dónde y de qué querés vivir. “Qué deja unx cuando se va, siempre está dando vueltas”. Por ejemplo, en la comunidad del ballroom esa preocupación se materializa a través de reconocimientos como los títulos de leyenda o icon que se consiguen después de muchos años de entrenamiento. “Quiero que me recuerden como una persona que trabajó incansablemente por dejar un mundo mejor”, sentenció.
No lo dice con solemnidad sino con vitalidad, como quien apuesta por el deseo colectivo. Tiene algo con las madres. Más bien, con una idea de maternidad que trasciende a la biología. Desea deshacerse por un otro que la necesita, darle todo para colaborar en la construcción de una persona ajena basada en el amor. Por eso, no habita su comunidad con pasividad y a través de sus obras milita en contra de una existencia castigada por un entorno que parece ser cada día más hostil. Recuerda haber encontrado al ballroom hace aproximadamente tres años llegada hace poco a Buenos Aires en la búsqueda de un espacio de pertenencia.
La exploración de la feminidad por fuera de la estructura de cómo debe ser una mujer es un desafío. El anhelo por libertad no empezó en Buenos Aires. Caro nació en Neuquén, en 1999, donde recuerda disfrutar con libertad del pelo largo y los juegos con muñecas. Pero más tarde se mudó con su familia a un pueblo de Entre Ríos, en el que tuvo que aprender a moldear sus gestos a una identidad más acorde a la masculinidad que se esperaba. “No fue hasta que me vieron sufrir en el cuerpo que habitaba que decidieron intervenir”, le contó a Marlene Wayar sobre la reacción de sus papás que más tarde la acompañaron cuando inició su transición a los quince años.
Esa elaboración de su mundo íntimo podrá ser caótica, pero gracias al ballroom pudimos conocer el personaje en el que viene trabajando los últimos años, una versión propia hiper segura, carismática y sensual. La música se desvanece detrás de gritos eufóricos. Carolina se plantó sobre la tarima con sus manos firmes a la altura de la cintura. Presume un vestido de uva oscuro que recorre las curvas de su cuerpo hasta la altura de los tobillos donde arranca la caída de un tul dramático. Sus ojos azules recorren desafiantes a su público y en una exhibición de control levanta una chalina del mismo color de su vestido que flamea junto con su pelo rubio y ondulado.
El ballroom nació en Nueva York en los años 70, creado por personas racializadas, queer y trans que habían sido expulsadas de los concursos drag por el racismo y la exclusión. Son espacios de reconstrucción. En Buenos Aires, la escena comenzó alrededor de 2017. Las casas funcionan como redes afectivas y creativas: familias elegidas donde les hijes encuentran contención, guía y cuidado. Eso también es política. “Los lazos afectivos son la base desde donde tenemos que poner en práctica estas ideas para el mundo que soñamos”, explicó Susy Shock, una de las artistas que Carolina siempre menciona como referencia.
Las ideas transformadoras surgen de experiencias sensibles. Caro ya no forma parte de la House of Glorieta, su primera familia artística. Sin embargo, sostiene vínculos significativos que trascendieron cualquier performance. Sería audaz intentar hablar de su recorrido sin mencionar a Kenny Bell, fue su hermano y hoy es su mejor amigo. Para él fue clara la vocación de su amiga para identificar necesidades ajenas durante su paso compartido por Glorieta. No se limitó a urgencias económicas, su compañero destaca que su interés alcanzaba la falta de contención y nunca escaseaba la predisposición para intervenir.
El ejercicio de esta cualidad sucede fuera de los balls. Por ejemplo, Keny recuerda que fue ella la que se dio cuenta que una de sus compañeras no estaba pudiendo terminar el secundario, y notificó a las autoridades de la House. “Es re mamá”, admitió finalmente.
Esta urgencia por la responsabilidad es extensiva hacia la historia de su propia comunidad. Kenny no olvida haberla escuchado decir que puede que se esté acabando el mundo, pero mientras tanto, podemos sostener a los demás. Reconoce las barreras de la comprensión que complican el vínculo con generaciones de mujeres trans que estuvieron a niveles de riesgo alejados de los que se enfrentan nuevas generaciones aún marginadas. “Hay cuidar y proteger a las más grandes”, sostuvo la performer y “sobre todo bancar con la paciencia que haga falta”
Todo lo que hacemos es político, pero su arte es el medio que ella elige para la batalla. Sus obras rebosan de ideas que se materializan en su movimiento, en su baile, en su escritura. Sus primeros dos libros son el archivo de su experiencia y el cuerpo es una parte esencial de su narrativa, es un espacio de conflicto entre la intimidad y lo público, la mirada propia y la ajena. Carolina Unrein escribe contra el olvido. Su escritura articula memoria, deseo y pensamiento político, pero también una ética del cuidado: escribir no solo para hablar de sí, sino para abrir espacio a otras voces.
En 2019 publicó Pendeja: diario de una adolescente trans, una colección de fragmentos íntimos donde exploraba la furia y la ternura de ser. Un año después, en Fatal: una crónica trans, narró su experiencia antes, durante y después de la vaginoplastía: “Papá agarrándome de una mano y mamá de la otra. Éramos una pintura renacentista. Había vuelto a nacer.” En sus obras, habita la elección de contar y transformar la vulnerabilidad en relato. Cada frase y recuerdo, es una forma de recordar que están y que existen. Enfrenta con vitalidad un entorno social hostil.
No es que no la seduzca la plata o que no fantasee con viajar por el mundo, pero detesta lo que ella define como la idea ingenua del individualismo. Sobre la realidad de las travas y travos con los que comparte espacios explica: “No saben a qué hospital ir, son excluidxs por sus familias, les da miedo el hospital porque los van a discriminar, no tienen para comer, van a la zona roja y no pueden hacer ni siquiera un peso, no tienen para pagar el alquiler… es una constante lucha”.
Ignorar esa realidad, para ella, es un crimen. Por eso, el arte no es un lujo, sino una herramienta indispensable. Necesita del arte para lograr su humilde objetivo: “Cambiar el mundo”.