Trukini: “En mis animaciones nada está hecho para atraer clicks”
El creador de los personajes que los pibes hoy llevan en sus termos y en la piel habló con Eter Digital sobre “los dibujitos” que surgieron de la nostalgia por su Rosario natal mientras vivía en Europa.
El creador de los personajes que los pibes hoy llevan en sus termos y en la piel habló con Eter Digital sobre “los dibujitos” que surgieron de la nostalgia por su Rosario natal mientras vivía en Europa.
Dante Farias (38) arrancó en la animación por cuenta propia con su notebook en su casa. Escribe el guión, hace la voz de la mayoría de sus personajes, de todo. La serie Tres Acordes, su ópera prima, retrata la vida de tres amigos desde la secundaria hasta las dificultades de la adultez. Su trabajo derrocha argentinidad, humor ácido y cuenta con una buena dosis de profundidad y reflexión. Para Trukini -su seudónino-, las personas son lo más importante en la vida. Su cercanía y calidez, y su precisión para retratar las vicisitudes de la interacción social hace que cualquiera pueda encontrar en sus animaciones experiencias en común.
-¿Qué es lo que más te gusta de tus animaciones?
-Que simplemente salen desde un lugar genuino. No hay nada que esté hecho para atraer clicks o para llamar la atención. Son historias simples sobre amistad, familia, amores, dimensiones paralelas y fantasía.
-Te definís como escritor antes que dibujante, algo que se refleja en la forma de contar historias. ¿Cómo te surgió esta forma de narrar una misma situación desde distintos puntos de vista?
-Había unos episodios de South Park a finales de los 90 (o principios del 2000) que estaban ligeramente conectados. Aunque era muy chico para entenderlo del todo, desde entonces empecé a prestar atención a las películas o series que trabajaban ese tipo de narrativas.
-¿Cuánto tiempo le dedicás a animar?
-Antes animaba y a la vez tenía laburos que me permitían subsistir. Para las temporada 4, 5 y 6 lo hacía desde las 8 de la mañana hasta la 1 de la mañana, en ese momento recién empezaba a dejarme una moneda. Fue cuando dijo: “Bueno, se puede vivir de esto, hay que meterle”. Con el tiempo traté de bajar un cambio y no vivir para trabajar. Por más que en las redes te traten de vago, no importa. Hay que aprender a vivir con eso. Ahora justamente tengo que recuperar el tiempo perdido.
-¿Aspirás a que tu contenido siga siendo de nicho?
-No, quiero que dé la vuelta al mundo y me haga multimillonario. Pero eso no sólo es imposible, sino que hay cosas que tampoco estoy dispuesto a hacer para que suceda.
-¿Qué te gusta y que no de la “popularidad” por ser conocido?
-La atención se la llevan las animaciones, yo camino por la calle sin que nadie me reconozca, no flasheo fama. Pero cuando voy a un evento y un montón de gente se acerca a contarme lo que vivió con la serie, me habla de sus amigos o familiares con quienes comparten los diálogos, o me regalan dibujos, fasito, mates, o cosas con la imagen de la serie, simplemente justifica las horas que pasé frente a la PC animando.
-Conocer a las personas y cómo funcionan forma parte de ser un buen escritor. ¿Qué o quiénes te dieron las herramientas sociales para plasmar en tus animaciones?
-En mis animaciones están plasmados diferentes arquetipos, desde el amigo bobo hasta la madre sobreprotectora. No hay gente específica que haya “inspirado” eso, sino que la suma de las actitudes de la gente que uno va conociendo encajan en las características de algunos personajes.
-¿Definite como amigo?
-Muy presente en situaciones importantes, ausente para salir o para boludear por WhatsApp.. Es que la animación demanda tiempo y energía.
-¿Cuáles son los momentos que más disfrutás?
-Cuando presento un episodio en vivo y escucho la reacción de la gente. Generar un estallido de risas en un bar repleto es una de las sensaciones más lindas.
-¿Qué podés adelantar de tu proyecto de tocar en vivo las canciones de la serie?
-Estuvimos ensayando todo el año pero nos costó un poco encontrar el sonido. Sobre todo porque vivimos lejos y nuestros ensayos fueron bastante espaciados, pero yo creo que ya casi estamos para salir a ver qué onda.
Jugando en la calle, andando en bicicleta, metiéndose en terrenos baldíos, “haciendo lío”. Mirando películas de acción y de terror, creando sus propios personajes e historietas. Emulando ser Indiana Jones, venerando a los superhéroes de las películas que le fascinaban como Jason y Freddy. Así recuerda Demian Rugna su infancia en la zona oeste del conurbano bonaerense.
El director y guionista argentino oriundo de Haedo incursionó en el cine de horror de forma lúdica y desde pequeño, a una edad a la que probablemente la clasificación etaria lo excluiría de las salas. Amante de la lectura, jugaba a hacer películas, creaba monstruos, escenografías, sangre falsa: soñaba con ser escritor y director de cine. “Mis ambiciones eran hacer películas de terror y ese sueño de chiquito después se fue transformando en algo que pude hacer”, cuenta.
El pasado 15 de noviembre del 2025 participó en el Festival “Haedo, Capital Nacional del Terror”, encuentro que reivindica el rol de la localidad en el mundo del terror por haberse filmado allí las películas de “Plaga Zombie”, hoy consideradas de culto en el cine de terror clase B.
Rugna recuerda que tenía cierta facilidad de chico, por haber aprendido tanto jugando. Y que le salía intuitivamente, entonces aprovechó para hacer y aprender haciendo: “Y el hacer me llevó a superarme cada vez más. Empecé a darme cuenta de que con mis cortos de la universidad generaba cosas en el espectador, que en ese momento tal vez eran algunos amigos y familiares”.
El director cree que esa etapa fue crucial para “construir algo alrededor” de su propio nombre, “algo” que lo pudiera propulsar como director el día de mañana. Y así fue. El chico que se crió en el oeste jugando en la calle con sus amigos y dibujando las películas que veía en la televisión, construyó el profesional que es hoy.
La síntesis de esos años pareciera ser ideal, pero también estuvo marcada por varios grises y claroscuros. “No es tan fácil como lo cuento”, aclara Rugna, quien se fue desarrollando en una profesión que, por momentos, le resultó frustrante y lo tentó a soltar las riendas y pensar otras alternativas.
Luego de 15 años como director y tres largometrajes realizados que no lograban consolidarlo, llegó su cuarta película en 2017. “Aterrados” le explotó en la cara como una bomba justo cuando evaluaba abandonar la profesión.
“Aterrados” (2017).
-¿Por qué “Aterrados” tuvo el éxito que las otras películas no tuvieron?
-Fue el largometraje que me posicionó como un director de cine. Tuvo la buena fortuna de tener distribución y que llegue a la gente. Ya había llegado a un momento de hartazgo, de que no lograba ninguno de todos los objetivos que tenía. Más allá de que podía hacer las películas con muchísimo esfuerzo, no las veía nadie; y yo no me podía mostrar.
Entonces fue un momento bastante bajón de mi vida, de mi carrera, me replanteaba dejar de hacer cine. Y de repente explotó “Aterrados” y pasé de dejar de hacer cine, a estar en Hollywood trabajando en un remake y con el ganador del Oscar, Guillermo del Toro.
Si bien el proyecto hollywoodense quedó en pausa desde la pandemia, su cuarta película no dejó de abrir puertas. Es que contiene todos los elementos que cualquier amante del terror busca en el género: desapariciones misteriosas, muertos que regresan, voces extrañas, entes sobrenaturales. El largometraje de 2017 presenta eventos que se desarrollan en un tranquilo barrio de Buenos Aires, al cual acuden un policía, un investigador y personal especializado en eventos paranormales, con el fin de esclarecer el misterio.
El largometraje tuvo muy buena recepción por parte del público y recibió algunos premios (“Mejor actor” y “Mejor película” en el Buenos Aires Rojo Sangre “Mejor película” en Festival Montevideo Fantástico), pero fundamentalmente preparó el terreno para lo que estaba por venir: “Cuando acecha la maldad” (2023). “Una bomba mundial” según las propias palabras de su director, que nunca hubiese visto la luz si no fuese por su antecesora.
“Cuando acecha la maldad” (2023).
El film transcurre en un pueblo rural y remoto donde dos hermanos descubren la presencia de un “embichado”, un “encarnado”, un hombre infectado por el demonio. Ambos deben deshacerse de este vecino antes de que todo el pueblo caiga en desgracia, pero el mismísimo caos se desata.
Nuevamente, Rugna nos bombardea con monstruos, sangre, vísceras, y agrega superstición, leyenda, nigromancia. La película recibió numerosos premios, entre ellos el de “Mejor película” en el Festival de Sitges, el evento cinematográfico más importante de cine de terror y fantástico. De esta forma, se convirtió en la primera película latinoamericana en recibir este reconocimiento.
Primero con “Aterrados”, luego con “Cuando acecha la maldad”, Rugna demuestra que en Argentina se puede hacer cine de terror: bien hecho, que asuste, que funcione. El director reivindica el género de horror en el país, y abre una ventana para atraer a ese público un tanto reticente que no suele mirarlo.
-¿Cómo ves el cine de terror argentino?
-Lo veo super bien. Siempre se consideró al cine de nuestro país como uno de los mejores del mundo y, ahora puntualmente, el de terror está super bien visto. Por mi parte, tuve la suerte de meter dos películas al hilo que han puesto al cine de terror de nuestro país en una consideración muy importante afuera.
No solo fue el éxito de mis películas, sino que hace un tiempito que muchas se van metiendo en todos los festivales del mundo. Y, para los que se dedican al cine, en Argentina hay una meca del cine de terror, no solo por la calidad, sino por la cantidad también.
Por supuesto que ahora, con este Gobierno nacional, estamos pasando por una merma considerable de todos los géneros, todo lo que se fue logrando se está desvaneciendo.
“Cuando acecha la maldad” (2023).
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La mayor parte de la película “Aterrados” se rodó en Ciudad Jardín Lomas del Palomar, partido de Tres de Febrero. Varias escenas de “Cuando acecha la maldad” se rodaron en Ciudad Evita (La Matanza) y Llavallol (Lomas de Zamora). Terror argentino, terror conurbano. Un terror cotidiano, palpable, tangible, que va desde lo paranormal en el interior de cualquier vivienda, a una leyenda popular que cobra vida en un campo rural: nuestras peores pesadillas se materializan.
-¿Qué buscas transmitir en tus películas?
–Soy bastante realista con los miedos. Miedo a la muerte, a lo desconocido, a sufrir, al dolor, a las enfermedades. Todos los tenemos. Y eso creo que es lo que a mí más cagazo me da.
Lo que busqué en estas películas es lo terrenal. Creo que parte de mi estilo es encontrarle un realismo, una verosimilitud a las situaciones; a no forzarlas, a que funcionen de forma orgánica. Pero, sobre todo, que haya un guión, una historia.
Lo que yo intento o busco es que no sientas que estás viendo una película, sino que estés inmerso en la historia. Y siempre desde un buen argumento, una buena historia, unos buenos diálogos, que creo es lo más importante que tiene que tener una película, sea del género que sea.
“Aterrados” (2017).
Miedo, buenos diálogos, buen argumento, buena historia: Rugna nos deleita con estos elementos en sus películas, elementos que el propio director encontró en “Martes 13: parte 3” (1980) y “El exorcista” (1976), dos de sus films predilectos; elementos que volvió a hallar en producciones más contemporáneas como “Bring Her Back” (2025) y Weapons (2025), y también en una que recuerda fue la última con la que sintió mucho miedo: la coreana “Ju-on” (2000). Y, como extra, recomienda ampliamente “Gokseong” (2016), de la misma nacionalidad.
Pero lo del director no es solo lo audiovisual. Si bien se está hablando de una posible secuela de “Cuando acecha la maldad”; se publicó el libro de “Aterrados”, basado en la película homónima, suceso que se suma a un productivo 2025.
–¿Qué se viene? ¿Qué más podemos esperar de tu universo?
-De lo que viene no tengo idea. Casi todos los días me despierto haciéndome esa misma pregunta. Tengo un montón de proyectos y sigo sumando, pero la dinámica del cine es muy compleja. A veces, para poder entenderla, siempre parece que estás por filmar y pasa algo que hace que se atrase o se cancele.
Por lo general, ya no digo más qué estoy haciendo; no por cábala, sino porque aprendí que las películas todo el tiempo se caen, y es un bajón después estar explicándole a todo el mundo qué sucede. Pero sí puedo decir que habrán tres o cuatro películas, muy pronto.
Obviamente que no voy a poder hacer las cuatro, haré una si tengo suerte. Son películas de terror; y una comedia negra dando vueltas también. Esperemos que pronto tenga alguna fecha para enfocarme en una. Pero igual, estoy en un millón de cosas.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
Mauricio Benítez mide 1,68. Es morocho, de nariz ancha, pelo oscuro, barba apenas crecida. Tiene un cuerpo grandote, morrudo, de esos que imponen presencia. Recién termina de trabajar —hizo herrería, algo de pintura— y llega corriendo a su casa para la entrevista.
Como cada día, se levantó a las seis de la mañana, pero todavía le sobra energía. Se cambia rápido, pone la pava y prepara el mate. El agua tiene que estar hirviendo. Literalmente. Su sonrisa franca, sus dientes desparejos o ese modo de hablar que se le escapa entre risas cuando recuerda anécdotas son su marca registrada.
Como aquella vez en “El Suplente”, película de Diego Lerman en la que tuvo un pequeño papel como guardia de hospital, una señora se acercó a pedirle indicaciones creyendo que era personal de seguridad real. A él le divierte esta situación: “Eso es actuar bien”, dice con orgullo. Y no está tan lejos de la verdad: su cuerpo ya había llamado la atención de varios directores en papeles similares antes de conseguir el rol que, sin buscarlo, le cambiaría la vida.
Es que el joven de 38 años es insistente. Busca vida. Pero, sobre todo, es empático. “Yo tengo un medidor de emociones”, dice en un momento de la entrevista y con eso define mucho más que una frase. Habla de saberse medir frente al halago, pero también frente a lo que no le sale.
Puede reconocer cuando otro se quedó afuera. Como le pasó a Brian Maciel, “un pibito de 20 años, flaquito y rubio”, el actor que originalmente iba a interpretar al Teniente Moro en “El Eternauta”,la serie más vista en Netflix basada en la historieta de Héctor Germán Oesterheld y Francisco Solano López, y el personaje que finalmente quedó en manos de Mauricio. “Yo estaba contento, claro, pero un poco mal también. No era culpa mía, por edad y contextura física a último momento decidieron que daba más con el personaje, pero uno piensa en el otro”, recuerda.
Mauricio nació en 1988 bajo el signo de Escorpio, en el barrio de Gregorio Laferrere, en La Matanza. Aprendió a construir su historia sobre tres ejes: trabajo, fe y actuación. En ese orden, o en otro pero siempre entrelazados. Perdió a su papá y a un hermano antes de nacer, aunque la tragedia no se cortó ahí: cuando tenía 12 años, perdió a otro hermano más. En total, su madre tuvo 12 hijos: ocho mujeres y cuatro varones.
El dolor le pegó justo cuando entraba a la adolescencia. Podría haberse “ido por otro camino”, como se dice en su barrio pero eligió: cargar baldes, levantar paredes, pegar afiches, disfrazarse de pájaro azul en Liniers y volantear. Todo, mientras soñaba con actuar.
Tenía siete años cuando se subió por primera vez a un escenario improvisado, de la mano de la ONG Kiosco Juvenil. La organización ofrecía clases de teatro gratis en Laferrere, y hacía que los pibes y pibas practicaran frente a cámara para después cagarse de risa viéndose en la televisión. Por desgracia, no quedó ningún cassette de esa época. Todo era un juego, pero el bichito de la curiosidad por el escenario ya lo había picado.
Al año, los talleristas dejaron de ir. La madre de Mauricio recuerda el día en que él, con los ojos vidriosos, la miró y se animó a decirle que quería seguir haciendo teatro. Ella sufrió al explicarle que no podía llevarlo: no había ni tiempo ni dinero. Quedaba muy lejos. Mauricio lo evoca distinto: “Mi mamá me lo explicó con tanto amor, que yo lo acepté sin reproches. Nunca nos hizo faltar ni un plato de comida”.
A los 18, en 2006, la ONG seguía funcionando y él, que ya estaba por terminar la secundaria volvió. Era eso o trabajar. Terminó haciendo las dos cosas. Unos años después, le pidió al profesor que lo llevara hasta Morón y que lo acompañara a anotarse en la carrera de actor municipal. No se animaba a ir solo en tren y no tenía quien lo acompañara. El profesor le dijo que sí, lo llevó en su auto y ese viaje le cambió la vida.
Desde entonces no paró: cursos, talleres, escenarios. En 2013 se recibió como actor profesional en una escuela de San Justo. La actuación, que arrancó como un juego, se convirtió en una profesión que anhela ejercer de tiempo completo.
De lunes a viernes trabaja con su hermano en una empresa estatal que construye escuelas en el conurbano; él lo subcontrata. Mauricio hace pintura y se defiende con la herrería. Cuando tiene un casting o una nota, se toma el día o sale más temprano. “No cualquiera tiene esa suerte”, reconoce. Ese margen de libertad es clave para él, porque sabe que la construcción es un trampolín para seguir de pie. Pero lo que realmente quiere es vivir de la actuación, dedicarse solo a eso. Y repite casi como un mantra: “Si Dios quiere…”
La gente lo conoció por sus apariciones en “El Suplente”, “La 1-5-18”, “Maradona: Sueño bendito”; pero lo de “El Eternauta” fue otra cosa. Fue el salto o su entrada por la ventana. Se había preparado para otro papel —un operador con casi ninguna línea—, pero cuando el director Bruno Stagnaro lo miró, le dijo: “Vos vas a ser el Teniente Moro”.
Mauricio tenía 35 años en el 2023, el cuerpo firme, la voz potente. Daba con el personaje. Aprendió el guión en 20 minutos y terminó grabando 27 jornadas en lugar de tres. Stagnaro lo felicitó, aunque reconoce que se puso nervioso en una escena con Ricardo Darín. El mismo actor que hace de Juan Salvo lo tranquilizó y le sugirió que lo hiciera de otra manera. Y le funcionó. Cuando lo cuenta, se le nota en la cara el agradecimiento.
Celeste es su pareja actual y la madre de su última hija. Se conocen desde 2021, si bien ya se tenían de vista del barrio. Un día, Mauricio se animó a hablarle y así empezó su historia. Ella recuerda y relata con pausas esos días: “Me mandaba mensajes desde el rodaje, con fotos, con videos”. “Cuando conoció a Darín se le notaba la emoción. Estaba cumpliendo un sueño”, cuenta y sonríe al final de la frase.
“Yo fui feliz trabajando en ‘El Eternauta’, pero después entendí que la verdadera felicidad era poder comprarle cosas a mi mamá con los frutos de ese trabajo”, reflexiona el actor que vivió siempre con su madre. Bueno, hasta hace unos meses, que se mudó con su mujer.
Con su primer sueldo grande —$5.000.000 en tres meses, equivalente a 60 salarios mínimos de 2023— se compró un auto usado (al que se le fundió el motor en dos días), una moto 0 km, dos televisores, una heladera, una PlayStation y una máquina de coser para ella. Su mamá no tenía tele hacía tres meses: se le había quemado. Mientras deja la bombilla delante de sus labios, listo para tomar otro mate, cuenta orgulloso que su madre nunca pensó que alguien le iba a regalar un televisor. “Yo ya gané”, sentencia y se emociona. Se le llenan los ojos de lágrimas, ninguna llega a caer por la mejilla.
Hay una herida que Mauricio no nombra todo el tiempo, pero está. De chico fue tartamudo. Ahora, de grande, apenas se le nota. Cada tanto tropieza con una palabra. Su mamá le contó que, cuando tenía dos o tres años, después de un susto muy grande, se quedó un año sin hablar. “Me costaba mucho. Pero el teatro me curó”, dice sin vergüenza de exponer su punto débil. Y tiene razón porque cuando actúa, no tartamudea. Nunca lo llamaron para hacer de tartamudo, pero sí de guardia de hospital, de exjugador de fútbol, de teniente. Mauricio se transforma, habla y se hace escuchar. “Mucha gente me pregunta si soy tartamudo… y yo digo: sí o lo era, no sé. Capaz que todavía lo soy”, se ríe.
A Fabián Benítez, su amigo, coach y representante, lo conoció en un taller de actuación que brindaba en la Villa Zavaleta en 2016. Dice que, desde el primer encuentro, lo percibió como alguien distinto. “Mandado, entusiasta, sociable, predispuesto”, así lo describe. Mauricio había llegado al taller de Actores de Villa por curiosidad, se quedó por convicción. “Mauri” —como le dice siempre— “no va a ver qué onda. Va en serio. Tiene vocación, compromiso y hambre de aprender. Y de trabajar”, cuenta Fabián.
Él mismo fue quien lo preparó para castings, lo acompañó en escenas, lo vio crecer. “Le tocó algo lindo con ‘El Eternauta’ y eso le ayudó mucho con su confianza. Al principio no dimensionamos lo que era, después fue un shock hermoso para todos”, comparte con orgullo su representante que le consiguió el casting, y hasta él mismo tuvo un papel chiquito en la mega producción de Netflix. De Actores de Villa salieron los siguientes actores: Lucas D’Amario (Monzón), Diego Gallardo (El Marginal 5, Un Gallo para Esculapio y Santa Evita) y Mauricio.
Gracias a la exposición que supo aprovechar, Mauricio forma parte de cinco proyectos —en cine, televisión y publicidad— pero dice que selecciona “bien, ya no cualquier cosa”. La etapa del estudiante para él ya pasó. Aunque si hay que volver a volantear, volvería. “Pero ahora priorizo otras cosas: la familia, el tiempo, el contenido de los trabajos”, dice quien ahora puede elegir, aunque con un poco de miedo a que la gente piense que se la creyó.
Hoy viaja en tren y en bondi. Vendió el auto y la moto que se compró y, con la plata de “El Eternauta” está construyendo su casa con sus propias manos. Literal. Mientras tanto, sueña con que su hija recién nacida —la primera junto a Celeste— crezca viéndolo trabajar de actor. Él enfatiza que, aunque esté cansado, la bebé es su mayor motivación: le da fuerza para levantarse todos los días. Además de tener lo suyo, expresa: “Sueño con comprarle una casa a mi mamá. Que viva bien. Que esté. Ojalá me dure 20 años más”.
Es la primera vez que Celeste habla para un medio y se nota en su voz. “Mauricio es muy familiero. Ama a su mamá, la cuida. Es muy atento: siempre se fija si necesita algo, si está bien. Conmigo es igual”, dice y sigue: “Como actor admiro la perseverancia que tiene en cada trabajo. Empezó desde abajo, sin dejarse influenciar por nadie, siguiendo su corazón y su amor por lo actoral. ‘El Eternauta’ no cambió en su personalidad: sigue siendo el mismo”.
El chico de Laferrere no quiere ser famoso. Quiere trabajar, que lo llamen, que lo miren, que le dejen hacer lo que ama sin tener que dejar de ser quien es. Sabe que “El Eternauta” le abrió puertas por eso se anima a escribirle a cuanta persona tenga un programa en algún medio para que le den espacio para una entrevista. Tampoco duda en abrir las puertas de su casa —aunque esté en plena construcción y tenga que tapar los muebles con sábanas—.
Sabe que si se queda quieto, se enfría. Aunque el frío quizás no sea algo malo, eso lo tiene claro desde chico, desde que vio una entrevista a Charly García. “Charly dijo una vez que ser artista es cagarse de frío. Entonces yo soy un artista de la concha de la lora”, lanza sin reparo y entre risas mientras se toma el último mate, el que cierra la ronda… y también nuestra charla. Es la despedida.
*Estudiante de la carrera de Periodismo y Producción de contenidos a distancia.
En la Comisaría Quinta del barrio de Almagro, en la Ciudad de Buenos Aires, se hace el silencio cuando se escucha: “Soy la mamá de Graciela Susana Betker“. Nadie contesta. Se miran entre todos. ¿Quién se va a hacer cargo? Uno parece que está por hablar. Le pregunta: “¿Y usted cómo se enteró?”. En ese momento, Margarita pensó en contestarle: “¿A vos, ¿qué te importa?”. Pero no. Ella tenía que mantener la compostura, sino, no iba a saber nunca dónde estaba el cuerpo de su hija. Apretando los dientes, escupió: “Me avisó un vecino”.
Bajo esta tensión, y como si fuese un protocolo cualquiera, así se manejaron 5 policías soberbios, desentendidos, defensivos. Le dijeron a una madre que no había sido notificada por el hallazgo del cuerpo de su hija porque ella ya no vivía en el domicilio constatado en su DNI. El oficio judicial fue enviado y descartado. Si Margarita no recibía el llamado del compañero de su marido Miguel, esta sería otra historia…
Graciela Susana Betker estuvo desaparecida por la trata de personas durante un año. Tenía 17 años, había empezado a salir con un hombre 25 años mayor que ella. Ella era Susy para todo el mundo. Es el tatuaje que lleva Margarita Meira, su mamá, en su muñeca izquierda, en tinta negra, expandida, gruesa y clara: prendida en la piel.
—El fiscal no sabe que tiene que cotejar las huellas en el registro civil para averiguar la dirección y los padres de la chica que aparece muerta. Entonces, se da la orden de enterrarlas como NN. A mi Susy le iban a hacer lo mismo.
Yo no tenía nada ni nadie. La asesora tutelar de menores me decía: “Tiene 17 años y sabe lo que hace, no estamos para cuidarla”, yo le decía que no quería que me la cuide, quería que me la encuentre.
El despacho del equipo de abogadas de Madres de Víctimas de Trata se encuentra en pleno centro de la Ciudad, sobre Avenida de Mayo. Apenas está lista la cámara, trípode y luz, Margarita se tapa la remera blanca de estampado dorado para sombrearla con la pechera que lleva a todos lados, sin falta, y sin remedio: “MADRES VÍCTIMAS DE TRATA, DESAPARECIDAS PARA SER PROSTITUIDAS”. Letras grandes y claras. La palabra víctimas, en rojo. Un dibujo de una pequeña jaula justo debajo. Antes de poder apretar el botón de grabación, ya está hecho el nudo a sus costados, acomodado entre sus collares. Es como la capa de una superheroína. El pronunciamiento más fuerte. Es una acción similar a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo: antes de cada movilización, de cada entrevista, evento y juicio, aparece el pañuelo blanco.
Margarita era cercana a Norita Cortiñas, madre de Plaza de Mayo. Antes de morir, en 2024, le dijo a Marga: “Lo nuestro fue hace mucho tiempo y fue accionar del terrorismo de Estado, sabiendo qué hacían con nuestros hijos. Lo de ustedes está sucediendo ahora, en plena democracia. Tienen que marchar enfrente nuestro”.
Las Madres de Víctimas de Trata movilizan siempre con una barredora con las cientas de desaparecidas por el negocio macabro de la prostitución en nuestro país. En el año 2021, en el Encuentro Plurinacional de Mujeres en la provincia de Chaco, Marga estaba marchando junto a la mamá de una chica desaparecida.
—Yo quería que en la bandera de arrastre se ponga la foto de una piba desaparecida de esa provincia. Era una simple foto. Y me dijeron que eso ensuciaba la bandera. Me persiguieron entre 30 y me quisieron pegar. Que me peguen, que me rompan, ¿qué me van a hacer? nosotras no estábamos cometiendo un delito. ¿No saben lo que costó? ¿Quién está primero? ¿La foto de una chica buscada o una bandera?
Cuando una madre te cocina
Margarita ha logrado convertir el dolor en la búsqueda, el odio en la compasión, y el rechazo de diferentes sectores en este desinteresado acto de amor: la actual sede de Madres, ubicada en Buenos Aires, Constitución, funcionó desde el año 1989 como un comedor para combatir la pobreza del barrio, característica del contexto socio-político de la época, a fines del gobierno de Alfonsín. Marga aclara, puntualmente, que fue tras los saqueos a los supermercados en el año 1988, donde se desató el caos colectivo, y que fue fundado con la ayuda incondicional de su hija Susy.
Hasta el día de hoy, ella y otras madres cocinan para alimentar alrededor de 630 personas por día. Sobre la calle Ciudadela al 1200, se hace la fila eterna para una vianda al mediodía. Asimismo, en la casa conviven seis mujeres rescatadas de prostíbulos de Argentina. “Hoy hacemos de todo para que las chicas también puedan entretenerse. Estamos haciendo talleres de oficio como costura, velas artesanales, pedicura, manicura, todo lo que sea con salida laboral, así pueden tener un trabajo y un ingreso”, cuenta Margarita y amplía: “Yo vendí nuestro auto para alquilar esa casa mientras estábamos escondiéndonos de la dictadura, más o menos en el año 1981. Mi marido y yo éramos militantes peronistas. Nunca pensé que iba a quedarme toda la vida”.
Cuando Marga perdió su casa mientras buscaba a Susy, decidió instalarse definitivamente en la sede. “Me hice un entrepiso y ahí duermo yo. Pero me gustaría tener otro lugar, ya no tengo 20 años, ¿viste?, en ese lugar no hay intimidad, ni fiesta, ni reuniones. Hay víctimas de trata”. Entonces nombra a la única madre de desaparecida que la acompaña en la sede, Lucía. La identidad de su hija fue restituida a través de la búsqueda de Margarita, siempre al compás de su encargada de legales, la abogada Marcela Cano. Había sido enterrada como NN hacía 11 años atrás.
Cuando Margarita se encuentra en duda de alguna fecha, testimonio o nombre, Marcela la corrige, y le dice: “No Marga, así no fue. ¿Te acordás que lo hablamos hace poco?” y ella, casi vergonzosa, replica: “Sí, ya sabes que yo soy la ignorante de las dos”. Se admiran entre ellas, se cuidan. Marga es impulso, rescate e inmediatez. Marcela es estrategia, fluidez y certezas.
Matricularse legalmente en cada provincia cuesta 1 millón de pesos. Actualmente, Madres de Víctimas de Trata está asentado en 5, entre ellas se encuentra Chubut, Santa Fe, y Córdoba. Marcela cuenta que tuvo que vender 2 autos para matricularse en la última provincia para poder accionar en las causas judiciales, y para poder inaugurar el restorán “Che, Papusa”, cuyo objetivo principal es que las chicas sobrevivientes de la trata puedan efectivamente reinsertarse escalonadamente en la sociedad mediante el trabajo, juntas y acompañándose entre ellas.
El resto bar ubicado en Paraná 1500, centro de CABA, emplea a seis mujeres rescatadas. Marcela cuenta: “Este lugar era lúgubre, los vecinos se quejaban de las ratas, pero en menos de tres meses lo pusimos en valor y arrancamos sin sacarle la esencia del tango”, haciendo referencia a que en esa esquina Aníbal Troilo componía sus históricos temas. “Y vos ves que se gastan dinero en cualquier pavazo. Una ministra de género con 200 empleados y no nos recibió nunca. En 30 años no me recibió ningún presidente ni ningún funcionario”, suma Margarita.
Pero eso no fue ni es impedimento para una fundadora como ella. “Si no voy a llevar presos a los procesados, yo me quedo en mi casa disfrutando de los últimos años que me quedan. Yo no estoy para hacer propaganda. No me interesa”.
Cuando una madre te busca
—Yo fui testigo de un proxeneta para sacarle información.
En 2017, Marga se dirigió a la puerta de un prostíbulo muy reconocido de CABA, situación que quedó televisada por un medio periodístico cuyo nombre se reserva. Allí, un hombre estaba en la puerta custodiando la entrada. Al tiempo, ese mismo hombre fue desvinculado del boliche por aparecer su cara en la televisión pública, y contactó a Margarita para que fuera su testigo por juicio laboral. “Yo pensaba: ¿qué hago? ¿cuánta data le puedo sacar? el corazón se me salía del pecho. Y le dije que sí”, detalla. Allí empezó otra dura investigación encubierta que hasta el día de hoy sigue esperando justicia. En una conversación previa a una de las audiencias, Margarita le preguntó por qué habían matado a una chica en ese prostíbulo. Él le admitió: “No, eso no fue ahí. Eso lo hacíamos en otro lado…”
Cuando una madre lucha
Así como este caso, Meira atraviesa decenas por año. Le devuelve la identidad a las mujeres que el Estado le dio la espalda. “Hoy mantengo el comedor por las madres de las víctimas. Cuando a una le desaparece una hija, lo que más necesita es un plato de comida y un abogado. Y de eso, el Estado, no se encarga”.
“Acá la agenda es trabajar el abolicionismo y el feminismo en conjunto: ojalá un día se de la discusión como corresponde, y que el Estado prohíba lo que tiene que prohibir”, dice, pero se nota desilusionada. No cree que tenga un movimiento contundente que la respalde: “Esto va a cambiar si el pueblo se pone de pie. Porque movimientos sociales hay muchos, pero este es el único contra la trata. Mi sueño es tener un movimiento grande… pero ¿cómo?”, la pregunta queda en el aire rodando como un espiral. Marga se muestra decepcionada. Pero no abandona la lucha jamás, ni está en sus planes. De casualidad, charlando con esta cronista, cuenta que cumplió 76 años el 17 de octubre. No le es ajena la fecha. Se ríe irónicamente: “¿Qué fecha, no?”
El feminismo es de los movimientos más grandes que tiene este país, y el que más orgulloso provoca diariamente para las miles de mujeres en todo el territorio nacional que ponen el cuerpo a las luchas, a los comedores, en los barrios, en las escuelas, en la salud, en el trabajo, en la comunicación. En el abrazo a otras mujeres. En la creencia de la transversalidad de los derechos, en un formato de vida que no nos encuentre únicamente como víctimas, sino como verdaderos sujetos de derecho: pero, ¿cómo podemos aceptar que esos derechos son universales si hay una gran mayoría que no los posee? ¿cómo se acciona con la gran multitud de deudas de la democracia con tantas mujeres desaparecidas y asesinadas, refugiada por la complicidad impune de los propios miembros del Estado?
Es claro que para esas preguntas, hay un grupo de madres que entregan su cuerpo, su vida y sus propios derechos para conseguir las respuestas antes de que sea tarde. Hay una comunidad organizada. Hay una madre que la guía. Hay una Margarita.