Jorge Alberto Brandoni, ‘Palito’, 65 años, ex volante central del Ferro campeón del ‘82 y del ‘84, con pasos también por Comunicaciones, Defensores de Belgrano, River, All Boys y Chaco For Ever, actual director técnico, cuenta detalles de su carrera deportiva.
Además, describe cómo fue jugar y trabajar al mando de Carlos Timoteo Griguol, cuya muerte el pasado 6 de mayo conmovió a todo el mundo del fútbol.
Por Alejandro Doldán Sánchez y Lorenzo Molfetta Rapassi
— ¿Cómo te tomó la noticia de la muerte de Timoteo?
— Yo estaba en contacto con la familia. Desgraciadamente sabíamos que esto podía ocurrir, pero hasta que no ocurre uno siempre tiene la esperanza de que lo pueda revertir. Lamentablemente, no fue así, y nos ha dejado un ser humano de una hombría, de una profesionalidad, una honestidad, no solo futbolísticamente hablando, que tuve la suerte de tenerlo siete años. Él te enseñaba a ser persona, para después hacerte jugador de fútbol. Decía: “Cuanto mejor persona sos, mejor vas a jugar al fútbol. Cuanto más estudies y más inteligente sos, mejores decisiones vas a tomar dentro de una cancha de fútbol”. Él era un ejemplo todos los días. Todos los días había algo nuevo respecto a la vida y eso te ayudaba a seguir creciendo.
— Era un técnico completo, y más que eso, era un formador más allá de las cuatro líneas…
— Formador, esa es la palabra. Y se había armado de un cuerpo técnico que reunía las mismas características. El Cai Aimar, que era el ayudante y coordinador de Inferiores, fue el hijo que no pudo tener (él tenía cuatro hijas), fue muy importante también. Ni que hablar de Bonini, el preparador físico. Fue un trío muy unido, que vivía las 24 horas para mejorar. Los resultados de a poquito se fueron dando, más allá de que el primer semestre de Ferro en el ‘80 no fue nada bueno -hubo un partido clave, que fue contra Racing, en cancha de Ferro, donde perdíamos 4-1 y terminamos ganando 5-4; a partir de ahí hizo el clic el equipo y empezó a crecer-. Pero todos mejorábamos gracias a Carlos Timoteo Griguol, al Cai Aimar, y a Luis Bonini.
— Los tres eran imprescindibles. — Sí. A mí me gusta nombrar siempre a los cuerpos técnicos. Porque nunca es el técnico solo: él es el que lleva la batuta, el que más gana, al que lo contratan, y el que después forma el equipo de trabajo. Siempre a un cuerpo técnico estable, de gente capaz, profesional, honesta, le va a ir muy bien en donde vaya a trabajar.
En 1981, Ferro peleó el Nacional contra el River de Kempes y el Metropolitano contra el Boca de Maradona. En los dos salió subcampeón, pero luchando ambos hasta el final.
— ¿Cómo hacían siendo un equipo “chico” para pelearle mano a mano a los grandes?
— Griguol siempre nos decía que si queríamos competir a nivel, siempre teníamos que estar dos goles arriba, de cualquier equipo. Sabiendo que siempre los equipos grandes tienen esa pequeña ayuda de los réferis, y les permiten cosas que a los chicos no. Entonces nosotros teníamos que estar por lo menos dos goles arriba, como para salir airosos. Y teníamos que correr más y jugar mejor que ellos. Y lo logramos, por el gran trabajo que hacíamos.
— ¿Cómo manejaba el equipo Griguol?
— Él era muy exigente en las pretemporadas, y después mantenía esa exigencia en los entrenamientos. Jamás concentrábamos: nos solíamos juntar cuatro horas antes del partido; comíamos algo, jugábamos un poco a las cartas, charla técnica, y salíamos a la cancha. Era muy simple, y la verdad que fue innovador: fuimos los primeros que no concentrábamos.
Había confianza; jamás una llamada por teléfono. Él veía el rendimiento, y decía que no hacía falta ser policía ni nada por el estilo. Y con el gran trabajo que hacíamos después podíamos llevar a cabo la superioridad en el campo de juego. Eso fue esencial en la parte física, técnica y táctica. Y después, por supuesto, en el nivel de los jugadores. Era un técnico que los potenciaba, les sacaba lo mejor de ellos. Había mucho respeto, mucha seriedad al momento de trabajar, y también había mucho divertimento cuando se podía. Fue una etapa hermosa: estuve siete años en los que todos los días se aprendía algo nuevo.
— Cuando llegó Timoteo en el ‘80, ¿cómo se vivió en el grupo? ¿Cuánto costó adaptarse al trabajo y a las ideas que proponía?
— Cuando me compra Ferro, yo venía de Defensores de Belgrano, en la segunda categoría. Fue un cambio muy rotundo con respecto a la preparación física. De movida costó. Apenas llegó Griguol, un 2 de enero, los dirigentes lo presentaron y él puso las pautas de trabajo. A partir de media hora de charla en el vestuario, a buscar la ropa y a entrenar. El primer día creo que dimos 20 vueltas alrededor de la pista de atletismo de Ferro, y no estábamos acostumbrados. A partir de ahí empezó el trabajo ese que tuvo sus frutos. Él siempre decía: “Si a la noche salís, la mañana es triste. El jugador se tiene que cuidar, la vida del futbolista no es muy larga. Hay que aprovechar todos los momentos”. Decía que Ferro tenía que pensar en cosas grandes y no en tener que pelear por el descenso. Y afortunadamente se dio así.
— ¿Creés que sería posible llevar adelante hoy en día un proyecto a largo plazo como el de Griguol, con la urgencia por obtener resultados y la dificultad para retener jugadores?
— Y, es más difícil. Pero cuando llegó Griguol en el año ‘80, nosotros veníamos a los tumbos en el primer semestre, y si se perdía ese partido contra Racing, a mí me parece que lo echaban. Porque siempre el técnico tiene que sacar buenos resultados. A veces la suerte te tiene que acompañar, y a partir de ese partido -no es fácil remontar un 4-1 contra un equipo grande- revirtió la situación. Pero ahora es mucho más difícil. Vemos que ahora mismo en Racing a Pizzi, en menos de tres meses, ya lo quieren echar, y que cambian de técnico muy seguido. Siempre es muy difícil que un técnico, en el corto plazo, pueda sacar buenos resultados. Es una profesión linda, pero es muy ingrata.
— En esos años, los grandes medios tildaban a Ferro de ultradefensivo, aburrido y especulativo. ¿Cómo vivías esas críticas sin fundamento de la prensa hegemónica?
— Nos daba bronca. El gran impulsor de todo eso fue Clarín, con (Horacio) Pagani a la cabeza. Es lo del famoso programa con Alejandro Fabbri en que le dijo “payaso mediático”. Sabemos que la prensa tiene mucho poder y que Ferro en ese momento no le convenía a nadie, como Argentinos Juniors, como Estudiantes de La Plata. Porque Ferro salió campeón invicto, y después también contra River en el ‘84, y habrán vendido 15 “Gráficos”, por decir una cifra. En cambio, cuando salían campeón Boca o River, o Independiente, San Lorenzo, Racing, en menor medida, explotaba todo. En ese momento en que no existía internet se leía mucho el papel, los diarios, las revistas. Ahora dejó de existir todo eso, pero en ese momento era muy importante para los medios que los grandes salieran campeones, porque se vendía mucho más, por supuesto.
— Te tocó compartir equipo con Cacho Saccardi, que jugaba en tu posición y era el ídolo del club. ¿Cómo fue esa convivencia?
— A partir del ‘80, cuando cae Griguol, tuvimos una charla, y me dijo que iba a arrancar con Cacho Saccardi, por diferentes motivos, por trayectoria, y que yo estuviera a tono. Y estuve bastante tiempo en el banco, casi dos añitos. Pero, ¿qué pasaba? Como Ferro ganaba casi todos los partidos, yo entraba en todos. Entonces lo mío fue bastante participativo, más allá de que me hubiera gustado jugar siempre. Pero también entendía que el que estaba adelante mío era un jugador con excelentes condiciones físicas y técnicas. Era el ídolo del club, y reemplazar al ídolo no es muy fácil. Pasa en todos los equipos. Es muy difícil, porque siempre te van a comparar. Y bueno, cuando Cacho deja el fútbol en el ‘83 porque ya estaba grande y tenía un problema en la rodilla, el ‘Viejo’ me dijo: “Ahora llegó tu turno. Ya no vas a entrar más desde el banco, ahora la 5 va a ser tuya. Llegó tu momento”.
— Siempre nos decía cosas, tanto a Cacho como a mí, que las fuimos incorporando. Como hacer el triángulo con los dos centrales; porque Ferro defendía con tres solamente, porque los marcadores de punta atacaban, y cuando los centrales se tenían que ir a los costados, el volante se tenía que meter en el medio, como un defensor más. Esas eran cosas que entrenábamos, y era muy difícil que nos agarraran mal parados. Estaba tan bien sincronizado el trabajo que era muy difícil que nos ganaran. Por eso salimos dos veces campeones; por eso salimos tres veces subcampeones; por eso en esos años, del ‘80 al ‘86, no bajábamos del 4° ó 5° puesto. Siempre estábamos ahí peleando todo.
— Viviste grandes momentos como jugador: saliste dos veces campeón de Primera, peleaste torneos palo a palo contra los grandes, jugaste la Libertadores. ¿Con cuál te quedás?
— Recuerdo tres momentos: mi primer partido en Ferro, en el ‘78, cuando debuté contra Racing de volante por izquierda; después, haber salido campeón invicto en el ‘82 contra Quilmes. Y el tercero fue el campeonato del ‘84 contra River en su cancha. Fue el mejor partido de la historia de Ferro. Ojalá lo puedan superar, pero no creo. Los dos campeonatos fueron importantísimos: el primero porque es el primero, pero se le ganó a Quilmes. Y no quiero desmerecerlos. Pero ganarle a River, en cancha de River, 3-0, a un equipo con Pumpido, con el ‘Tolo’ Gallego, Francescoli, Alonso, con Cubilla de DT… es mucho más relevante. Lamentablemente es así. Entonces, si de los tres me tengo que quedar con uno, me quedo con el 3-0 en cancha de River.
— También te tocaron momentos difíciles, como ser entrenador de Ferro (en dupla con Juan Domingo Rocchia) unos meses antes del descenso.
— Mirá, entre los años como jugador, como entrenador de Primera, como coordinador de Inferiores, estuve 13, 14 años ligado a Ferro, y la pasé siempre muy bien. Más allá de que en algunos momentos el club ya no estaba pasando una situación acorde a como había sido la década del ‘80, pero había que poner el pecho, no quedaba otra. Para tratar de devolverle a Ferro todo lo que nos dio a nosotros, ¿no? A veces no solamente hay que disfrutar las buenas, sino que también hay que saber poner el pecho cuando la cosa no viene bien. Y tengo el orgullo de que cuando Ferro estaba en pésimas condiciones, al borde de la quiebra, a mí me llamaron y yo le dí una mano. Es así.
Como director técnico también tuvo pasos tanto como primer entrenador o como ayudante, por Laferrere, Chacarita, Huracán, Lanús, Jorge Wilstermann, y por la Inferiores de Racing, All Boys y Platense. Además, encabeza como Secretario General la agrupación Técnicos Unidos Argentinos, la principal lista opositora de la Asociación de Técnicos del Fútbol Argentino (ATFA), cuyas elecciones están en suspenso hace más de un año por la pandemia de COVID.
— Has sido muy crítico del periodismo deportivo. ¿Cuál es tu opinión sobre su rol?
— Hice una crítica muy grande hace poco, cuando anunciaron la muerte de Griguol (NdeR: el 26 de abril, diez días antes, los medios replicaron una fake news sobre su supuesto fallecimiento). Periodistas profesionales, cadenas importantes, todos los canales de aire, se hicieron eco de no sé dónde. Cuando me desperté y vi en TyC “Falleció Carlos Timoteo Griguol”, lo primero que hice fue llamar a Víctor Marchesini, yerno de Griguol, que jugó conmigo. Me dijo que lo estaban volviendo loco, que estaba internado, pero no había fallecido. Entonces ahí enloquecí. ¿Cómo puede ser que nadie averigüe? Hay una familia atrás, gente que lo quiere mucho. No pueden hacer eso, puede causar mucho daño, tienen que ser responsables. El querer ser primicia no puede hacer que hagan cosas como estas. Pasaron recién diez días para que falleciera.
Otra cosa que siempre me irritó mucho es que los periodistas tienen buena onda con los que les regalan camisetas y los que los invitan a comer, entonces siempre les hacen buenas notas a ellos. Y quizá jugaban para 4 puntos y les ponían 6 ó 7.
— No es casual que muchos jugadores que fueron dirigidos por Timoteo hayan terminado siendo directores técnicos, vos entre ellos. ¿Qué fue lo más importante que te dejó y que intentás inculcar en el fútbol?
— Él siempre decía que hay que ser honesto con el jugador, no hay que mentirle. Hay que decirle cuando juega bien y cuando juega mal. Si lo sacás, hay que decirle por qué motivo lo sacás, qué le falta, decirle en qué puede mejorar. Decirle tanto las cosas buenas como las malas. Siempre de frente. Como en el ‘86, cuando yo ya tenía 32 años. Los jugadores más chicos venían empujando de abajo, con un gran trabajo de Inferiores, y se me acercaron Griguol y Aimar y me dijeron: “Palo, es momento de que vayas a otra institución. Llevás muchos años acá y hay que dejarle el lugar a los más jóvenes”. Como pasó con Saccardi, Arregui y un montón de jugadores. Me tocó a mí y fue todo siempre de frente. Si te dan vueltas, no sirve. Lo otro que me dejó fue la forma de entrenar. Es algo fundamental la seriedad del entrenamiento. Hay tiempo para entrenar y tiempo para joder. Mientras sea todo sano, no hay ningún problema.
El 26 de marzo de 2026, la Selección Argentina se preparaba para la última práctica antes del amistoso frente a Mauritania. Joaquín Panichelli, delantero de 23 años y convocado por primera vez al seleccionado argentino el 6 de noviembre de 2025, era una de las caras nuevas del plantel. La práctica transcurría con normalidad hasta que, durante una acción fortuita en el entrenamiento de la tarde, sufrió una rotura del ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha. Lo que sí recuerda con claridad es “la sensación física” y “ese click de saber todo lo que venía”. No necesitó esperar los estudios para imaginar el diagnóstico. Años atrás había sufrido la misma lesión en la otra pierna y reconoció de inmediato esa sensación. “Ya sabía todo lo que venía”, recordó meses después. La gravedad del momento no pasó inadvertida para quienes estaban a su alrededor.
Mientras permanecía en la enfermería, todavía sin poder asimilar lo ocurrido, comenzaron a acercarse sus compañeros y los integrantes del cuerpo técnico. “Yo estaba bastante hundido. No podía parar de llorar”, contó durante una entrevista que tuvo con el periodista deportivo Juan Pablo Varsky en el canal de YouTube Clank!. También recordó el respaldo que recibió de Lionel Scaloni, Pablo Aimar, Walter Samuel y Roberto Ayala quienes lo acompañaron durante esas primeras horas. Al día siguiente llegaron los estudios médicos y se confirmó la peor noticia: Panichelli había sufrido la rotura del ligamento cruzado anterior de la rodilla derecha. La lesión lo dejó fuera de la preparación de la Selección para disputar su primera Copa del Mundo en Estados Unidos, Canadá y México 2026 y lo obligó a afrontar una recuperación que demandará varios meses.
Con el paso del tiempo, el delantero logró cambiar la frustración inicial por otra mirada. “Lo que más me pegó fue el cuándo. Justo ahora”, reconoció durante la entrevista. Sin embargo, también entendió que las lesiones forman parte de la carrera de un futbolista. “El fútbol me dio tantas cosas en tan poco tiempo que esto también está dentro de las posibilidades. Una vez que pasa ese momento, es cuestión de poner el pecho, recuperarse y volver a donde uno quiere estar”, reflexiona. La historia de Panichelli se convirtió en otro caso que alimenta una preocupación cada vez más frecuente dentro del fútbol argentino: el aumento de las roturas del ligamento cruzado anterior, una lesión que hoy atraviesa todas las categorías y que obliga a preguntarse por qué cada vez más futbolistas quedan fuera de las canchas durante meses.
A mitad de este año de 2026 el fútbol argentino acumula 24 lesiones con ligamentos involucrados. La ruptura de cruzados se volvió una especie de “epidemia” en Argentina y los datos están a la vista. De hecho, en 2024 se marcó una cifra récord: fueron 41 en total los casos de rotura de ligamentos en el fútbol argentino, números altísimos a nivel global y en términos históricos en suelo nacional.
El fútbol argentino atraviesa un momento crítico en materia de lesiones, tras el parate por el coronavirus, el fútbol argentino ha visto un aumento drástico en las lesiones de ligamentos. Desde octubre de 2020, los equipos de Primera División han sufrido un total de 159 roturas de ligamentos. El incremento fue progresivo y alarmante con cada año que pasó: En los tres meses finales de 2020 se registraron 6 casos. En 2021 la cifra subió a 14. Para 2022 se contabilizaron 20 casos. En 2023 se llegó a 23. El 2024 rompió todos los récords, con 41 casos, superando los 22 casos de 2009. En 2025, la lista sumó 32 casos. En lo que va de 2026 se registran 24 lesionados. Por otro lado, el fútbol es el deporte más popular del mundo, se practica en más de 146 países. En la Argentina es la disciplina más frecuente y se practica durante todo el año. Las rupturas del LCA en futbolistas ocasionan largo plazo para el retorno deportivo. A pesar del conocimiento y de la prevención no son posibles de erradicar. La rodilla se ha convertido así en el epicentro de la gravedad médica en los clubes: es la articulación que concentra el 47,5% de todas las lesiones consideradas de “Grado IV” o severas, aquellas que marginan al atleta de la competencia por más de ocho semanas. En el mapa de la medicina deportiva local, las rupturas del LCA representan el mayor “impacto lesional”, obligando a una mediana de 243 días de inactividad absoluta antes de intentar un regreso a la competencia oficial. Ocho meses, casi un año calendario, donde el futbolista desaparece del radar del alto rendimiento.
En el Hospital Italiano de Buenos Aires analizaron las rupturas de LCA en jugadores profesionales de fútbol en la Copa de la Liga 2024. El objetivo primario fue evaluar los factores causales y mediante un análisis de videos, determinar el mecanismo de lesión y de este modo describir posibles medidas preventivas para disminuir estas lesiones. Se estudiaron 23 jugadores de fútbol masculino que participan del campeonato de la Liga profesional de Argentina que presentaron una ruptura del LCA o de su reconstrucción quirúrgica anterior. El promedio de edad al momento de la lesión fue de 26 con un rango entre 20 y 35 años,aunque la edad no resultó un factor determinante en el estudio.
Cuando Panichelli se lesionó, atravesaba el mejor momento de desempeño de su carrera. Al operarse, el delantero utilizó sus redes sociales para agradecer el acompañamiento que recibió durante los primeros días de recuperación. En su mensaje, manifestó: “Agradecer a todo el staff tanto de AFA como del Racing deEstrasburgo por la logística y las comodidades para hacer todo de la mejor manera. Al Doc Bertrand Sonnery-Cottet y equipo, a Dani Martínez por viajar, estar presente junto al cuerpo médico de mi club, que me brindaron la contención emocional en estos días. A todos los jugadores del seleccionado por brindarme su apoyo incondicional y cercanía”. El goleador surgido en River Plate concluyó con una determinante reflexión: “Para atrás, ni para tomar impulso. Comienza un desafío personal hermoso de afrontar, que como todo lo que hago, voy a poner mi vida en ello. Più avanti“.
Continuando con las cifras del estudio del hospital italiano, la altura promedio de los jugadores fue de 1,78 metros. Se registraron lesiones en 12 partidos oficiales, 5 amistosos y 6 entrenamientos. Los estadios involucrados con dos lesionados cada uno fueron River y Lanús. El resto solo 1 lesión. En ninguno de estos episodios se jugó con lluvia importante. Las lesiones que se sucedieron fueron cuatro en el primer tiempo, diez en el segundo tiempo y 6 durante entrenamiento. Cuatro jugadores ya tenían una lesión previa del LCA, en consecuencia se lesionaron la plástica del LCA y otros 5 tenían antecedentes de lesión en la otra rodilla. Las posiciones de los jugadores fueron 9 delanteros, 7 mediocampistas y 6 defensores. La rodilla derecha fue la afectada en 14 jugadores, mientras que la pierna más hábil fue la lesionada en 12 jugadores (54%).
En diálogo con Éter, el Deportólogo Christian Lassen, quien es además coordinador médico en River Plate y experto en lesiones deportivas, expresó que “la problemática de las roturas de ligamento cruzado anterior (LCA) en el fútbol argentino no puede reducirse a una sola explicación”. Según su análisis, nos enfrentamos a un fenómeno “multifactorial” donde convergen variables físicas, ambientales y, fundamentalmente, estructurales del sistema de competencia local.
Por un lado, señala factores extrínsecos como el calendario de competencias asfixiante y el tipo de botín utilizado en relación con la superficie de juego. Por otro lado, destaca factores intrínsecos propios del deportista, como el déficit de fuerza o la alarmante falta de trabajo preventivo en los estabilizadores de la rodilla, específicamente en los isquiotibiales, el glúteo medio y los gastrocnemios. A esto se suma un componente emocional y de presión que Lassen considera determinante para predisponer al cuerpo a la lesión.
Basándose en artículos científicos y estadísticas, explica que la mayoría de las rupturas en deportes de contacto ocurren en la última etapa del entrenamiento o del partido, específicamente faltando entre 15 y 20 minutos para el final. Este patrón tiene cierta relación proporcional con el cansancio acumulado, la fatiga y el estrés mecánico, que son factores que alteran el ajuste postural del jugador justo cuando el nivel de competencia es más intenso.
¿Estamos realmente ante una epidemia de lesiones por ligamentos cruzados? Lassen aporta una mirada crítica sobre el término “epidemia” que circula actualmente en los medios. Si bien reconoce un aumento en los casos, advierte que hay que considerar el formato del torneo argentino. “En un torneo que tiene gran cantidad de equipos, que tiene 30 equipos, por supuesto que va a haber mayor incidencia de todo tipo de lesión”, afirma el deportólogo.
Para él, la comparación lineal entre años es insuficiente si no se utiliza el parámetro científico de “incidencia lesional por horas de exposición”. Esta métrica permite saber cuántas lesiones ocurren por cada 1,000 horas de juego o entrenamiento, lo que daría una cifra real sobre si el fútbol argentino es hoy más peligroso que antes o si simplemente hay más jugadores expuestos por la cantidad de equipos en Primera División.
En cuanto a la prevención de estas lesiones, Lassen advierte que “es posible y no necesariamente costosa”. Menciona herramientas gratuitas como la plataforma FIFA Plus 11, que enseña trabajos de prevención específicos para la rodilla. Según Christian, el problema en los clubes locales es la falta de gente idónea. “A veces no se cuenta con profesionales acordes porque los salarios no son adecuados”, señala, marcando una deficiencia estructural donde los clubes prefieren ahorrar en especialistas de prevención, asumiendo luego el costo millonario de una cirugía y meses de inactividad de un jugador.
Los datos confirman que la rodilla del futbolista no suele romperse por un impacto externo, sino por una falla propia en la interacción con el entorno. Tanto en los registros europeos como en los estudios locales en Argentina, se observa que el 67% de las lesiones del LCA se producen por trauma indirecto, es decir, mediante un mecanismo lesivo sin contacto con el adversario. El hecho de que la gran mayoría de los jugadores “se rompan solos” refuerza la hipótesis de que factores extrínsecos, como el estado del suelo y el calzado, son también grandes responsables de este estallido estadístico.
El mal estado de los campos de juego.
En el fútbol argentino el mal estado de las canchas ya es moneda corriente, y esto impacta directamente en la salud de los futbolistas. Desde Eter, contactamos a Fabio Solari, Ingeniero agrónomo y docente en la U.B.A que trabaja hace más de 20 años en campos deportivos de alto rendimiento, para indagar en profundidad aspectos que tienen que ver con la superficie del juego.
“Mantener una cancha cuesta lo mismo que un profesional más del plantel, pero en la mayoría de los casos se evita invertir en mantenimiento y luego se termina gastando mucho más dinero en la recuperación de los jugadores”, resalta Fabio Solari, lo que describe una realidad alarmante donde la inversión es eludida sistemáticamente.
Desde su mirada técnica, hay dos conceptos que el hincha y el dirigente deben comprender para entender por qué la rodilla de un jugador puede explotar sin que nadie lo toque: el micro-relieve y la compactación.
“El micro-relieve son los pozos”, explica Fabio con simpleza. “Cada vez que el juego arranca un pedazo de campo, queda una trampa. Si no se emparcha con una mezcla técnica de tierra, arena y semilla, el jugador encuentra un desnivel que bloquea el tobillo. Cuando el tobillo se traba en el pozo y el cuerpo gira, el ligamento cruzado es el que paga la cuenta”. Pero hay un factor menos visible y peligroso: la compactación. En Argentina, la mayoría de los estadios están construidos sobre arcilla o tierra natural, materiales que se endurecen como el cemento ante el tránsito constante, especialmente si se juega en condiciones de humedad. “El suelo se vuelve heterogéneo. El jugador viene corriendo por una zona blanda y, de repente, pisa una zona de compactación fuerte. Ese cambio brusco de superficie resiente la articulación de forma inmediata”, detalla el ingeniero.
La disparidad en los distintos campos de juego en la Liga Profesional es visible. El Estadio Monumental de River Plate es un oasis: cuenta con césped híbrido cocido (90% arena) y un sistema de calefacción y enfriamiento mediante serpentinas de agua que permite mantener especies invernales todo el año. Hay otros estadios que tienen otro tipo de híbrido que es una suerte de alfombra plástica, no cocida, sino aplicada, sobre la cual crece el césped. Por ejemplo, el estadio de Estudiantes de La Plata, el de Lanús y el de Vélez tienen ese tipo de híbrido, que según Solari, “no es tan amigable con el césped natural, como es el cocido”. Aunque agrega que no dejan de ser un paso adelante sobre “canchas hechas sobre arcilla o suelo natural que siempre van a tener problemas de compactación”.
Solari desnuda, además, el vacío reglamentario: “La AFA te inspecciona los matafuegos o la altura de los banderines, pero no mide la velocidad de rodamiento, la infiltración ni la dureza superficial con instrumentos de precisión. CONMEBOL y FIFA sí lo exigen”.
Fabio Solari, estudiando y analizando el césped de la Bombonera.
Para Solari, el mal estado de las canchas no es solo una cuestión de desinversión, sino una negligencia legal sistemática que la AFA y los clubes parecen ignorar. El mantenimiento profesional de un campo de juego de alto rendimiento exige la aplicación de productos químicos (insecticidas, fungicidas y herbicidas) cuya manipulación está estrictamente regulada por ley. El ingeniero explica que estos productos no pueden ser comprados ni aplicados por cualquiera; requieren de una receta obligatoria emitida por un ingeniero agrónomo matriculado. Sin embargo, la realidad en el fútbol argentino es alarmante: “Muchos clubes de primera no tienen un ingeniero agrónomo que los asesore. Están contraviniendo la ley y nadie dice nada”. Esta situación deriva en el uso de agroquímicos de forma ilegal, sin supervisión profesional, lo que representa un riesgo no solo para el césped, sino para la salud de los jugadores, el personal y el público, considerando que muchos estadios están ubicados en zonas urbanas densamente pobladas.
Solari utiliza una analogía contundente para describir la informalidad con la que se manejan los terrenos: “Uno hoy pensaría, ¿puedo tener un plantel de fútbol con la revisión médica a cargo de un curandero? No, tiene que ser un médico matriculado. Bueno, en el caso del césped es análogo”.
La rodilla escucha
Para el Dr. Damián Siano. médico traumatólogo y especialista en medicina regenerativa, la actual cantidad de lesiones en el fútbol argentino no puede entenderse sin analizar lo que él define como un “calendario bestial” y un entorno de exigencia desmedida. Según el Traumatólogo, el cruce de intereses económicos y la saturación de partidos han generado un escenario donde el descanso ha pasado a ser un lujo casi inexistente para el futbolista profesional.
Siano pone como ejemplo inmediato lo sucedido con los jugadores de la Selección Argentina previo al Mundial. Jugadores como Paredes, Montiel y Acuña terminaron la primera mitad de temporada al límite físico. El especialista señala que esta situación no es casualidad: “El fútbol argentino es durísimo. Se juega cada 3 o 4 días, no hay descanso. Los jugadores de la selección están tocados, todos están tocados por la exigencia y el estrés que significa jugar finales o pelear clasificaciones constantemente”.
Siano explica que en el alto rendimiento el estrés se traduce en la obligación de “rendir a fondo”. El jugador vive bajo la presión de ser observado por el técnico nacional, de no perder la titularidad o de evitar un descenso. “El cruzado se lesiona por esto: por la exigencia, por el estrés y por el alto roce físico que hay hoy en día, que es muchísimo más duro que en la época de Maradona, por ejemplo” afirma el médico.
Un factor determinante que Siano identifica como un riesgo de “explotar” es el manejo deficiente de las cargas. Muchos futbolistas, en su afán por mejorar, realizan entrenamientos particulares por fuera de sus clubes sin que los preparadores físicos oficiales lo sepan. Esta sobrecarga de trabajo, sumada a la falta de sueño y descanso regenerativo, genera una bomba de tiempo: “Todo eso termina explotando. Hay un abuso del calendario y un componente de estrés donde el jugador se quiere salvar y, en pos de eso, se exige más de lo que debe y se rompe solo, sin que nadie lo toque”.
El traumatólogo es sumamente crítico con las organizaciones que rigen el fútbol. Asegura que los calendarios son “nefastos y terribles”, diseñados únicamente para el beneficio económico de las federaciones. “Se llenan de oro con los jugadores, pero a la vez, no los protegen como deberían, ya que al fin y al cabo, son ellos los intérpretes del espectáculo”, sentencia Siano
En cuanto a los viajes de los jugadores, Siano desmiente el mito de que el tiempo de viaje es tiempo de descanso. Menciona que los traslados de 6 o 7 horas en avión, sumados a las esperas en aeropuertos y los viajes en micro a zonas remotas de países como Venezuela o Colombia, son destructivos para el físico: “Dormir en un avión ida y vuelta no es descansar. Las piernas se pinchan arriba del avión. El descanso debe ser regenerativo y eso hoy es casi imposible de lograr con la cantidad de competencias que se juntan, como la Copa Argentina y el torneo local que se superponen”.
La salud bucal como factor importante en la prevención de lesiones
Quizás resulta extraña la conexión entre la boca y las rodillas, pero las infecciones bucales y las caries liberan bacterias al torrente sanguíneo que se alojan en las articulaciones, debilitando los tejidos. El caso de Leonardo Pisculichi en el River de Gallardo es un claro ejemplo: el jugador sufría desgarros constantes hasta que se detectó un problema en sus muelas. Solucionado el tema dental, las lesiones desaparecieron. Entrenadores con formación europea, como Martín Demichelis, han impuesto revisiones odontológicas obligatorias. “Que los representantes, antes de comprarle el último celular a un juvenil, se ocupen de conseguirles un buen dentista”, fue el consejo del DT a los managers.
Siano advierte que el fútbol está sufriendo una deformación por intereses, replicando y coincidiendo con las recientes declaraciones de Jürgen Klopp, quien expresó que “las modificaciones son ejecutadas por personas que deciden desde oficinas con aire acondicionado”. Incluso, Siano, critica medidas como las pausas de rehidratación, las cuales considera una burla que se usa más como pauta publicitaria o para dar indicaciones tácticas que para cuidar la salud, rompiendo el ritmo del jugador y aumentando la carga de estrés ambiental.
Otro de los factores extrínsecos que aumentan la probabilidad de lesión ligamentaria son los botines de los jugadores. Durante este último mundial 2026 se pudo ver que la mayoría de los futbolistas tenían los mismos diseños y colores de botines, que claramente son parte de una campaña de marketing de la marca que los auspicia, pero, ¿Cómo repercute este tipo de calzado en la biomecánica de los deportistas?.
Si el campo de juego pone la trampa, el calzado moderno la ejecuta. Damián Siano es un crítico feroz de la evolución (o involución) del botín de fútbol. “El mejor tapón es el redondo”, afirma categóricamente. El fundamento es puramente mecánico: el tapón redondo le permite al jugador pivotear, girar como una “licuadora” disipando la fuerza de torsión.
Sin embargo, las grandes marcas de calzado han impuesto una estética que prioriza diseños llamativos y de colores fosforescentes, pero que biomecánicamente son realmente peligrosos. Estos modelos suelen utilizar tapones hexagonales, triangulares o laminados. Su objetivo es el agarre absoluto, la tracción total. Pero ahí reside el riesgo: el tapón se clava en la superficie y, si el jugador necesita realizar un giro brusco, el pie queda anclado.
Es aquí donde aparece la tríada de O’Donoghue o, como se la conoce en el lenguaje de vestuario, la tríada desgraciada. “Es un efecto dominó”, explica Siano. “Primero se produce el esguince del ligamento lateral interno por el bloqueo; si el giro continúa, se rompe el menisco; y si la violencia del movimiento persiste, se termina de reventar el ligamento cruzado anterior“. Para Siano, el regreso al tapón redondo es una medida de prevención biométrica urgente. Incluso menciona que en el rugby, donde el contacto es mayor pero el pivoteo es diferente, se sigue priorizando el tapón circular por una cuestión de seguridad elemental. “En el césped sintético, el riesgo es un 100% mayor. El pie se engancha en la alfombra y hay que ir a buscar la rodilla al córner”, sentencia.
Avances médicos en el tratamiento de estas lesiones
Afortunadamente, la medicina del deporte no se ha quedado estancada en la época de las cirugías bestiales que retiraron a cracks como el Turco Asad. Hoy, la tecnología ofrece herramientas para que el retorno sea más seguro, aunque los tiempos se han estirado (con buen criterio) a un lapso de 6 a 10 meses para asegurar la “ligamentización” total del injerto.
Dentro de una lesión que en mayoría requiere de cirugía para volver a competir en el alto rendimiento, la biomecánica nos regala excepciones fascinantes. Siano recuerda el emblemático caso de Hugo “El negro” Ibarra. El jugador llevó a cabo gran parte de su carrera con el ligamento cruzado roto sin saberlo. ¿Cómo lo hacía?. Mediante una hipertrofia muscular compensatoria masiva. “Tenía un cuádriceps tan potente que actuaba como el freno que el ligamento ya no podía dar”, explica Siano. Sin embargo, advierte que son anomalías genéticas. En el 99% de los casos profesionales, la inestabilidad de la rodilla es inmanejable sin el “freno de mano” que representa el ligamento, y el paso por el quirófano es la única vía para salvar la carrera del atleta.
Joaquín Panichelli, junto a su círculo íntimo, el día de su operación, jueves 2 de abril de 2026. El delantero cordobés, actualmente está en la mitad del proceso de recuperación, logrando hacer ejercicios de fuerza y también bicicleta fija en su club, Racing de Estrasburgo, trabajando en conjunto con un fisioterapeuta para seguir evolucionando favorablemente y acercarse a la última etapa de la rehabilitación para poder entrenar a la par de sus compañeros.
En la medicina regenerativa, el Plasma Rico en Plaquetas (PRP) es el gran aliado actual. Se extrae sangre del propio paciente, se centrifuga y se aplican los factores de crecimiento en la zona lesionada. Siano, gran defensor de esta técnica, menciona a Rafael Nadal como el abanderado mundial. En la Selección Argentina, se ha utilizado en casos como los de Paredes (desgarro) y Julián Álvarez (tobillo). En las cirugías de LCA, se aplica intraquirúrgicamente para “bañar” el injerto y los tornillos, acelerando la cicatrización y reduciendo el riesgo de infección. Siano destaca también a la Isocinesia como técnica preventiva. En Brasil, es común ver a Givanildo Vieira de Souza, mejor conocido como “Hulk” (ex Atlético Mineiro) subiendo videos en máquinas isocinéticas. Estas máquinas hidráulicas miden con precisión la fuerza de cuádriceps e isquiotibiales en ida y vuelta. “Es como un electrocardiograma del músculo”, define el médico.
Luego de indagar con distintas voces especialistas, y recabar datos y estadísticas que respaldan la información, buscamos algunas conclusiones sobre qué cambios deben realizarse para mermar con la gran cantidad de lesiones de LCA que se produjeron en los últimos años.
Christian Lassen afirma que “Se debe proponer un cambio de paradigma urgente. Saber dónde estamos parados. Generar estadísticas rigurosas y propias de la liga argentina. Realizar campañas de prevención. Establecer bases de trabajo obligatorias en los clubes profesionales capacitados, que incluyan control de variables como, por ejemplo, ajustar el calzado a la superficie de juego, mejorar el mantenimiento de las canchas y priorizar el fortalecimiento muscular.” El deportólogo expresa que, aunque hay lesiones producto de la “mala fortuna” en jugadas accidentales, una gran parte de las roturas de ligamento cruzado se podrían evitar con una gestión profesional de las cargas y el fortalecimiento físico adecuado. Por otro lado, la calidad de los campos de juego del fútbol argentino es algo que definitivamente debe cambiar rápido. La desidia del mantenimiento de las superficies repercute directamente en los protagonistas, poniendo en riesgo su salud, derivando en distintos tipos de lesiones, entre ellas, la lesión de ligamentos cruzados. Entonces, el césped es un factor clave al cual no se lo puede ignorar y debe recibir la importancia adecuada, invirtiendo en un mantenimiento correspondiente. La falta de este asesoramiento profesional impide que se lleven a cabo tareas esenciales de prevención, como las descompactaciones mecánicas (mínimo dos veces al año) o los cortes verticales para evitar que los tapones se enreden en los estolones del césped. “Los clubes reaccionan cuando el problema se les viene encima”, sentencia Fabio Solari, advirtiendo que esta desidia profesional seguirá siendo el motor de lesiones graves hasta que se exija por reglamento la presencia de agrónomos responsables en cada cuerpo técnico. En cuanto a técnicas de preparación de vanguardia, Damián Siano destaca la importancia de incorporar la Isocinesia como herramienta fundamental para la prevención. En Argentina, su uso es escaso por desconocimiento o falta de inversión estructural, pero es fundamental para detectar desbalances musculares que anticipan una rotura. Medir la potencia y resistencia muscular es vital para prevenir este tipo de lesiones. Un jugador con un cuádriceps potente pero isquiotibiales débiles es un candidato firme al quirófano.
Entonces, luego de descifrar que este aluvión de lesiones es un problema multifactorial, vemos que el fútbol argentino tiene muchísimo para corregir en todas las áreas que desencadenan en esta problemática. Desde la falta de gente idónea para generar superficies de juego adecuadas, a la intempestiva gestión de cargas que exige una competencia con cada vez más torneos en disputa. De falta de mediciones y estadísticas rigurosas que delimiten nuestro fútbol argentino, hasta la ausencia de controles odontológicos que luego derivan en lesiones. El fútbol argentino no puede hacerse el distraído y debe buscar avances que den soluciones en el corto y largo plazo para frenar esta sangría de una de las lesiones más graves que puede sufrir un deportista.
“¿Quieres ganar 80 mil soles y tirás esos centros, Trucha?”. El futbolista peruano Percy Rojas recuerda, con los ojos llenos de brillo y su mirada de nene, el reto de Marcos Calderón cuando era niño, que no fue solo una corrección técnica. En el fútbol peruano de los años 70, donde el talento estaba por todos lados, la diferencia no la hacían solo los más habilidosos, sino los que también estaban dispuestos a exigirse más que el resto. Rojas cuenta que pudo entender ese mensaje antes que muchos, y eso fue una de las cosas que lo ayudó a construir una de las mejores carreras del fútbol peruano.
Nació en Lima en 1949, es el menor de cinco hermanos, creció con el deporte y tomó decisiones difíciles. En el colegio destacaba mucho tanto en el básquet como en el fútbol, pero terminó eligiendo el verde césped. A los 16 años, a escondidas de sus papás, se fue a probar a Universitario de Deportes. Esto marcaría el inicio de una carrera que luego lo convertiría en uno de los grandes nombres del fútbol de su país.
Flaco, rápido y escurridizo, como lo describen, empezó a llamar la atención. Su capacidad para esquivar rivales fue lo que hizo que se le ponga el apodo de Trucha, bien a su estilo: ágil y difícil de atrapar.
En Universitario se convirtió rápidamente en ídolo. Fue goleador, campeón y protagonista de la histórica campaña que llevó a la U a la final de la Copa Libertadores de 1972, donde también se convirtió en el primer peruano en marcar en una de la Copa.
Créditos: GEC Archivo Histórico
Unos años después dio el salto que lo terminó de consolidar: en 1975 pasó a Independiente de Avellaneda en Argentina. El Rey de Copas se había convertido en un equipo acostumbrado a ganar. Percy se puso la camiseta y al instante rindió, nunca le pesó. Marcó en la final de la Copa Libertadores y fue clave para que el club levantara su sexta Copa Libertadores.
También dejó una huella imborrable en el clásico ante Racing, con una jugada que él mismo recuerda como el mejor gol de su carrera, esquivando a varios rivales antes de definir. La revista El Gráfico lo llevó a su portada con una frase que nos transmite lo que fue ese gol: “Por estos motivos amamos tanto el fútbol”.
Percy, acompañado y asistido por su esposa Ketty -que ayuda a que se le entienda en el habla-, recuerda esos años en Argentina con muchísimo cariño. Ella nos cuenta las grandes noches vividas en el viejo Doble Visera, en el sector de damas junto a las otras botineras.
El futbolista también muy emocionado al hablar de esos años gloriosos de su carrera pide llamar a un amigo y ex compañero. Del otro lado de la pantalla en una videollamada aparece RicardoChivoPavoni, otra gloria roja, que se pone muy feliz al verlo por la llamada. Sigue teniendo una relación de mucho cariño con sus ex compañeros del Rojo, que también le tienen un gran afecto y se preocupan por él.
Al mismo tiempo que hacía historia con los Diablos Rojos, el Trucha fue una parte clave de la generación más brillante del fútbol peruano. Compartió equipo con figuras como Teófilo Cubillas, Héctor Chumpitaz y Hugo Sotil; y fue parte importantísima en la conquista de la Copa América de 1975, donde hizo goles decisivos. También jugó los mundiales de 1978 y 1982, una época en la que Perú competía de igual a igual con las grandes selecciones del mundo.
Después de su paso por Argentina, volvió al país para jugar en Sporting Cristal, donde volvió a ser campeón, y luego tuvo una experiencia en Bélgica. Antes de retirarse, regresó obviamente al club de sus amores, Universitario. En ese momento ya era un referente.
Y después de su retiro, su vínculo con el fútbol siguió: dirigió, formó jóvenes y creó una escuela en la que, más allá de la técnica, buscó transmitir valores. Allí, replicó eso que había aprendido décadas antes: que el talento solo no alcanza.
Pero la vida, como en la cancha, también te da los golpes más duros. El 12 de enero de 2020, después de jugar al tenis, Rojas sintió un leve dolor en el pecho. Sin saberlo, había sufrido un infarto; luego llegó un accidente cerebrovascular. En cuestión de días, el jugador que había gambeteado defensores en toda América quedó en coma, conectado a tubos en una sala de cuidados intensivos.
Fueron casi dos meses en UCI, cinco operaciones, tres a corazón abierto y dos en el cerebro, y un diagnóstico que reducía sus posibilidades de vida a un margen mínimo. Afuera, su familia hacía lo que él hizo toda su carrera: no rendirse y pelearla. “Nosotros somos deportistas, y los deportistas nunca pierden la fe ni dejan de luchar”, dijo su esposa, Ketty.
Cuando finalmente volvió a abrir los ojos, el primer gesto fue pedir una raqueta. Como si su cuerpo o la memoria se hubieran quedado en el último momento en que todo estaba en orden. La recuperación fue lenta, con mucha paciencia. Volver a hablar, a respirar sin ayuda, a moverse. Aprender de nuevo muchas cosas básicas que antes eran naturales. “Creo… que he sido… una buena persona. Y así me recuerdan… Eso me hace feliz”, dice con la voz entrecortada.
Quienes lo acompañaron en todo este proceso reconocen que hay algo familiar en toda esta lucha: la misma decisión y valentía que lo llevaron a ir a probarse a escondidas a Universitario, la que lo sostuvo en escenarios como la Copa Libertadores o la Selección Peruana; aparece ahora lejos de las canchas pero con la misma intensidad.
Porque si algo define a Percy Rojas no son solo sus goles; es un ejemplo de insistir, incluso cuando todo parece en contra. Y así parece que su historia no termina en una final ni en un título. Vuelve siempre a ese gesto casi invisible de no rendirse.
En el Barrio Centenario de Mar del Plata, el silencio es un lujo que no existe. Allí, entre el eco de los monoblocks y el ruido de las motos, Agustín Zapata aprendió que para cuidar un arco primero hay que saber cuidar la identidad. Hoy, con 23 años, vive en la dualidad de quien detiene penales decisivos bajo las luces del Torneo Regional y, a la mañana siguiente, se sienta frente a los apuntes de Educación Física para cumplir con su otra faceta: la de un pibe normal que proyecta un futuro más allá del césped.
El perfil de Zapata se define en el equilibrio. “Trato de mantener los pies sobre la tierra”, suele repetir mientras reparte su tiempo entre el entrenamiento y el grupo de amigos de siempre. Para él, el fútbol es una forma de expresión, pero no es la única: sabe que una carrera puede cambiar en un segundo y por eso busca una base sólida fuera del deporte.
La mitología privada del arquero tiene un punto de partida claro: una tarde de sol, hace 11 años, caminando hacia el estadio con su padre, Martín Zapata. “Mirá este estadio, hijo. Algún día vas a jugar acá”, le dijo mientras el ruido de los bombos de la hinchada de Alvarado hacían temblar el cemento. Él, que entonces tenía nueve años, no solo miró; sino que guardó el sonido y el color de las banderas como un tesoro.
Su padre lo empezó a llamar cariñosamente Patito no por una cuestión de plumaje, sino por la sobriedad y los reflejos fríos que le recordaban al “Pato” Abbondanzieri. “De chico le pateaba pelotas de tenis contra la pared del monoblock”, recuerda su papá con una sonrisa y sigue: “El Patito no se quejaba nunca. Si una pelota le pegaba en la cara, se limpiaba y me decía ‘seguí pateando, pa, que esta no entró’”.
Su ascenso en Alvarado, el club que lo formó desde niño, fue un proceso de paciencia. “Alvarado me enseñó amor por la camiseta y valores”, reconoce el arquero quien sintió un orgullo indescriptible cuando lo llamaron para su primer contrato profesional. Sin embargo, el salto al primer equipo le exigió sacrificar la espontaneidad: ordenar horarios, cuidar la comida y aprender a convivir con una presión que sus pares solo ven por televisión.
Tras tres años de pelearla “desde atrás” en el Torito, su paso a Deportivo Norte fue una decisión de madurez para “tener rodaje”. Allí se convirtió enLa murallaconfiando en su intuición para darle alegrías al equipo marplatense. Sin embargo, en el vestuario prefiere el silencio y la escucha. “En Primera hay jugadores con mucha experiencia y cada consejo vale oro”, afirma con la humildad de quien sabe que todavía tiene mucho para crecer.
Créditos: Marca Deportiva
Antes de cada partido, el arquero tiene sus rituales de pibe de barrio. “Escucho siempre las mismas canciones y llego temprano para mirar la cancha en silencio”, comparte sobre ese momento de conexión, antes de que Patito se ponga los guantes y se transforme en el guardián de los tres palos.
Al final del día, vuelve a ser el hijo de Martín. —¿Cómo te fue hoy, Patito? —pregunta el padre mientras ceba unos mates en la cocina. —Bien, pa. Cansado, pero mañana tengo que rendir un parcial —responde el hijo. Esa es su verdadera victoria: la capacidad de habitar dos mundossin fisuras.
El joven que sueña con vestir la camiseta de la Selección Nacional es el mismo que disfruta de una tarde tranquila con sus viejos y sus amigos de la zona Sur. No es una “figura de cera”; es un pibe que entiende que el fútbol es un juego de momentos, y que la persona se construye ladrillo a ladrillo, todos los días, lejos de los flashes. Su meta es clara: dejar una buena imagen, no solo como el que ataja penales, sino como el pibe que nunca olvidó el camino de regreso al barrio.